Hace un año la Ciudad de México se llenó de pañuelos morados con inscripciones como «Ni una menos», «Me quiero libre» y símbolos de Venus. Fue aquella la mayor movilización feminista en la historia de la ciudad. Cientos de miles de mujeres marcharon desde el Ángel de la Independencia, en el Paseo de la Reforma, hasta la Avenida Juárez y, de ahí, al Zócalo.

La marcha fue inicialmente convocada por el colectivo veracruzano «Las brujas del mar», muy protagónico en la denuncia de feminicidios y violaciones en ese estado. La convocatoria trascendió e involucró a la mayoría de las asociaciones femeninas del país. Siempre ha habido movilizaciones feministas en México, pero aquella vez el malestar no sólo se dirigía contra el machismo y la persistente estructura patriarcal de la sociedad mexicana sino contra un presidente y un gobierno, surgidos de la izquierda, que se desentendían de las agendas de género.

La escritora Guadalupe Nettel ha ambientado su última novela, La hija única (Anagrama, 2020), en el momento feminista del México contemporáneo. La trama cuenta la historia de dos amigas con diferentes visiones de la maternidad. Una no quiere tener hijos porque sospecha que perderá independencia para viajar y leer. Imagina a esas madres que arrastran cochecitos en la calle, llevan a sus hijos al kínder o los acompañan al parque como una colonia de zombies a punto de estallar. La otra ha formado una pareja y ha decidido embarazarse.

A mitad del embarazo, los médicos informan a Alina que su bebé es microcefálica, su cerebro no se desarrolla y, con toda seguridad, morirá al nacer. No era recomendable practicar un aborto por la avanzada gestación y porque, de hacerlo, la madre podría quedar incapacitada para un segundo embarazo. La gestación de Alina habría de ser la espera insufrible de dar a luz a una niña para enterrarla. La cuna que ella y su marido habían comprado debió ser reemplazada por un pequeño ataúd.

En contra de todos los pronósticos, Inés nace y vive. La parte inferior de su cerebro comienza a desarrollarse lentamente y, al final de la novela, los sentidos de la niña empiezan a activarse. Mientras el milagro sucede, dejando en ridículo al batallón de ginecólogos, neurólogos y pediatras que diagnosticaron a la bebé, la amiga que no quería tener hijos desarrolla una relación cada vez más cercana a sus vecinos, una madre soltera y su hijo malcriado. Al final de la novela, las dos mujeres y el niño son, virtualmente, una familia.

Nettel localiza esta historia de maternidades alternativas en el contexto feminista de la Ciudad de México en los últimos años. Aquella gran marcha morada del 8 de marzo de 2020 aparece en la novela. Ese día, la pareja de mujeres se tropieza con uno de los afluentes de la manifestación, en la Avenida de los Insurgentes, y lee las pancartas que portan las jóvenes: «No es no», «Mi cuerpo es mío». Tratan de descifrar lo que corean las manifestantes y distinguen dos frases: «señor, señora, no sea indiferente, matan a las mujeres en la cara de la gente» y «hay que abortar, hay que abortar a este sistema patriarcal».

Guadalupe Nettel ha escrito una novela sobre mujeres en tiempos feministas. Sus personajes luchan por la libertad del cuerpo femenino en todos sus sentidos. Lección oportuna para la literatura y la política latinoamericanas contemporáneas, donde sigue predominando un patriarcalismo cada vez más reaccionario. Al machismo de siempre ahora se suma el reactivo o defensivo, que recurre con frecuencia a las viejas patrañas humanistas del cristianismo o el socialismo.

Esta novela viene a recordarnos que no hay libertad o emancipación de una clase, una nación o una comunidad sin la libertad y el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo y sus interacciones sociales. Hasta fines del siglo XX, por lo menos, la izquierda antepuso causas supuestamente mayores, como las de la patria, el proletariado o el pueblo a la emancipación de la mujer o al combate al racismo. En las últimas décadas las cosas se van poniendo en su lugar, en las demandas, mas no en las leyes.