La revolución cubana va por la vida de triunfo en triunfo. Desactivadas las protestas del 11-J, arrestados sus líderes, neutralizados los revoltosos, la revolución milenarista se anota su milésimo triunfo. Una victoria, dicho sea de paso, sobre el pueblo revolucionario.

Lo contradictorio obra siempre en favor del triunfalismo, pues quien pretenda superar la revolución, deberá actuar, irremediablemente, como revolucionario. He ahí un nudo gordiano y un espejismo político imposible de despejar por el público ingenuo. Digamos que se trata de la revolución en la revolución, o acaso, de la tan temida contrarrevolución. Un retruécano y un palíndromo envueltos en un bustrófedon.

Guillermo Cabrera Infante fue el primero en entender la revolución castrista como bachata semiótica. Tal es el motivo por el que ese entusiasta colaboracionista, fundador de un periódico llamado Lunes de Revolución, haya podido pasar por contrarrevolucionario y ser censurado por los mismos castristas. ¡Si la vida es una tómbola, la revolución es un revolico!

Algo quedó demostrado el 11-J: que la ausencia del Máximo Líder no afecta su revolución. Las protestas sirvieron, más bien, para impulsar el remozamiento de la dictadura. El imperativo comercial —quién iba a decírnoslo— hizo del fidelismo una oferta imbatible. La dictadura como Mercado de Cuatro Caminos, como flamante tienda MLC: Katherine Bisquet y Hamlet Lavastida son monedas de cambio, compotas de mercenario de la economía del trueque.

A partir del 11-J, Cuba es Gugulandia. Los neandertales salieron con palos y piedras a una Habana prehistórica, arrastraron por los moños a mujeres y niños, y repartieron mazazos a viejos y débiles mentales. Aunque los presos y desaparecidos podían contarse por legiones, ni un solo argentino alzó la voz, ni un solo chileno se compadeció de ese pueblecito pretencioso que osaba forzar su entrada en los altares del horror.

Ni una abuela de la Plaza de Mayo se llevó a los ojos su pañuelito porteño para secar una lágrima de simpatía por la madre de Hamlet. Nadie lloró por nosotros en Argentina. Tampoco en Perú, ni en Uruguay, ni en Colombia, ni en Guyana, ni en Paraguay. Ni un solo minusválido brasileño se solidarizó con el niño preso al que le faltaba una oreja, confinado en Villa Marista. ¡Otra victoria castrista por no presentación!

El 11-J fue, tal vez, el momento más pestilente y picapedrero en la historia de la América Letrina.

La orden de atacar sin misericordia había sido, después de todo, un gran acierto, y la secuela de las revueltas redundó en más triunfalismo. ¿Cuántas poetisas, cuántos pintores, cuántos dramaturgos se atrevieron a cuestionarla? ¿Y quién iba a decirnos que Carlos Lechuga sacaría la cara por los tibios, que un lechuguino tendría más coraje que el Premio Nobel de Mantilla? ¿Que Lynn Cruz y Miguel Coyula, recién salidos del sarcófago socialista, dirían a voz en cuello lo que en Harry Potter se acabó la magia y Diez millones era apenas un susurro? ¿Quién nos hubiera dicho que Camila Lobón demostraría tener más agallas que Kcho? ¿Y quién hubiera imaginado que la clase intelectual tendría el pudor de correr un velo piadoso sobre la insolidaridad de sus correligionarios? 

Así llegamos al momento en que, tras la campaña de desinformación «Aquí no ha pasado nada», el Comité Central despachó a Europa el antivirus Abdala: otra vez Silvio Rodríguez prestaba su voz para trivializar la tiranía y empalmarla con el santoral de los comunistas madrileños.

Es el Silvio Rodríguez que nos hace añorar aquel franquismo que comerció con Castro, la dictadura que nos envió guaguas Pegaso y no a turistas cazadores de africanos. El franquismo que censuró a Cabrera Infante por su dudosa conexión marxista y lo forzó a expurgar de viñetas revolucionarias su obra maestra, para mayor gloria de la lengua y la patria. En cambio, en la nueva España comunistoide, el boicot al concierto del viejo guitarrero quedó neutralizado por una demagógica donación a la causa de la salud pública; aunque, en su fuero interno, Silvio habrá tenido que reconocer que la España de Podemos es moralmente inferior a la del Caudillo.

Luego, esa misma España tribalizada prestaría su aeropuerto para que Hamlet y Katherine hicieran escala en camino a Siberia: una delegación del PSOE, dándose golpes de pecho, debió recibirlos al pie de la escalerilla. ¡Pero no fue así! Tampoco Madrid cree en lágrimas.

La deportación de Hamlet y Kate era el resultado de negociaciones secretas que tuvieron lugar mientras la administración Joe Biden prometía a los cubanos villas y castillas. ¡Nunca Polonia! Entretanto, en los pasillos del Capitolio estadounidense cuatro papanatas cubanoamericanos pasaron meses inflando un globo cibernético que terminó estrellado en las almenas de Washington. Al parecer, la idea de la dictadura triunfalista, a imitación de Gugulandia, resultó ser menos descabellada que una Cuba Libre a la Biden.