Los animales en el hoyo

Son cuatro cajeros automáticos, llenos de botones, con números del uno al diez, y están dispuestos como las gasolineras, uno le sigue al otro. El primero y el último no tienen dinero; la pantalla te avisa: «Este cajero no cuenta con efectivo, diríjase al cajero más próximo». El segundo y el tercer cajero sí que tienen dinero, dice la gente, pero el segundo se traga las tarjetas, así que hay una fila de más de cien personas para un solo cajero. 

Una mujer que sale de la nada dice: «A ver. No se las traga todas. Se traga algunas. Ya van como cinco que se traga, pero a lo mejor…». A lo mejor la tuya, querrá decir la mujer, a lo mejor tu pedazo de plástico con tu nombre y tus ahorros no termina en el fondo. 

Voy detrás de la señora con el pantalón de flores que va detrás de la mujer que carga al gato que va detrás de la embarazada que va detrás del mulato y la rubia que están discutiendo con alguien que no sabemos si anda con ellos o pertenece a la fila de los arriesgados, de los que, por resolver más rápido, hablan con la cola para probar suerte en el cajero que se traga las tarjetas. 

De tanto leer a los rusos nos convertimos en sus fábulas. Había una, Los animales en el hoyo, que era como esta situación. Comenzaba con un cerdo que se escapaba de la granja donde vivía y se iba al bosque a comer moras. Y el hambre, y el sabor de las moras, y el olor del bosque, lo enternecieron y cayó en un enorme hoyo. 

La misma suerte corrieron una raposa y un oso que pasaban por ahí. Y también otros animales. 

Era un hoyo bastante profundo; ni siquiera poniéndose uno encima del otro lograron salir. Quizá alguna vez ese hoyo había sido un pozo, a saber. Así que a la raposa se le ocurrió un juego: el animal que perdiera serviría de comida al resto. Como quien hizo la ley hizo la trampa, la raposa se los fue comiendo a todos. Uno por uno. Hasta que solo quedó ella. La raposa sola en el fondo del hoyo. Terminaba en pesadilla: la raposa para no sentir el hambre atroz se comía sus propias tripas. 

Me imagino las tarjetas cayendo en el fondo del cajero como caían los animales en el hoyo.

Caen prácticamente sin hacer sonido. 

Caen casi como cae una pluma. 

Una puede tener 12 mil pesos, otra puede tener 150 pesos… 

¿Unas caerán sobre las otras? 

¿Existirá, dentro del cajero, una gaveta para las tarjetas tragadas? 

¿Si mi tarjeta cayera ahí, por ejemplo, cómo podría tenerla de vuelta? 

Dicen en la cola que debes ir al banco, que te la devuelven con suerte el mismo día, pero que quizá debas esperar una semana. Sin embargo, hay que correr el riesgo, me dice la mujer que me ha pedido el último, y sigue, sigue como en una ópera, para que todo el mundo la escuche y la vea sacarse sus propias tripas. 

¡Cómo se vive sin dinero en efectivo!

Y sigue…

¡¿Cómo se puede comprar el pan y el café si no traes en tu cartera, el dinero tuyo, que te has ganado tú, tú y más nadie?!

Y sigue…

¡Llevo tres días viniendo aquí, tres días de mi vida! ¡Y ya solo me quedan en la cartera 15 pesos cubanos que no son nada! 

Y la cola le corea: 

Ya no son nada. De nada.  

Y la mujer, que ya tiene afuera todas sus tripas, rojas y brillantes, dice que va directo al cajero que se traga las tarjetas, y si se traga la suya, total. 

Y la cola le corea: 

Si total. Total. Total…

Y aquí estamos todos, dando vueltas en un hoyo tan profundo, sin saber si esto alguna vez fue un pozo. 

¿Alguna vez lo sería? 

Lo sería. Lo sería. Lo sería. 

Te contesta el eco de la nada. 

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Katherine Perzant
Katherine Perzant
Ha sido funambulista y chainsmoker. Como el Paterson de Jarmusch, escribe poemas que nunca publica. Posee una debilidad alarmante por los puentes y las boyas. La toman, tan a menudo por extranjera, que se siente así en todas partes. Quisiera creerle a Issa, que le sobrevive, le sobrevive a todo, la frialdad.

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