Debe haber mucha gente ahora que no sabe que, el 19 de junio de 2018, este país escaso y tramposo, bello a pesar de todo, perdió a uno de los imprescindibles.
Estamos hartos de manuales sobre cómo sobrevivir en esa isla abstracta que nos venden como una especie de espejo, como si la escases y desolación del náufrago no formaran parte consustancial de nuestro país donde lo único que se sostiene en pie es el tiempo detenido de nuestras propias vidas.
"No me interesa el lado bonito y simpático de la gente, el que todos mostramos satisfechos y sonrientes. No. Me interesa indagar en las crispaciones, los remordimientos, las tormentas, lo inexplicable..."
Tres libros de poesía, publicados, un cortometraje terminado, un premio de crítica cinematográfica, dos exposiciones de carteles, una familia sobre sus hombros.
Porque, simbólicamente, en lo que respecta a la lectura, uno siempre está en una especie de isla desierta: la isla desierta de su apartamento, la de su cuarto, la del círculo de luz de la lámpara de noche, la de las páginas abiertas que esta ilumina.
No es un campeón del exilio. No es un reivindicado del quinquenio gris. No es un funcionario del sistema. No se volvió cínico, o ríspido, o sarcástico, o cauteloso, o violento, y menos aún se plegó. Por alguna inexplicable razón, le sigue importando menos su suerte personal que la muerte de su país.