Quiso el destino manifiesto —o el manifiesto comunista— que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.
Porque, simbólicamente, en lo que respecta a la lectura, uno siempre está en una especie de isla desierta: la isla desierta de su apartamento, la de su cuarto, la del círculo de luz de la lámpara de noche, la de las páginas abiertas que esta ilumina.
Puede que a los Neuróticos Anónimos les importara menos la “técnica”, pero aun así contaban sus historias de vida de perros con la suficiente pericia como para obtener una reacción positiva de su público. Mucha de aquella gente llevaba tantos años hablando en reuniones que al escucharlos uno oía soliloquios geniales. Actores brillantes que se interpretaban a sí mismos. Monólogos que daban fe de su instinto para revelar lentamente la información clave, para crear tensión, establecer desenlaces y captar por completo al oyente.
El campo cultural cubano no solo es un campo en tensión, como tantas veces le escuchamos decir a Pierre Bourdieu, sino algo resbaladizo y tentacular y con una cantidad considerable de arrastres de pies, personajes anónimos y porn stars.
La literatura hoy tiene más que ver con la cantidad de amigos en Facebook, los likes y las veces compartidas, twitteadas, esto es: con el número de post, que con el canon de Harold Bloom...