Hace algunos años escribí un estudio sobre intelectuales de Nueva York que, en los años sesenta, se interesaron en la Revolución Cubana y pusieron a circular una poderosa imagen de ese proyecto político en la Nueva Izquierda anglófona. En aquel libro, titulado en inglés Fighting Over Fidel (2016), me detuve en los casos de Waldo Frank, C. Wright Mills, Carleton Beals, los poetas de la Beat Generation y algunos ideólogos del partido Black Panthers.

Concluí que a pesar de la simpatía que sintieron por el socialismo cubano, ninguno de ellos desarrolló una visión acrítica del sistema insular. Sostuve que aquella mirada no apologética era resultado de la inscripción de esos intelectuales en un espectro plural de la izquierda occidental de la Guerra Fría, que, por varias rutas, chocaba con los elementos más rígidos o dogmáticos del modelo soviético que gradualmente se implementaba en Cuba.

Alguien más que, por derecho propio, encaja en esa tipología es Cedric Belfrage, el socialista británico que, en los años setenta, se convertiría en traductor de algunos libros clásicos de la izquierda latinoamericana, como El Ingenio (1964) de Manuel Moreno Fraginals y Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo Galeano. Los dos libros, en contra de lo que podría sugerir la apropiación doctrinal del segundo por la izquierda hegemónica latinoamericana, fueron textos que en los años setenta desestabilizaban clichés de la ortodoxia prosoviética.

Belfrage se adentró en la producción intelectual de la izquierda latinoamericana desde los años sesenta, cuando se estableció con su esposa Molly Castle en Cuernavaca. Como otros expatriados de la izquierda europea, en esa ciudad al sur de la Ciudad de México, Belfrage viajó a Cuba y siguió de cerca la evolución del socialismo insular. Su percepción del experimento cubano traza un itinerario parecido al de Paul M. Sweezy y Leo Huberman, los legendarios editores de Monthly Review que, tras una evidente aproximación a las tesis guevaristas, tomaron distancia de la sovietización de la política económica cubana a principios de los setenta.

Hay colaboraciones de Belfrage en Monthly Review desde los años cincuenta, cuando llamaba al «entendimiento mutuo» entre comunistas, trotskistas y socialistas democráticos de Estados Unidos. Pero la colaboración más orgánica con aquella revista se verifica luego de que emprendiera la traducción del libro de Galeano, precisamente, para la editorial de Sweezy y Huberman. Después de un prololongado destierro, Belfrage pudo regresar a Estados Unidos en 1973, cuando al éxito de su versión de Galeano sumó la campaña de promoción de su libro The American Inquisition, un retrato exhaustivo del macartismo estadounidense entre 1945 y 1960.

El propio traductor había sido víctima del anticomunismo: en 1955 fue deportado a Gran Bretaña, tras negarse a declarar en las audiencias del Comité de Actividades Anticomunistas del Congreso de Estados Unidos. Aquella negativa acabó de perfilar la silueta de su militancia, pero lo cierto es que los compromisos políticos del escritor no eran unilaterales. En el Hollywood de los treinta formó parte de la Liga Antinazi y, tras un viaje a la URSS en 1936, se afilió brevemente al Partido Comunista. Más constante fue su trabajo editorial en publicaciones de una izquierda heterogénea como The Clipper en los treinta y The National Guardian en los cuarenta y cincuenta.

Investigaciones recientes han revelado que el activismo izquierdista de Belfrage en Estados Unidos, antes y durante la Guerra Fría, no fue ajeno a la colaboración con los servicios secretos británicos y soviéticos. En los años cuarenta, el socialista fue agente de la British Security Coordination (BSC), una entidad de inteligencia creada por el gobierno de Winston Churchill, y encabezada por William Stephenson, que estuvo muy activa en Nueva York y Los Angeles e intercambió información con J. Edgar Hoover y el FBI. Belfrage recibió el encargo de la BSC de infiltrarse en las redes de Jack Golos y otros agentes soviétivos en Estados Unidos. Fue así que comenzó a colaborar, también, con los servicios secretos del Kremlin, figurando su nombre en los Venona Files.

En los años setenta y ochenta, cuando desde Cuernavaca viajó con frecuencia a Cuba, Belfrage era, en la práctica, un exagente múltiple, jubilado de las extrañas intimidades de los aparatos de inteligencia de varios poderes rivales de la Guerra Fría. Su amistad con la cubana Teresa Proenza, la amiga comunista de Diego Rivera y Frida Kahlo, que sería acusada de agente de la CIA por el gobierno de Fidel Castro, permite imaginar aquel retiro tropical, tan profuso en secretos y memorias.

Belfrage supo aprovechar el cul de sac para una intervención eficaz en el diálogo entre la izquierda latinoamericana y el mundo anglosajón. Sus traducciones de Galeano y Moreno Fraginals faciltaron que el campo académico de Estados Unidos y Gran Bretaña fijara su atención en un flanco de la Nueva Izquierda ligado a la Teoría de la Dependencia y a interpretaciones del subdesarrollo latinoamericano y caribeño, reacias al marxismo-leninismo ortodoxo y al nacionalismo revolucionario menos flexible.

El propio Belfrage intentó plasmar esa perspectiva heterodoxa sobre América Latina en una novela histórica titulada My Master Columbus (1961), que apareció en español en la Colección Huracán de la editorial cubana Arte y Literatura en 1988. La novela está construida en torno a la biografía apócrifa de Yayael, un joven lucayo que Cristóbal Colón habría tomado como sirviente en Guanahaní, la primera isla que pisó de este lado del Atlántico. Las memorias de Yayael, como las del poeta esclavo Juan Francisco Manzano, en el siglo XIX, narran la colonización desde una perspectiva más cercana al diálogo de las culturas de Mijaíl Bajtin que a la iconoclastia colombófoba de hoy.

Sin dejar de ser un conquistador y un esclavista, el Colón de Belfrage es un marino, cosmógrafo y utopista del Renacimiento, con más de un punto de contacto con el Almirante que leemos en las primeras páginas de Las venas abiertas de Galeano, en los poco conocidos textos de Moreno sobre los viajes colombinos y la filosofía imperial del Siglo de Oro, en El arpa y la sombra (1978) de Alejo Carpentier, o antes, en los ensayos de La cantidad hechizada (1964) de José Lezama Lima. Un Colón que «aceptó el desafío de las leyendas», que «atravesó los grandes vacíos al Oeste de la Ecúmene» y que quedó «deslumbrado por la colorida transparencia, el paisaje verde, la dulzura y limpieza del aire, los pájaros espléndidos y la gente hermosa y mansa» que encontró en el Caribe.