McIntosh hizo una pausa, cinco, diez segundos, como si después de una hora de interrogatorio, ya no le quedaran más preguntas. En el estrado de los testigos, Mark Schorer, uno de los más distinguidos críticos literarios de los Estados Unidos, aprovechó la breve interrupción para examinar con académica minuciosidad al fiscal, un hombre ya mayor, bien dispuesto, que quizás había sido hermoso en su juventud. Ralph McIntosh había ganado cierta notoriedad algunos años atrás, al tratar de prohibir la exhibición, por obscena, de Los Forajidos, una película de Howard Hughes dedicada, casi obsesivamente, a los senos de Jane Russell. A su pesar, Schorer sintió un relámpago de simpatía por el fiscal, por su porfiada, desesperada campaña contra esta nueva, pornográfica América de 1957.

– Supongo que usted entiende todo esto – Mc Intosh dijo, finalmente.

– Eso creo – Schorer replicó, sin inmutarse. – No siempre es fácil entender lo que un poeta moderno quiere decir, pero creo que en este caso lo he entendido.

Mc Intosh agitó el pequeño libro en el aire, el arma del crimen. Schorer reprimió una pequeña sonrisa.  El fiscal, pensó, hubiera podido hacer carrera en aquel mismo Hollywood pecador que detestaba.

– ¿Usted entiende – Mc Intosh alzó aún más la voz -qué significa “hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna”?

– Señor, no se puede traducir la poesía a prosa  -Schorer replicó, con la misma paciente autoridad, benévola pero inequívoca, que habían apreciado sus alumnos en Berkeley y Harvard. – Es por eso que es poesía.

Hubo carcajadas y aplausos en la sala.  En el público, de acuerdo con la descripción del Reporter, se mezclaban escritores de North Beach, libreros del downtown y los macabros aficionados que acudían cada día a las cortes de justicia con el mismo lúgubre entusiasmo con que los seguidores de los San Francisco Seals habían marchado aquella temporada al Seals Stadium, a ver a su equipo ganar por última vez la Liga de la Costa del Pacífico antes de abandonar la ciudad y mudarse a Arizona. Los Gigantes de Nueva York, transformados en los San Francisco Giants, estaban a punto de llegar a la ciudad, que no tenía espacio para dos equipos, los poderosos invasores, y el modesto, infortunado equipo local. En la Corte Municipal, mientras tanto, un pequeño libro, Howl and other poems (Aullido y otros poemas), del desconocido Allen Ginsberg, estaba siendo meticulosamente analizado, cada línea examinada con extremo rigor crítico, en busca de señas de inmoralidad.   Ginsberg mismo no había sido acusado, pero Lawrence Ferlinghetti, poeta, pintor y dueño de la librería City Lights, que había publicado el libro un año antes, enfrentaba cargos por “imprimir y vender, voluntaria y lascivamente, textos obscenos”. Ambos sitios, el estadio de béisbol y la corte del Juez Clayton W. Horn, eran escenarios de una patética ceremonia funeral, una época estaba siendo rápidamente denunciada y liquidada. El propio juez Horn sonrió al escuchar la respuesta de Schorer.  McIntosh aún no se dio por vencido.

– En otras palabras, ¿no es necesario entender el significado?

– No es posible entender el significado de las palabras aisladas, sacadas de su contexto  – Schorer replicó, un tanto exasperado por la terquedad del fiscal, similar a la de un alumno particularmente inepto. –  Es tan imposible traducir poesía a una prosa lógica como decir en palabras qué significa una pintura surrealista.

McIntosh leyó entonces otro fragmento de Howl. El poema, como saben tantos lectores, tantos sufridos estudiantes, comienza con una ríspida declaración, el prematuro testamento de un poeta de 29 años que ya ha atravesado todos los círculos infernales, el manicomio, la prisión, la universidad, las drogas, el amor, las sucias bocacalles del sexo prohibido: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas…”  Howl es una imparable enumeración de las hazañas sexuales y literarias de la generación beat, las sórdidas, gloriosas aventuras de Jack Kerouac, Neal Cassady (N.C. en el texto), William Burroughs, Lucien Carr, el propio Ginsberg.  McIntosh leyó:

…que se derrumbaron llorando en gimnasios blancos desnudos y temblando ante la maquinaria de otros esqueletos,

que mordieron detectives en el cuello y chillaron con deleite en autos de policías por no cometer más crimen que su propia salvaje pederastia e intoxicación,

que aullaron de rodillas en el subterráneo y eran arrastrados por los tejados blandiendo genitales y manuscritos,

que se dejaron follar por el culo por santos motociclistas, y gritaban de gozo,

que mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marinos, caricias de amor Atlántico y Caribeño,

que follaron en la mañana en las tardes en rosales y en el pasto de parques públicos y cementerios repartiendo su semen libremente a quien quisiera venir,

que hiparon interminablemente tratando de reír pero terminaron con un llanto tras la partición de un baño turco cuando el blanco y desnudo ángel vino para atravesarlos con una espada,

que perdieron sus efebos por las tres viejas arpías del destino la arpía tuerta del dólar heterosexual la arpía tuerta que guiña el ojo fuera del vientre y la arpía tuerta que no hace más que sentarse en su culo y cortar las hebras intelectuales doradas del telar del artesano,

que copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza un amorcito un paquete de cigarrillos una vela y se cayeron de la cama, y continuaron por el suelo y por el pasillo y terminaron desmayándose en el muro con una visión del coño supremo y eyacularon eludiendo el último hálito de conciencia,

que endulzaron los coños de un millón de muchachas estremeciéndose en el crepúsculo, y tenían los ojos rojos en las mañanas pero estaban preparados para endulzar el coño del amanecer, resplandecientes nalgas bajo graneros y desnudos en el lago,

que salieron de putas por Colorado en miríadas de autos robados por una noche, N.C. héroe secreto de estos poemas, follador y Adonis de Denver -regocijémonos con el recuerdo de sus innumerables jodiendas de muchachas en solares vacíos y patios traseros de restaurantes, en desvencijados asientos de cines, en cimas de montañas, en cuevas o con demacradas camareras en familiares solitarios levantamientos de enaguas y especialmente secretos solipsismos en baños de gasolineras y también en callejones de la ciudad natal…

“Lo escribí como iba saliendo, por eso es tan desordenado”, explicó Ginsberg a Kerouac. Este, al recibir el manuscrito, le había reprochado a su amigo que hubiera hecho correcciones, en vez de seguir el procedimiento de la escritura espontánea, no regulada por doctrina literaria, no predeterminada, no planeada, irrespetuosa de la norma lingüística y de la vanidad o reputación del propio autor. “Tu Howl (…) es muy poderoso”, escribió Kerouac, en una carta, “pero no lo quiero ver destruido por correcciones secundarias hechas desde la posición retrospectiva del tiempo:  quiero tu ESPONTANEIDAD verbal, o nada”. Ginsberg le aseguró que el poema que había leído era la versión original, “100 %”.  La primera, monumental línea de Howl fue escrita una tarde de agosto de 1955 en el cuarto de Ginsberg, en Montgomery Street, muy cerca de la Bahía de San Francisco y del Golden Gate. “Decidí soltarlo todo (…)  cualquier cosa que tuviera que soltar, y decir lo que realmente estaba en mi mente, y no escribir un poema, finalmente  -romper mis propias formas, romper con mis propios ideales e ideas, con lo que se suponía que yo debía ser como poeta, y simplemente escribir lo que tenía en la mente”. Era aquel un momento culminante de su vida. Unos meses antes, Ginsberg había consultado un analista, el doctor Philip Hicks, del Hospital Langley. A Hicks, el atormentado poeta le confesó que, tras haber intentado llevar una vida presuntamente normal, de haber probado a actuar como heterosexual por una temporada, y de haber conseguido empleo remunerado en una oficina, sentía que estaba a punto de retroceder, de volver al mismo punto de locura y vergüenza que creía haber dejado atrás. Ginsberg se había dedicado sinceramente a la tarea de volverse un hombre indistinguible de los demás, e incluso había iniciado un manso romance con una estudiante de Barnard College, Elise Nada Cowen, que se había diluido, sin remedio, en amistad. Había trabajado, sucesivamente, en un periódico, en publicidad, en marketing.   Pero un día encontró a Peter Orlovsky. En el apartamento del pintor Robert LaVigne, vio el retrato de un joven desnudo, y, no pudiendo contenerse, preguntó a LaVigne quién era el modelo. LaVigne llamó a Orlovsky, que estaba en la habitación contigua. Orlovsky era heterosexual, o al menos era esa su preferencia, pero pasaría con Ginsberg los siguientes 33 años.  Ginsberg murió, a los 70, en 1997. Orlovsky, a los 76, el año pasado.  Al doctor Hicks, Ginsberg le contó su encuentro con Orlovsky, y pidió ayuda: “Mi mente está enloquecida por la homosexualidad”. Para su sorpresa, el doctor Hicks no le recomendó lo mismo que un anterior analista, un siquiatra de Columbia, el doctor Fagin, que había diagnosticado que Ginsberg estaba más enfermo de lo que él mismo suponía, y había recomendado su ingreso en un hospital. Después de escuchar a su paciente, el doctor Hicks, simplemente, preguntó a Ginsberg lo que nunca antes nadie, ni su padre, ni su profesor de literatura en la Universidad de Columbia, Lionel Thrilling, ni sus amigos los beats,  le habían preguntado:

– ¿Qué es lo que te gustaría a ti hacer?

En This is the beat generation, una magníficamente informada biografía colectiva del aquel rocambolesco grupo, James Campbell, relata aquella decisiva conversación, que tendría prolongadas consecuencias entre los poetas del futuro. Ginsberg respondió que quería vivir con Orlovsky, renunciar a su empleo en una agencia de publicidad, y dedicarse a escribir poemas. El doctor Hicks, encogiéndose de hombros, replicó:

Entonces, ¿por qué no lo haces?

Dos años y medio después, el fiscal McIntosh, habiendo leído varios fragmentos de Howl que presuntamente probaban su culpable inmoralidad, se dirigió al juez Horn: “Su Señoría, francamente, yo solo poseo un bulto de diplomas en leyes.  Yo no sé nada de literatura. Pero me gustaría saber de qué se trata todo esto. Es como la pintura moderna de estos días, que es como si hubieran dejado venir a un mono a pintar sobre el óleo”. McIntosh le preguntó a Schorer, todavía en el estrado de los testigos:

 –  ¿No podía haber sido dicho todo esto de otra manera?  ¿De verdad tienen que usar esas palabras?

El propio juez Horn interrumpió al fiscal:

–  Me parece que es obvio que el autor pudo haber usado cualquier otra palabra.   Que eso hubiera servido a sus propósitos es otra cuestión, que debemos dejar al autor.

El juicio de Ferlinghetti está esmeradamente reproducido en una película que ha llegado a Londres este mes, con el mismo título del poema de marras.  Es una extraña película, inusual en su propósito y su realización, que en vez de aprovechar, para llenar el cine, las anécdotas más dramáticas de la historia de la generación beat, de las que hay tantas como para hacer treinta películas, se dedica con devoción a estudiar el poema mismo, a escudriñar sus significados, a hacerlos visibles, una tarea casi imposible, pero cuyos resultados hubieran sido muy útiles al pobre fiscal McIntosh, cincuenta y tres años atrás. Howl, la película, dijo A. O. Scott en The New York Times, “es un trabajo ejemplar de crítica literaria en film, explicando y analizando su fuente sin amortiguar su impacto”.  En The Washington Post, Ann Hornaday dijo que “lo que pudo ser un trivial ejercicio de nostalgia, se convierte en un poderoso argumento sobre el catártico poder del arte”. James Franco, como Ginsberg, aparece en la película respondiendo las preguntas de un invisible entrevistador, contando momentos cenitales de su vida, la enfermedad mental de su madre, sus encuentros con Kerouac y Cassady, su propio internamiento en un hospital siquiátrico, el descubrimiento de Orlovsky y de la total libertad poética. La película salta de una línea narrativa a otra, del juicio de Ferlinghetti a la supuesta entrevista de Ginsberg, y de ahí a la escena central, en neblinoso blancoinegro, la primera lectura pública del poema, que ocurrió en una legendaria noche literaria, la del 7 de Octubre de 1955, en la Galería 6, de Fillmore Street, en San Francisco. Aquella noche, “una notable colección de ángeles”, como decía la invitación, seis nuevos poetas, leyeron versos. Frente a una audiencia ahogada en alcohol y poesía, Ginsberg, también borracho, penúltimo en el programa, leyó Howl, llegando, a gritos, al orgiástico final, la célebre “nota al pie de página”:

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo son santos!

¡Todo es santo! ¡todos son santos! ¡todos los lugares son santos! ¡todo día está en la eternidad! ¡Todo hombre es un ángel!

¡El vago es tan santo como el serafín! ¡el demente es tan santo como tú mi alma eres santa!

¡La máquina de escribir es santa el poema es santo la voz es santa los oyentes son santos el éxtasis es santo!

¡Santo Peter santo Allen santo Solomon santo Lucien santo Kerouac santo Huncke santo Burroughs santo Cassady santos los desconocidos locos y sufrientes mendigos santos los horribles ángeles humanos!

¡Santa mi madre en la casa de locos! ¡Santas las vergas de los abuelos de Kansas!

¡Santo el gimiente saxofón! ¡Santo el apocalipsis del bop! ¡Santas las bandas de jazz marihuana hipsters paz peyote pipas y baterías!

¡Santa las soledades de los rascacielos y pavimentos! ¡Santas las cafeterías llenas con los millones! ¡Santos los misteriosos ríos de lágrimas bajo las calles!

¡Santo el argonauta solitario! ¡Santo el vasto cordero de la clase media! ¡Santos los pastores locos de la rebelión!

¡Quien goza Los Ángeles es Los Ángeles!

¡Santa New York santa San Francisco santa Peoria & Seattle santa París santa Tánger santa Moscú santa Estambul!

¡Santo el tiempo en la eternidad santa eternidad en el tiempo santos los relojes en el espacio la cuarta dimensión santa la quinta Internacional santo el ángel en Moloch!

¡Santo el mar santo el desierto santa la vía férrea santa la locomotora santas las visiones santas las alucinaciones santos los milagros santo el globo ocular santo el abismo!

¡Santo perdón! ¡compasión! ¡caridad! ¡fe! ¡Santos! ¡Nosotros! ¡cuerpos! ¡sufriendo! ¡magnanimidad!

¡Santa la sobrenatural extra brillante inteligente bondad del alma!

En Howl, la película, los directores Rob Epstein y Jeffrey Friedman, hacen a Franco recitar todo el poema, lo que el actor ejecuta con gran vigor, y lo ilustran con animados, inspirados en dibujos del propio Ginsberg. Los dibujos son los de un hombre naufragando en su delirio, aparecen rascacielos, saxofones, penes, monstruos mecánicos, vaginas, carreteras a través del desierto, túneles del metro de Nueva York, ejércitos de corbatas, un niño naciendo, la “Noche Estrellada” de Van Gogh. Howl es un poema escrito en el borde entre la locura y una percepción casi sobrenatural de la realidad que descompone el orden de los objetos, la razón física de la historia y de la experiencia social e individual del mundo. Ginsberg dedicó el poema a Carl Solomon, un poeta al que había conocido, por puro azar, en el Instituto Siquiátrico de Columbia, al que había ingresado voluntariamente para escapar de la cárcel, tras verse involucrado por accidente en un oscuro caso criminal.   “¿Quién eres tú?”, le preguntó Solomon al recién llegado. “Soy el Príncipe Mishkin”, replicó este, aludiendo al protagonista de El Idiota, de Dostoievsky.  “¿Quién eres tú?”, preguntó Ginsberg a su vez.  “Kirilov”, contestó el otro loco, refiriéndose al héroe de Los Endemoniados. Ginsberg le contó a Solomon una visión que había tenido poco antes, una tarde de junio de 1948, cuando yacía en su cama en su apartamento de East Harlem.  Acababa de masturbarse en la cama, junto a un libro de William Blake, abierto en un poema que Ginsberg había leído muchas veces, “¡Ah Girasol!”, cuando escuchó una voz, de honda antigüedad, la de Blake, recitar el poema:  “¡Ah Girasol!  Hastiado del tiempo, contaste las pisadas del sol…”  La voz recitó otros dos poemas, “La Rosa Enferma” y “La Niñita Perdida”. “La peculiar calidad de la voz era algo inolvidable porque era como si Dios tuviera una voz humana”, contó Ginsberg más tarde, “con toda la infinita ternura y ancianidad y mortal gravedad de un Creador vivo hablándole a su hijo”. Solomon, discípulo de Antonin Artaud, admirador de Gerard de Nerval, campeón dadaísta, era el más adecuado y útil interlocutor que Ginsberg pudiera haber deseado para explorar toda la “libertad creativa de su voluntad”.

Howl tuvo una primera edición de mil ejemplares, puestos a la venta en City Lights en el otoño de 1956. Pero en marzo del año siguiente la Aduana de San Francisco interceptó parte de la segunda edición, impresa en Inglaterra, unas 520 copias. El juicio por obscenidad contra Ferlinghetti duró todo el verano de 1957, hasta que el 3 de octubre el Juez Horn dictaminó que Howl no era obsceno, y que lo redimía su “importancia social”, por lo que estaba bajo la protección de la Primera Enmienda de la Constitución. “Los autores de la Primera Enmienda”, dijo Horn, “sabían que las ideas nuevas y no convencionales perturbaban la complacencia, pero ellos prefirieron estimular una libertad que sabían necesaria para que una vigorosa ilustración triunfara sobre una vergonzosa ignorancia” Y añadió: “¿Habría verdadera libertad de prensa o de expresión si uno tuviera que reducir su vocabulario a inocuos eufemismos? Un autor debe ser honesto en el tratamiento de su tema, y debe permitírsele que exprese sus pensamientos e ideas en sus propias palabras”.  Ferlinghetti, que salió libre, dijo que había que darle una medalla a la Aduana de San Francisco, que había hecho famoso al poema. Una nueva edición de 10 mil ejemplares estuvo poco después a la venta. A sus 91 años, Ferlinghetti sigue viviendo en San Francisco, donde escribe, incansablemente, nuevos poemasCity Lights sigue abierta.

 

Nota:

La traducción al español de Howl usada en este artículo es la de Rodrigo Olavarría, aparecida en la revista Cyber Humanitatis, de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.    El audio de la lectura de Howl realizada por Allen Ginsberg en el Reed College en febrero de 1956 está disponible en el sitio de esa institución, en formato QuickTime.   El poema, en inglés, menos la “nota al pie de página”, y otra grabación de Ginsberg, está en Poets.orgLa “nota” aparece en muchos otros sitios de Internet.  Quienes prefieran ver los fragmentos de Howl, la película, en los que James Franco recita el poema, pueden encontrar el video editado en Youtube.    Además del libro de Campbell citado en este artículo, he usado citas tomadas de los diarios de Allen Ginsberg y del epistolario de Jack Kerouac, entre otros documentos.

1 Comentario

  1. Exultante y verosímil. Lo mejor no es que haya sido hecha una peli. Es que la (d)generación actual se entere del valor de la libertad conquistada. Aún en otras veras. [email protected] También por el cabrón aullido

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