Alexander Díaz Rodríguez: «Soy un ermitaño y mi madre murió sola»

Los flamboyanes florecen en julio. Alexander Díaz Rodríguez camina solo por un lecho de flores rojas, hasta el banco más apartado del parque de Artemisa y recuerda cómo los flamboyanes estaban en su apogeo el día que le cambió la vida. 

A casi un kilómetro del parque está la estación de policía donde fue detenido el 11 de julio de 2021. Ese día no pensó mucho. «Solo quería que se acabara esto ya», me dice. 

Él, como el resto de los artemiseños, llevaba días sin electricidad. Probablemente escuchó el bullicio a lo lejos, se levantó de la cama empapado en sudor y salió a la calle con lo puesto, sin saber que cinco años después, con 44 kilos menos, volvería a sentarse bajo los flamboyanes cada tarde, más solo que nunca. 

«Dondequiera que llego, me rechazan. Mis amistades me han dado de lado porque no quieren que el tipo de la Seguridad del Estado que me cae todo el tiempo atrás esté vigilándolas. Soy un ermitaño. Me siento en el parque solo a pensar cada vez que puedo», me dice. 

El 4 de abril de 2026, el día en que Alexander fue liberado, tampoco había electricidad. Para alguien que ha pasado cinco años preso, debe ser muy duro constatar que la Cuba por la que decidió arriesgar su vida es aún peor que la que dejó atrás. 

Esta entrevista ocurre también entre apagones. Conversamos a medias, mientras intenta conseguir la comida del día, el agua, la conexión que a veces le quitan los que lo vigilan o que simplemente no existe por la falta de electricidad. Nuestra conversación parece un mensaje en código Morse: audios cortos y dispersos. 

Alexander Díaz Rodríguez / Foto de cortesía
Alexander Díaz Rodríguez / Foto de cortesía

La vida después de la prisión política

Antes del 11J, Alexander era uno de los coordinadores del Partido Unión por Cuba Libre (PUNCLI) en el municipio de Artemisa. Pero hoy dice que está muy decepcionado de la política. 

«Lo que voy a hacer, lo haré solo. Al final me tienen tirado al abandono. Pertenezco a un partido, pero prefiero no hablar de eso. Yo sé que esto se va a caer algún día. Y sé que todo lo que hice será reconocido porque nunca renuncié a mis principios», dice. 

Alexander no habla como alguien que acaba de dejar atrás una prisión. Habla como alguien que todavía vive dentro de ella.

«Me dieron golpes muy fuertes. Me partieron las costillas, las muelas y los dientes. Me hicieron un vegetal, pero no importa, estamos vivos. Yo nunca pensé que salir para la calle aquel día me iba a cambiar la vida. Estuve cinco años preso. Tuve una experiencia muy cruel de la dictadura». 

Marcha del 11 de julio en Cuba / Foto: Facebook

Entonces reitera que tiene fe en que un día él, los presos políticos que siguen en la cárcel y todos los cubanos serán libres. La prisión no ha terminado, porque la vigilancia es constante. 

«Estoy enfermo y, arriba de eso, para dondequiera que me mueva tengo un agente de la Seguridad del Estado detrás de mí. Desde que salí de prisión no he podido trabajar. Por suerte hay dos amigas mías que me ayudan». 

Alexander no habla de su familia cercana con alegría. Para él esas dos amigas han sido su única familia dentro y fuera de la cárcel. 

«Son las únicas que hicieron por mí cuando estaba en prisión. Se han buscado muchos problemas por mi culpa. Me cocinan, me lavan y hacen todo por mí. Me recibieron en su casa. Cuando salí de prisión, ellas fueron las que estuvieron ahí. Si no fuera por ellas, estaría totalmente abandonado». 

Lo más duro no fue el cáncer, ni la tortura

Pero el golpe más duro que recibió en los últimos cinco años, no vino de la mano de ningún carcelero, no fue siquiera el cáncer de tiroides al que intenta sobrevivir. El golpe más duro que recibió Alexander fue la muerte de su madre mientras estaba en prisión. 

«Mi familia es corta. Yo me crié con mi mamá. Somos de poca relación con la familia. Mi mamá era un tanque de guerra y nunca flaqueó. Ella me enseñó a estar en contra de este gobierno. La familia de mi mamá tenía bodegas y carnicerías y en el 59 se las quitaron. Ellos se alzaron contra el gobierno y algunos terminaron yéndose. Mi mamá nunca quiso irse del país porque no quería dejar solos a sus padres». 

A Alexander le duele que su madre no haya tenido el apoyo de la familia en sus últimos días. 

«Mi madre cuidó a todo el mundo. A sus padres, a sus hermanas que se quedaron en Cuba. No soy cercano ahora mismo a mi familia porque siento que me traicionaron. Dejaron morir a mi madre sola», dice. 

«La muerte de mi madre en la prisión fue un golpe muy duro. Se me fue el mundo completo. Perdí lo único que me quedaba en la vida con valor. La única persona que realmente mostró afecto y cariño por mí. Me dejaron salir una hora para su funeral. Yo no estaba allí cuando murió». 

El día del funeral de su madre lo llevaron esposado y custodiado por varios guardias. Eran como cinco y, según recuerda, estaban borrachos. 

«Me tenían las manos sujetas con esposas plásticas y no querían quitármelas ni siquiera para despedirme de ella. Lo habitual era que permitieran unas dos horas, pero aquel día pretendían dejarme apenas una». 

En medio de la tensión discutió con uno de los oficiales. Lo empujó mientras seguía esposado y aquello terminó por desbordarlo. No podía soportar la situación. Su madre acababa de morir y él estaba allí como un prisionero más, sin poder despedirse de ella con tranquilidad.

«Aproveché un descuido y me fui. Necesitaba estar solo. Caminé por la ciudad durante horas intentando procesar lo que había pasado. Ya entrada la tarde, alrededor de las cinco, una de mis tías logró hablar conmigo. Me dijo que regresara, que me entregara, que no me iba a pasar nada, que los guardias estaban alterados y habían estado bebiendo». 

Finalmente se entregó sobre las seis de la tarde. 

«Al regresar me dieron algunos empujones, pero no me golpearon. Me llevaron de vuelta a la prisión y allí terminó todo. Lo único que quería era haber tenido un momento a solas para despedirme de mi madre». 

Ser hombre antes que niño

Se ríe cuando me cuenta que su mamá no era muy cocinera. «Era muy dulcera, eso sí. Decía que la cocina era para las esclavas y que, si fuera por ella, nosotros solamente comeríamos dulce». Tal vez por eso el día que Alexander salió de prisión lo primero que hizo fue comerse unos cuantos potes de helado y como seis masarreales.

No me habla mucho de su infancia. Solo me dice: «Fui hombre antes que niño». A los 14 años se separó de su familia, compró su casita y se independizó.

Antes del 11J trabajaba por cuenta propia.

«Me dedicaba a trabajar en los carnavales. Iba de pueblo en pueblo vendiendo. Tenía mi quiosquito. Vendía piña colada, pollo frito, comida cubana, canapés y todo lo que se podía vender en un carnaval. Estaba peleando para ganarme la vida». 

Alexander tuvo varios amores. Dice que tenía suerte de que las mujeres se le acercaran.

«No sé si por amor o por interés, pero se me acercaban. Estuve casado dos veces: primero cinco años y después seis, con dos mujeres diferentes. Cuando pasó el 11J tenía un compromiso. Pero nos dejamos porque yo no podía ayudarla desde la prisión y ella tenía una niña pequeña de una relación anterior». 

El amor para él hoy son sus amigas. Confiesa que, tras salir de prisión, solo ha tenido dos días agradables. Cuando cumplió 46 años, celebró con ellas dos días seguidos porque cumple años el 6 de agosto, pero por error en su carnet dice que es el 5, así que celebra los dos. 

Ese día Alexander debió haber comido su plato favorito: pollo asado y seguramente también comió dulce a su antojo. Un hombre al que la vida le ha golpeado tanto tiene dos caminos: celebrar como si no hubiese un mañana o hundirse. Alexander es de los que celebran su vida. 

La prisión que interminable 

Hoy recuerda el tiempo que pasó junto a otros presos políticos. 

«Hice buenos amigos en la cárcel. Estuve con otros presos del 11J y hacíamos lo posible por acompañarnos y pasar buenos días dentro de todo aquello. Aunque eran tiempos muy tristes, tratábamos de reírnos. Hacíamos lo posible por pasarla bien. 

«Luego pasé por diferentes prisiones. Estuve en Guanajay y después me mandaron para Pinar del Río, para Kilo 5½, Sandino y otros lugares. Me movían de prisión».

«Entré pesando alrededor de 81 kilos y salí con unos 37. En prisión me diagnosticaron cáncer de tiroides. Después vino la hepatitis B, la anemia y todo el problema de la desnutrición. Estuve muy mal. En un momento llegué a vomitar sangre y terminé en el hospital. Después me devolvieron a la prisión. No recibí la atención que necesitaba». 

Alexander Díaz Rodríguez / Foto tomada de Internet

Pero la libertad de Alexander duró poco. Apenas tres meses después de salir de prisión, el 1 de julio de 2026, volvió a desaparecer. Aquella mañana se dirigía a una actividad en la Embajada de Estados Unidos en La Habana junto al también ex preso político José Elías González Agüero. Ninguno de los dos llegó a destino. Durante horas sus familiares y amigos no supieron dónde estaban.

Cuando reapareció, Alexander denunció que había permanecido casi tres días incomunicado bajo custodia de la Seguridad del Estado. Según su relato, fue trasladado por distintas unidades policiales, llevado a zonas apartadas, golpeado y obligado a desnudarse. También aseguró que sus captores lo sometieron a un simulacro de ejecución apuntándole a la cabeza con una pistola en una especie de ruleta rusa.

La denuncia resultaba especialmente brutal por el estado en que se encontraba. Hacía apenas unas semanas que había abandonado la prisión después de cinco años de encierro, desnutrición severa, cáncer de tiroides, hepatitis B y múltiples estancias en celdas de castigo. Su cuerpo todavía intentaba recuperarse cuando volvió a quedar en manos de quienes lo habían vigilado durante el último lustro.

Para Alexander, la liberación había sido apenas un cambio de escenario. La cárcel ya no tenía barrotes, pero seguía estando allí. El secuestro de julio terminó de confirmar algo que ya sospechaba: el castigo no había terminado con la excarcelación.

Le pregunto, entonces, ¿por qué sigue hablando?, ¿Por qué no intentar callarse y vivir en paz? 

Alexander se toma unos segundos para responder y dice que no lo hace por reconocimiento. Habla porque quiere que se conozca la realidad de Cuba. Porque no quiere que otros pasen por lo mismo. Porque todavía cree que algún día no habrá presos políticos. Porque todavía cree que este país puede ser libre.

Habla con una convicción extraña, casi anacrónica, en una época en la que tanta gente ha optado por callar, emigrar o simplemente sobrevivir.

Le pregunto qué espera del futuro.

No habla de revancha. No habla de venganza. No habla siquiera de justicia para él. Habla de libertad.

Dice que está convencido de que algún día llegará. Que si no es hoy, será mañana. Que si no es mañana, será pasado. Pero que llegará.

Mientras lo escucho, pienso que quizás eso es lo único que no lograron quitarle durante estos años: la certeza obstinada de que algún día las cosas serán distintas.

Nos despedimos porque saldrá un rato al parque para aliviar el apagón. Desde allí me mandará una foto. 

Los flamboyanes continúan dejando caer sus flores rojas sobre los bancos y los senderos. Son árboles extraños. Para sostener una copa inmensa necesitan raíces que se extienden profundamente bajo tierra. Y es precisamente en los meses más duros del verano, con el calor abrazándolo todo, cuando alcanzan su máxima floración.

Alexander me repite una y otra vez que sus principios no son negociables. Tal vez por eso vuelve cada tarde a sentarse en su banco del parque. Los flamboyanes no negocian con el verano. Y él tampoco.

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