Estatuas de hielo

Han avisado que esta mañana encontraron dos cuerpos sin vida en un parque cerca de casa, una pareja de homeless muertos por hipotermia. Los veía siempre juntos en la esquina del Wal-Mart donde suelo hacer las compras. Llegaban a determinada hora a mitad de la mañana, se marchaban por la tarde.

En el pueblo han instalado unos refugios, pero algunos homeless los rechazan, no creen que son para ellos. Tienen mascotas que no son permitidas en los refugios. Los encontraron abrazados y ahora alguien ha copiado una declaración de un hijo del hombre muerto: les ofrecimos apoyo, mas insistieron en que no, gracias. Hay en el momento mucha solidaridad virtual con el caso, pero sé que todo el ruido se apagará pronto y en un par de días nadie se acordará.

Ha estado nevando toda la madrugada. Suspendieron las clases en la universidad y en la escuela de los niños. A pesar de los anuncios que nos alcanzan por todas las vías, llamada telefónica, correo electrónico y mensaje de texto (he llegado a imaginar que nos tocan a la puerta para leernos el último aviso del distrito escolar), el correo postal sigue funcionando y hoy recibimos la nueva edición de Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini.

Juan Forn no se cansó de recomendarlo y en el prólogo dice que Pratolini, además de guionista para Visconti y Rosellini, había trabajado como periodista «en la difícil Italia fascista de fines de los años treinta».

Pienso en la posibilidad de que en un futuro pueda decir algo así: trabajó como periodista en la difícil Cuba bajo el castrismo de finales del siglo XX. ¿Cuántos años ha durado ya «la difícil situación»? Las tormentas invernales se suceden con cierta puntualidad en el Midwest. La «difícil situación», en cambio, desconoce estaciones, pero no alcanza a instalarse en un imaginario que le es ajeno.

Yo vivía en un pueblo pequeño de Oriente, polvoriento, caluroso, sin tuberías ni alcantarillado, al que no he regresado en quince años. Era la década de los ochenta. Frente a la bodega se acumulaban en la mañana las cajas de leche. Pasaban trenes que provocaban un tintineo de botellas. Los tractores halaban tanques de agua y los aljibes eran depósitos de ranas. Los autos dejaban una estela de polvo gris y la lluvia animaba las cosas por pocos días. Nos entreteníamos lanzando piedras contra unas casillas color óxido llenas de abono o melaza.

A ese pueblo, a nuestra casa de madera, fresca como el aire entre las ramas de pino, llegaban unas cartas perfumadas con el olor de un tiempo futuro. Ese tiempo era mi secreto, en ese tiempo quería vivir uno. Nunca he vuelto a sentir una calma como aquella porque era vista con ojos de niño y una vez que se pierde la niñez se quiebra esa mirada, arde ese paraíso. El gran silencio de una vida comienza ahí, pero ni en mis momentos de mayor tensión llegué a soñar con estatuas de hielo  —alguna vez, tras una gran nevada en Florencia, Miguel Ángel se vio obligado a esculpir una, ha contado Papini en una vieja biografía—, mucho menos con noticias de personas que morían de hipotermia cerca de casa.

No podría decir si estos inviernos que todo lo paralizan e invitan al recogimiento formaban parte de lo que un adolescente flaco, pecoso y todavía estrábico pudo llegar a imaginar, a desear en aquellos años de otra vida. Dónde están las nieves de antaño, repite el latiguillo de François Villon. Cuando pienso en aquel tiempo es como si otro hubiera vivido eso por mí y su memoria me hubiera sido transferida como cataplasma sobre una herida, como si un trayecto deforme debiera ser corregido.

El libro de Pratolini comienza narrando un alumbramiento, que es el principio de una separación: el parto ha resultado en muerte de la madre. Describe un campo desolado donde las casas parecían tener las puertas clausuradas. Se está refiriendo a algún momento posterior a la irrupción del siglo XX. A mí me parece que describe las tardes en mi pueblo de los ochenta, está hablando de un lugar que me resulta familiar. Las casas de mi pueblo olían a algo que jamás he vuelto a encontrar, un olor ácido de madera antigua que impregnaba las paredes, los ventanales y hasta los viejos marcos del Sagrado Corazón. El aire las evitaba. Las puertas tenían unos pestillos con resorte en la parte superior que se abrían tirando de una cadena.

Cuando yo hacía el camino de vuelta a casa desde la escuela, muchas veces no me encontraba a nadie. Saludar sombras hubiera sido jugar a establecer enigmas consecutivos, que es lo que los padres hacen siempre frente a sus hijos. El tiempo lo regía un perezoso que escalaba a su aire el enorme tamarindo del patio donde nos reuníamos los amigos. Si regreso a aquel pueblo y no está ese tamarindo habré llegado a otra página en blanco.

La noche antes de que aparecieran los cuerpos congelados vi una película japonesa llamada Drive my car. La escena del retorno al punto de origen trae siempre una dimensión de lo trágico que nos resulta familiar: se regresa al sitio de donde partimos para adentrarnos en una espesura que nunca llegaremos a entender del todo. El círculo que abren las primeras páginas del libro de Pratolini se cierra con el personaje más enigmático de la película, el de una muchacha que se gana la vida manejando para otros —un Uber chejoviano que transita, no dentro de El tío Vania, sino en su particular isla de Sajalín—, y cuya existencia ha quedado marcada por la muerte accidental de la madre.

Recuerdo que una vez me puse a mirar un mapa virtual de Cuba y me aterró descubrir que ningún lugar asociado con mis antepasados tenía un nombre, una inocua marca. En 1991, la muerte del hermano mayor de mi madre me llevó a un cementerio perdido en el norte de Oriente donde descansan los restos de los abuelos. Yo quería corroborar una ubicación, pero nada de eso existía en un plexo virtual veinte años después. Había que rehacer un mundo desde la intuición y la memoria.

Si pongo mi dedo sobre esa extensión física, esos lugares seguirán fuera del tiempo. Hay escenarios que se van a repetir en la historia circular de la humanidad. Ahora me dicen que tampoco allí voy a encontrar a mucha gente, unos se han muerto, otros se han ido a La Habana y algunos han intentado la ruta de los volcanes con suerte diversa.

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3 COMENTARIOS

  1. Emotiva evocación de un lugar como varios que vi en mi niñez -aunque con décadas de diferencia- en el una vez Oriente cubano, del que también soy natural. Bateyes desolados cuyos alrededores resultan fascinantes para quien buscaba aventuras. Y eso, la ausencia física de los que uno visitaba muchos años atrás que ya uno se cuestiona los recuerdos. Saludos.

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