Días de coronavirus (XXVI)

    Hoy desayuné repasando a Foucault, porque llevaba días con él en mente y pensé, todavía en la cama, los pajaritos cantando afuera, M. ya trabajando y yo con unas ganas más o menos vagas de masturbarme antes de la ducha, que la única vez que estuve preso tanto tiempo fue cuando mi padre llevó al adolescente que yo era al tristemente célebre hospital psiquiátrico «Piotr Kasсhenko» en Moscú y permanecí seis semanas encerrado allí.

    Y entonces me levanté, fui al librero que rodea mi mesa y busqué por la efe, pero no encontré la Historia de la locura, que era el libro que quería abrir, pero sí la Historia de la clínica y Vigilar y castigar. Tardé casi una hora en apartarme de ellos, admirado como el primer día. Oro puro, desechada la paja.

    Es probable que a Michel Foucault y a mi abuelo Acelio les deba más de la mitad de lo que soy. Dos tipos tan antitéticos. A Foucault se lo llevó otra pandemia mucho más bestial que la que circula hoy matando ancianos, aquella peste que fue el SIDA y acabó con él y con Severo Sarduy, tal vez los dos escritores que más me importaron, cuando aprendía a pensar y a escribir. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas fue el libro que más me deslumbró, cuando buscaba comprender. Por otra parte, el comportamiento sereno, viril y frío de mi abuelo cuando la chaveta casi me arranca un dedo mientras cortábamos hierba para sus conejos en un potrero entre Bauta y Anafe me enseñó cómo tomarse el dolor, el miedo y la vida. Llevo ambas heridas, la de aquella lectura y la que huele a campo, todavía a la vista. La primera, dentro; la segunda, en el pulgar de la mano izquierda, el que casi pierdo y Acelio, sin molestarse en acercarse al médico, me envolvió con telarañas que arrancó del cobertizo donde vivían los cerdos, desoyendo los gritos de mi abuela y mi tía.

    Es de veras sorprendente que cuando tomamos el camino alto hacia el fin de la cuarentena, la que vivo y la que aquí escribo, Foucault y mi abuelo se juntaran en una jornada con parejas dosis de tedio y diversión, desespero y esperanza. Será la única suerte de los prisioneros: la memoria y los encuentros que promueve.

    Vasili Grossman siguió batiéndose en mi mesa toda la tarde, de uniforme.

    En la noche celebrábamos el cumpleaños de L. otra vez en Zoom, que es el panal digital donde las abejas prisioneras juntan ahora sus celdas en streaming, y M. tuvo la feliz idea de que reprodujeramos imágenes de cuadros célebres en las condiciones del encierro para ofrecérselas a modo de regalo. Es algo que llevan haciendo los confinados desde hace semanas, los rusos con alucinante acierto, y efectivamente nos entretuvo el día. Primero elegir, después montar la puesta en escena, tomar la fotografía y, finalmente, hacer la ofrenda en Zoom, donde el grupo de amigos compartió sus creaciones.

    Fue en la elección del cuadro que reproduciríamos en casa que se coló Acelio, mi abuelo que lleva veinte años muerto. Porque desechada mi primera idea que fue la de reactuar el célebre Rapto de las mulatas de Carlos Enríquez, ¡de dónde iba yo a sacar dos mulatas ya no en este encierro, sino en la vida!, sugerí la sobria Pareja guajira de Antonio Gattorno, un cuadro de 1940, cuando mi madre era una niña de cuatro años y mi abuelo un duro sindicalista de la Textilera Ariguanabo. Tú no has visto nunca una foto de mi abuelo. Bueno, te aseguro que es el guajiro de Gattorno, píxel a píxel.

    Reímos como locos las ocurrencias de cada cual con Vermeer, Frida Kahlo, Magritte o carteles de cine.

    Del Káshenko, el psiquiátrico, me gustaría decir que yo era el cuerdo entre todos aquellos alienados, pero sé que muchísimos de ellos sostendrían ahora lo mismo si se les preguntara. Entre aquella grey que pastoreaban tres enfermeras, dos celadores y un psiquiatra al que ahora recuerdo como salido de una caricatura, había un tipo que tenía la manía de lavarse las manos con afán tremendísimo. Le llamábamos Chistiulia («El Purito» o «El Jabones», digamos) y lo martirizábamos que daba gusto. Aquel tipo, un hombre calvo, rechoncho, de piel rosácea se tiraba horas frente al lavamanos retorciéndose las manos. Estos días yo hago lo mismo, más o menos. Esto días, cuando vuelvo de pasear a Bruno y corro al cuarto de baño, yo soy aquel hombre.

    Foucault, mi abuelo Acelio, «El Purito».

    Tiene algo de acumulación barroca este encierro. La pandemia construye un altar barroco por el que se pasean todas las figuritas del pasado, las escenas de nuestra vida poco santa, mientras esperamos la revelación de la vacuna, la anunciación del remedio, la salvación que nos libere.

    Esto también sirve para aprender lo fácil que es creer cuando se es reo del caos, el azar, la muerte que acecha afuera.

    spot_img

    Newsletter

    Recibe en tu correo nuestro boletín quincenal.

    Te puede interesar

    «Encuentro en un aeropuerto»

    Taha Muhammad Ali (1933-2011) vivió la mayor parte de su vida como un palestino de Israel. Nació en una aldea de la provincia de Galilea, encontró refugio junto a su familia en el Líbano, cuando la guerra árabe-israelí de 1948 arrasó con su pueblo y regresó luego a Nazaret, donde murió a los 80 años. Allí escribió sus poemas y cuentos de forma autodidacta, al finalizar cada jornada como vendedor de souvenirs en la tienda familiar. No pasó del cuarto grado de escolaridad, no dirigió ninguna publicación literaria, no concibió ningún manifiesto artístico o político.

    Efecto de ida y vuelta

    Volví a sentir la mirada inquisidora de mi padre clavada en el cogote cuando tuve que hacer un esfuerzo para recordar el número de relaciones sexuales que había tenido a lo largo de mi vida. Si bien de pequeña eran lícitos los disfraces de bailarina de Tropicana para los bailes del cole, en la adolescencia, por el contrario, mi herencia cubana me venía reprochada como un estigma.

    La reina cubana del Bikini Wellness

    Su cuerpo, milimétricamente tonificado, gira a la derecha, se contonea hacia la izquierda. Muestra al público su cintura de 62 centímetros. Aún no lleva la corona, pero no faltará mucho para que el jurado de la Federación Unida de Fisicoculturismo Cubano (FUFC) anuncie que Karla es la campeona en la categoría Bikini Wellness, la primera mujer de la provincia de Pinar del Río en competir y llevarse el título.

    «En la calle está el sofoco y la sed»

    Las escenas que vemos son limaduras de lo histórico y lo ideológico vibrando en «el calor sofocante» de la isla. El autor procura en captar la intimidad del «hambre» y «la ausencia de sentidos»; la soledad metafísica de la ruina: física, social, arquitectónica, moral…

    Aimé Césaire: revolución y autoritarismo en ‘La tragedia del Rey Christophe’

    ‘La tragedia del Rey Christophe’ reflejó el drama de un líder negro caribeño que, pese a su radicalidad revolucionaria, no logra romper con el legado simbólico del colonialismo que sobre él gravita, perdiendo, de paso, el meridiano descolonizador al separarse de su pueblo con políticas crueles y autoritarias.

    Apoya nuestro trabajo

    El Estornudo es una revista digital independiente realizada desde Cuba y desde fuera de Cuba. Y es, además, una asociación civil no lucrativa cuyo fin es narrar y pensar —desde los más altos estándares profesionales y una completa independencia intelectual— la realidad de la isla y el hemisferio. Nuestro staff está empeñado en entregar cada día las mejores piezas textuales, fotográficas y audiovisuales, y en establecer un diálogo amplio y complejo con el acontecer. El acceso a todos nuestros contenidos es abierto y gratuito. Agradecemos cualquier forma de apoyo desinteresado a nuestro crecimiento presente y futuro.
    Puedes contribuir a la revista aquí.
    Si tienes críticas y/o sugerencias, escríbenos al correo: [email protected]

    spot_imgspot_img

    Artículos relacionados

    La mariposa china

    Leo que el Partido Comunista de China —¿acaso lo...

    Maquetar la ausencia

    Antes de la pandemia, apenas se podía caminar por...

    Un abrazo en el parque

    Hace un año que la conozco. Quizá menos, definitivamente...

    Los Finlay, otra forma de la continuidad

    Camilo Martínez Finlay, in memoriam En las primeras jornadas de...

    3 COMENTARIOS

    1. Ja ja ja,curioso,real y viene mucho a colación lo del lavado de manos,pues soy conocido por esta debilidad,mucho antes de esta macabra jugada y ahora más de uno de los que me conoce,se ríe,confirmándome lo acertado de mi anciana costumbre e incluso,del uso de crema de manos,aunque el mote de que soy un poco «marica» y «flojito»,nadie me lo retira,lo cual me divierte aún más.Saludos y a cuidarse,pronto conquistaremos de nuevo la calle,con alegría,sin GPS y las distancias serán otras.Gracias.

    DEJA UNA RESPUESTA

    Por favor ingrese su comentario!
    Por favor ingrese su nombre aquí