El atlas y las otras 

Clara Obligado, escritora argentina y española, publicó el año pasado un Atlas de literatura latinoamericana, ilustrado con mucho ingenio por el dibujante e historietista Agustín Comotto. El volumen lleva por subtítulo «Arquitectura inestable», que entre cubanos recuerda a Antonio José Ponte, cuya lectura de la tradición literaria de la isla guarda más de una semejanza con esta muestra.

Desde la primera sección dedicada a la literatura argentina —por mucho, la más extensa del volumen—, es perceptible el empeño de desafiar cánones. Ahí están Antonio Di Benedetto, Manuel Puig y Rodolfo Walsh, que no es que califiquen como marginales o relegados, más cuatro mujeres: Sara Gallardo, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik y Hebe Uhart.

No son esas presencias, sino ciertas ausencias (Lugones, Borges, Cortázar, Bioy o Piglia), las que dotan de sentido la heterodoxia del muestrario. Tampoco están Neruda en Chile; Casal, Martí, Guillén y Carpentier en Cuba; Darío en Nicaragua; Onetti en Uruguay; o Reyes, Rulfo, Paz y Fuentes en México. De los grandes modernistas hispanoamericanos, apenas se distingue al colombiano José Asunción Silva.

También se eluden los apellidos más sonoros de las vanguardias: Vallejo, Girondo, Vidales, Andrade, Huidobro… Y, desde luego, los del boom, aunque con alguna que otra excepción que confirma la regla. La única semblanza de un escritor paraguayo corresponde a Augusto Roa Bastos, figura emblemática de la vieja «nueva novela latinoamericana».

Algunas y algunos incluidos, como Lezama y Cabrera Infante, Di Benedetto, el uruguayo Felisberto Hernández, la mexicana Elena Garro o el peruano Julio Ramón Ribeyro han sido localizados por la crítica en regiones laterales del boom. Pero hay en esta antología un intento de rehuir las señalizaciones de la historia literaria académica: modernismo, vanguardia, novela de la Revolución, novela de la tierra, boom, post-boom…

Un intento que el ensayo de Ana Gallego refuta, toda vez que varias narradoras (Elena Garro, Rosario Castellanos, Estela Dos Santos, Elena Poniatowska, Clarice Lispector) son presentadas como «excluidas del boom», aunque con obras «a la altura estética y política de sus pares masculinos». Si esto es así, más urgente se vuelve saber cuáles de aquellas escritoras practicaban estéticas y políticas ajenas o contrarias al boom.

Esta historización alternativa de la literatura hispanomericana del siglo XX juega, en el apartado sobre México, con los lugares más fijos de esa misma historiografía. A Nellie Campobello se le lee como la «otra novelista» de la Revolución y a Elena Garro como la «otra cara» del boom. La otredad feminista que rige la antología opera, a veces, con las mismas pautas de la historiografía tradicional.

A diferencia de la sección mexicana, donde de cinco, cuatro son mujeres, la cubana está integrada por cuatro hombres: Lezama, Piñera, Cabrera Infante y García Vega. Las semblanzas, a cargo de Ronaldo Menéndez, Francisca Noguerol, Matilde Sánchez y León Félix Batista, son hábiles e invitadoras a la lectura.

Pero sigue estando ausente el perfil de esa otredad, la fisonomía de esa multitud de otros que suma a Silva, no a Darío o Casal; a Mistral, no a Borges o Vallejo; a Roa Bastos, no a Cortázar o Vargas Llosa; y a García Vega, no a Sarduy o Arenas. El atlas dibuja otras literaturas latinoamericanas que no aspiran a significar un ser distinto de la región o su realidad oculta, sumergida.

Tras citar parábolas de Borges, en «Del rigor de la ciencia», la responsable de la antología, Clara Obligado, presenta la indefinición como sello de la muestra: «este mapa carece de utilidad, pero expresa la idea de que un territorio es imposible de representar. La imagen, irónica y vertiginosa, ilumina gran parte de las paradojas que acompañan a quien intente elaborar un atlas».

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1 COMENTARIO

  1. No es por nada, y lo siento por el intento desmitificador y anticanónico de Clara Obligado, pero esta antología parece destinada a celebrar las ausencias (totalmente intencionadas) antes que la relevancia de los presentes.

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