Chano era un epicentro magnético, caprichoso. Le bastaba dibujar una sonrisa con su boca enorme y sonar las palmas para que todos se volvieran hacia él.
El público entra mientras Alberto y América terminan de prepararse para salir al escenario. Se supone que a las tres de la tarde comience la peña Sabadazo en el Tikoa, uno de los clubes subterráneos de la céntrica calle 23 del barrio del Vedado en La Habana.
Es probable que, en mi caso, el mestizaje sea más el resultado de una historia de violencia que de amor. No es algo bueno ni malo; es algo que es y ya, que forma parte de mi identidad y me enorgullece.