En 1980 transportarse en La Habana era mucho más sencillo que ahora. La capital todavía no alcanzaba los dos millones de habitantes y contaba con dos mil 500 ómnibus urbanos. Sin embargo, desde los años noventa, la urbe se ha mantenido sobre los 2.1 millones de habitantes, y la cifra de ómnibus no ha hecho más que decaer: a finales de 2019, había 600, y, para octubre de 2023, menos de 300. Esta tendencia ha venido acompañada de una grave escasez de gasolina.
Desde hace meses el ciclo de las crisis de desabastecimiento —pasajes de extrema gravedad dentro de la gravedad— no han hecho más que acortarse sin que el gobierno se haya animado aceptar explícitamente que la «coyuntura» no es coyuntural sino estructural.
Desde hace décadas el transporte público ha sido disfuncional en Cuba. Y el reclamo de una mejoría en ese servicio —como el pregón «El manisero»— es parte ya de la cultura nacional.
La corrupción en el sistema de transporte cubano es terrible. El litro de petróleo, que cuesta 1 CUC en las gasolineras, ya sean Cupet u Oro negro, se podía encontrar en la calle desde 5 hasta 8 pesos cubanos. Actualmente, con la disminución de la cuota de combustible a las empresas estatales, su precio ha subido a 12 o 15 pesos cubanos, cuando aparece.