Moncada-A-Lago: la guerra civil ha comenzado

    El abogado especial John Durham exoneró a Donald Trump de la sospecha de confabulación con los rusos. Tras una investigación exhaustiva, Durham mostró, más allá de cualquier duda, que Hillary Clinton estaba detrás, y por debajo, de la patraña. 

    En el inconsciente del pueblo norteamericano, los rusos estarán siempre por llegar. Rusia es un estereotipo hollywoodense que evoca cacerías de brujas y lejanos ecos de interrogatorios macartistas. El bolchevismo es la falsa alarma implantada en las mentes de los yanquis desde hace casi cien años y refrescada periódicamente. El hecho de que los rusos nunca llegaran permitió desestimar el bolchevismo doméstico como un tema de histeria colectiva. 

    La lectura de Witness, el demoledor testimonio del informante Whittaker Chambers sobre el caso del espía Alger Hiss, un funcionario del Departamento de Estado que en los años 30 trabajó para los comunistas rusos, nunca fue obligatoria en las escuelas secundarias de América. La gente prefiere creerle a Trumbo, pagarle a Netflix y pasarse dos horas frente a la pantalla comiendo Doritos. 

    Rusia era un juguete demasiado rabioso para no lanzarlo contra Trump. Solo era cuestión de revertir los términos y afirmar que los ruskis, que supuestamente complotaron con Trump, eran los tan esperados bolcheviques, y no aquellos buenos comunistas mil veces exonerados que pululaban en el Hollywood de Bertolt Brecht y Hans Eisler

    ¡Ahora sí, definitivamente, los rusos malos habían llegado! 

    Los demócratas construyeron un matriuska a escala americana y la mentira fue un artefacto fácil de vender. En la barriga de las muñequitas de abedul estaba Hillary, la madre superiora del nuevo secretariado; y en la panza de Hillary, el abogado Michael Sussman, especie de Rasputín para nuestra Alejandra Fiodorovna. El comunismo, según Marx y Engels, es un fantasma que atraviesa paredes, y así de porosos fueron los viejos muros del Departamento de Estado. 

    Pero antes de conspirar a sus anchas, los demócratas habían logrado apropiarse culturalmente del término «teoría conspirativa». Convertido en categoría aparte, vino a ser sospecha en sí y para sí. Resultar sospechoso de sospecha por insinuar que existía una conspiración anti-trumpista, le costaría al hereje ser acusado de diversionismo ideológico. Las corporaciones mediáticas partidistas y los voceros de la cultura dominante serían los nuevos fiscales. 

    «Un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma», había dicho Churchill de Stalin, y eso exactamente era la matriuska rusa que Hillary Clinton modeló con los rasputines de CNN, NYT y FBI, valiéndose de procuradores partisanos, expertos en embrollos.

    Fue, irónicamente, en nombre de la oposición, que los cripto-obamistas del Departamento de Justicia se arrogaron el derecho de poner bajo sospecha a la oposición auténtica, la que había sido vigilada y castigada por la policía federal. Era el mundo patas arriba, también llamado Universo Clinton, donde el hombre que introdujo un Cohíba en el humificador de una pasante era considerado pilar de la sociedad y salvador del mundo. 

    En ese universo paralelo, Sussman fue absuelto de todos los cargos y Trump llevado ante un tribunal presidido por la hija del gran embustero que nos arrastró a la guerra de Irak, consintió Abu Ghraib y creó Gitmo.

    Para que no quedaran cabos sueltos, los demócratas se autoproclamaron, a partir de 2016, la auténtica «resistencia», en el mismo momento en que la elección de Trump certificó la victoria del votante soberano sobre un oscurantismo comercializado como corrección política.

    Atravesar la maleza de confusiones semióticas no era tarea fácil, pues los departamentos de filología habían sido tomados por los así llamados «liberales». Ahora Janet Napolitano reinaba en Berkeley y los profesores Amy Wax y Roland G. Fryer Jr. vestían el sambenito, un sabio negro y una jurista hebrea llevados a la hoguera antes de pasarle la cuenta al mismísimo Agente Naranja de Estados Unidos.

    Para sorpresa de todos, dentro del muñeco de Sussman había otro, que Durham no mencionó por su nombre: Barack Obama. La política sucia de los últimos quince años permanece escondida en esa última matriuska. La raza, promovida al puesto de fundamento y base de todo, sirvió de coartada para la creación de las tropas de choque de Black Lives Matter. 

    Desde el día de la inauguración de Donald Trump en 2016, los operativos obamistas dentro del gobierno fantasma declararon ilegítima su elección, destruyeron documentos, violaron juramentos y pisotearon la esperanza de millones de deplorables y autocensurados que vieron en el Donald al último salvador. 

    Como era de esperar, Trump se dedicó a desmantelar el legado de Obama, pieza por pieza podrida, pero sin entender cabalmente los peligros mortales que representaba la guerrilla de cuello y corbata del Departamento de Estado, un regimiento de guevaristas que obedecía al Comité Central y cuyas ramificaciones llegaban a universidades, corporaciones, medios de prensa, grupos de acción y sabotaje, el FBI, el IRS, la YMCA, más algunos gobiernos foráneos. Se hizo necesaria una operación de limpieza para exponerlos y tal vez derrotarlos, ya que las elecciones libres y democráticas no lo habían conseguido. 

    Desde el mismo día de la inauguración, la prensa deshonesta se declaró en rebeldía, resistiéndose a reconocer la increíble victoria de Trump. Los corresponsales socialistas se daban golpes de pecho y las actrices liberales desfilaban con clítoris de goma a modo de sombrero, mientras coreaban «¡Se bailó a su hija!», «¡Me agarró la chocha!» y «¿Ahora cómo le explico esto a mis niños?». Fueron cuatro años de desacato ante los cuales palidece el 6 de enero. 

    Esas, no las de 2020, fueron las primeras elecciones robadas, si descontamos las del año 2000, que Al Gore pretendió arrebatarle al neonazi de George W. Bush, y por las que recibió, como consolación, un Premio Nobel. Pero en el 2020, una oportuna pandemia vino a echarle agua al dominó político que catapultaría al inepto, al corrupto, al impopular, al cancaneante Joe Biden, padre y compinche del rocambolesco Hunter, a las cimas del puticlub capitolino.  

    A pesar de que la guerra de Ucrania ha venido a oscurecer las cosas, algo nos queda claro: si los números de las encuestas continúan desplomándose al ritmo de los últimos doce meses, la impopularidad crónica demostrará, sin necesidad de otros argumentos, que se trata, como ya han dicho algunos, de un usurpador que encabeza (lo cual es debatible) un gobierno ilegítimo.

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    9 COMENTARIOS

      • Sería mucho más interesante saber qué opina el acérbico Duanel Díaz sobre un crítico literario tan des-arti-culado como José Prats Sariol

        • La prosa «excremencial» de este artículo quizás no anime a Duanel. Agosto ha venido bastante hediondo.

      • Oh, ya. Es la «prosa» lo he apesta, no las ideas. ¿O la combinación de ambas? De cualquier manera, en mi capacidad de esteta a destajo, creo que aún en los momentos en que el autor de Moncada-A-Lago visita el excusado, produce mejor prosa y más brillantes ideas que JPS al frente de una cátedra o montado en un podio. Que Cuba haya tenido a este Profesor Unrat como autoridad en cuestiones literarias durante tantísimo tiempo no es más que la advertencia de lo que puede esperarle a este país que persigue a Trump y a la mitad pensante del electorado, a la profesora Amy Wax y al catedrático Fryer. Solo una situación de emergencia revolucionaria permite el asecenso de la mediocridad, y ya estamos viendo en América un panorama intelectual agrisado por esos batallones de JPS a los que asusta el pensamiento libre. Querrían prohibirlo también en esta publicación y discutirle al autor su derecho a la expresión. Pero el miedo le impide salir al ruedo y quedar mal parado y corre a esconderse debajo del sayón Duanel.

    1. Qué es esto ???
      estornudo o estotro ???

      estornudo
      m. Espiración involuntaria y ruidosa:
      el estornudo obliga a cerrar los ojos.

      estotro, tra
      pron. dem. ant. Contracción de este otro y esta otra: no me acerques esa, acércame estotra. También adj.:
      dásela a estotro niño.

    2. Uy, no sabía que las ciberclarias estaban contratadas por la misma redacción de El Constipado. Que el periódico tenía su propia brigada de respuesta rápida particular. Ahora todo se aclara. Es una vergüenza estar el la lista de los más leídos cuando los lectores son de la calaña de Lario, Kindelán y Angulo. Quítenme de sus listas.

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