La técnica para obligarme a escribir

    Escribir siempre es difícil. Yo no lo disfruto. Escribir es tortuoso, cansón, estresante, es por lo general un ejercicio en vano, y como ejercicio al fin es monótono. Creo que el ritual de bañarme, perfumar la nuca, tomar un ómnibus para ir a sentarme en un café a escribir es una buena idea, te obliga a estar frente a la página en blanco llenándola de palabras. En mi caso me lo tengo que imponer, no nace espontáneamente. Tengo la necesidad de hacerlo. Pero, aun cuando es necesidad, implica una dosis de sacrificio, de empeño, de incomodidad.

    Mi escritura es hija de la intemperie, está muy permeada de los lugares donde escribo. El texto se contamina. Ahora mismo en la mesa que está a mi lado se ha sentado una señora de un vestido color mostaza, lleva unos espejuelos oscuros y un largo collar al estilo de las bailarinas de can can. Tiene unos 50 años. Si tú estuvieras aquí, disfrutarías mucho de ella. Siempre trato de sentarme en la pared del espejo. Me gusta ver un pedazo de mi imagen de vez en cuando reflejada en el espejo. Es como si alguien estuviera aquí, tú. Se supone que ese es el mayor logro para cualquier persona: ser alguien. La gran mayoría de los que estudiaban en la universidad de mi generación decían que estudiaban para llegar a ser alguien. Nunca entendí esa expresión. Yo no he llegado a ser nadie.

    ***

    Después de tanto tiempo sin hablarnos, volvimos a conversar. Te quejas de las mismas situaciones, no has cambiado en nada, eso me alegra. Los mismos tópicos te siguen lacerando desde que te conocí. Has vivido muchas situaciones extremas, pero esas las llevas con una parsimonia al estilo de las actrices alemanas, o francesas, en esos momentos se apodera de ti la calma, el silencio.

    La señora se quita los lentes oscuros, trae un reloj de una pulsera de brillo, seguro tiene incrustaciones, pedrería, pero estamos en Quito, no creo que esas piedras tengan mucho valor, aunque desde lejos se ve muy bien la pulsera. 

    Ya la primera vez que salimos de fiestas te quejabas: la soledad, el amor de pareja, la permanencia de este, a pesar de que todos los fines de semana llenabas la casa de amigos, o al menos eso parecía. Te acompaño a la cocina a preparar café y en ese momento me comentas la soledad que padeces, aun teniendo toda la casa llena de gente, viviendo con tu mejor amiga de la universidad. Nunca te dije nada, pero era casi surrealismo, inaudito. Precisamente que me lo dijeras a mí. Yo que he vivido solo desde los 17 años, que me he pasado más de una semana sin hablar con nadie, porque nadie a mi alrededor me despertaba el deseo de intercambiar palabras. Eso de intercambiar palabras es muy similar a intercambiar fluidos cuando se tiene sexo, se quiere beber todo del cuerpo amado. Cuando una reunión entre amigos sobrepasa el número de cinco invitados no me siento bien, eso explica por qué siempre me escapaba contigo a la cocina.

    A veces creí que querías mi amistad para quejarte, o para darme envidia. En algún momento quise ser tú, sobre todo en dos o tres ocasiones. Cuando eras novia de aquel muchacho alto que usaba unos shorts súper cortos mostrando sus largas piernas peludas, él en su conjunto parecía un hombre de cromañón, apenas se le veían los ojos. Se había dejado la barba muy tupida. Casi no hablaba, y cuando lo hacía no se le entendía, reforzando su aspecto salvaje. La otra ocasión ya sabes cuándo fue, te enrolaste con aquel negro de dreadlocks que conociste en esa discoteca subterránea, húmeda, con peste a cigarros a la que siempre íbamos.

    La estrategia de salir a escribir en un lugar público es poder actualizar lo vivido con el tiempo presente, con el justo momento con el que trenzas las palabras. Es como salir a luchar la vida, a trabajar, a camellar, como se dice aquí. Si me quedo en casa me distraigo, termino haciendo unos aretes, o dibujando, o leyendo, decisiones que comprueban que cualquier actividad tendría mucha más importancia que escribir. 

    Las quejas de no tener novio, pareja, un amor duradero eran recurrentes, pero en realidad nunca te pasabas mucho tiempo sin amantes. Desde que te conozco has estado enamorándote, te has enamorado del chico que solo querías una noche para follar, y aun sabiendo de sus intereses tú insistes en poder conquistar ese cuerpo. La inclinación autodestructiva es lo hermoso de ti, insistes, te enamoras porque en el fondo lo que quieres es volver a vivir otra desilusión. 

    Cuando te conocí tenías el cabello corto, usabas unas camisas a cuadro, lucías masculina, me confesaste que no podrías pasar más de quince días sin tener sexo. Ahora tu cabello te da por los hombros, y estoy seguro que el sexo ya no es tan importante en tu vida. 

    En una fiesta nos dimos un beso de piquito, ya no lo recuerdas. Era un beso de amigos, bueno, no a todos los amigos se le da un beso de esa forma. Pude sentir tus labios delgados, el olor del creyón que usabas por aquella época rojo bermellón intenso.

    Otro de los motivos por los cuales quiero escribir en los cafés es porque quiero salir del cuarto, esa especie de calabozo en los que siempre he vivido. El convicto está castigado a un reducido espacio físico, solo sale a hacer trabajos forzosos. Escribir.

    Me has dicho tantas veces que seríamos la pareja ideal, casi lo creo. Somos tan diferentes que nos buscamos. Cuando hablamos, me comentaste que vives en Madrid, y de nuevo la soledad salió a relucir. Un día después de nuestra conversación, vi que publicaste un video de la marcha del 8 de marzo. Estabas frente al museo Reina Sofía, rodeada de tanta gente linda, gente afín a nosotros, gente que nos han acompañado, gente que hace mucho no veo. Te vi gritar, denunciar, traías una pancarta con el rostro de una mujer presa política por la dictadura cubana. Te vi feliz, denunciando, tratando de que el mundo sepa lo que sucede en nuestro país. 

    ***

    Siempre que nos reuníamos, me hubiera gustado decirte de mis miedos, mis frustraciones, pero el caudal de tus quejas me lo impedían. Podría haberte dicho que te callaras, pero me gusta oírte, no me canso de ti, eres una de las pocas personas de las que no me canso. Me hubiera gustado ser mujer para tratar de seducirte. Digo esto porque con mi condición biológica de hombre sería imposible.

    He tenido que cambiarme de mesa. Delante de mí, una señora le reclama a una joven, es su hija, o nieta. La señora llora, conozco esa estrategia, al parecer se trata de una herencia. La vieja es de cabello corto, trae unos aretes dormilonas encarnados en las orejas que se han alargado, el rostro ajado, se sopla la nariz. Es muy desagradable tomarme mi americano y comerme el brownie con semejante escena delante. Creo que esa mujer ha exagerado la dosis de melodrama, ya el pañuelo no le alcanza para seguir soplándose la nariz, ni para secarse las lágrimas. 

    En la mesa de al lado dos señores discuten sobre la guerra en Ucrania. El más canoso habl de los límites, que la OTAN ha llegado demasiado lejos. Defiende la postura rusa. Lo miro con desprecio. Quiero que note mi mirada, pero sin llegar a enfrentarlo. El hombre parece que explica algo de los límites fronterizos, y con violencia traza una línea imaginaria encima de la mesa con su dedo índice, desplazando la mano por el centro de la mesa. Este gesto lo hace mirándome, pero yo no le hago caso. Me percato de su maniobra por el espejo que está al lado mío. El señor sigue mirándome de reojos, sabe que soy extranjero, que soy gay, y que no estoy de acuerdo con su criterio. 

    Esta ciudad te cansaría. La zona donde están las discotecas y los bares es pequeña, esos establecimientos no son grandes, cosa que demuestra que no son muchos los que frecuentan estos lugares, en cambio se toma demasiado ron, y se fuma marihuana, pero bailar no es cosa de muchos.

    Ya de regreso a casa veo una pareja de jóvenes abrazados en el bus, se miran a los ojos, ríen, hablan con emoción, como cuando nosotros realizamos aquel viaje a Ciego de Ávila. Las señoras que estaban detrás de nosotros nos miraban con envidia, pensaban que éramos novios. 

    No sé si escribir en los cafés sería una buena idea para ti.

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    Yanier H. Palao
    Yanier H. Palao
    Yanier H. Palao (Cuba, 1981). Escritor y artista plástico. Sus manos han envejecido prematuramente por su antigua labor como restaurador. Sus manos han acariciado más la piedra de cantería, el yeso, las rejas de hierro, que la piel humana. Le interesa lo escondido, recoger fragmentos, desechos, con ellos construye artesanías que después vende. Le hubiera gustado ser arqueólogo. Ha publicado, entre otros, los libros: Sombras del solo (Ed. Holguín, 2005), Peces en bolsas de nylon (Ed. Ávila, 2009), Música de fondo (Ed. La Luz, 2010), A la intemperie (Ed. Holguín, 2011), Vaciados (Ed. Aldabón, 2011), Esteros (Ed. Abril, 2013). Ha recibido numerosos premios entre los que se encuentran el “Premio Calendario” en Poesía, 2012 y la beca de creación literaria que otorga el proyecto “Torre de Letras”, 2016. En el 2018 publicó Óxido por Letras Cubanas. Recientemente ha salido a la luz País excéntrico, publicado por Iliada Ediciones.
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    3 COMENTARIOS

    1. El más canoso habla de los límites, que la OTAN ha llegado demasiado lejos. Defiende la postura rusa.


      Gente ciega por odiar a los yanquis. La OTAN nunca hubiera atacado a la potencia atomica que es Rusia. Ahora mismo evitan una confrontacion abierta.

    2. Sino te gusta (escribir), no lo hagas. Se nota. Es tan vacio y pretencioso presumir del escritor atormentado por la pagina en blanco. Hay un viejo dicho que reza «no tener nada que decir es el mejor motivo para callarse». Tal vez deberias aplicarlo.

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