Es casi unánime la opinión de que el colapso eléctrico ocurrido en Cuba a partir del 17 de octubre —que paralizó al país en toda su extensión y sumió en las tinieblas a una población ya extenuada por innumerables penurias— sería un síntoma extremo de la crisis multidimensional, endémica que enfrenta la isla desde hace más de 30 años.
Desde las 11:07 de la mañana del 18 de octubre, la isla sufre el apagón masivo más extenso y sin precedentes en la historia de la crisis energética que padece desde hace más de 30 años.
Las luces se apagan, los ventiladores se detienen y los televisores y equipos de música enmudecen y cortan el sonido a media nota. Los backup de los ordenadores de mesa empiezan a pitar y avisan que el respaldo se agota. El silencio lo cubre todo. Si el apagón llega en medio de la noche, puede escucharse a lo lejos alguna que otra exclamación de furia, y si se alarga demasiado, oyes los inconfundibles golpes de cazuelas.
Adentro de las casas las familias se iluminan con una vela cuando ya es de noche, o con una lámpara recargable que no les permite distinguir bien todas las caras, y espantan los mosquitos con las manos, con un pañuelo, hasta quedarse dormidos.