¡Azúcar…! e inmortalidad de Celia Cruz

No hubo, quizá desde Benny Moré, una voz y un carisma tan grandes en la música cubana, y nadie antes o después fue más célebre o más impactante, más reverenciado en todo el mundo que Celia de la Caridad Cruz Alfonso (1925-2003), «la Guarachera de Cuba».

De Las Mulatas de Fuego y La Sonora Matancera al exilio en 1960, y, luego, a la Orquesta de Tito Puente. Y de ahí al estrellato absoluto —«¡Azúcar!»—, ayudando a definir, y a convertir en fenómeno de multitudes, las nuevas sonoridades de la música latina, protagonizando infinidad de espectáculos y producciones en solitario y en colaboración con los músicos más influyentes de su época.

A lo largo de casi 60 años, Celia Cruz forjó la carrera más fulgurante de la música popular cubana: unos 80 discos, más de un millar de canciones grabadas, cinco premios Grammy, una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, la Medalla Nacional de las Artes en Estados Unidos… Y hace algo más de un año incluso una moneda de quarter dollar con su efigie. 

Pero en la Cuba post-1959 nunca ha dejado de ser objeto de censura: silenciada su voz en los medios oficiales del totalitarismo, ocultado su éxito desbordante… Exiliadas varias generaciones de cubanos del país que era, en sí misma, Celia Cruz.

Y, bueno, el dedo artrítico del totalitarismo intentó otra vez ocultar el sol del Trópico. Vimos cómo la burocracia cultural mandó a parar —con un escueto mensaje que tal vez aspiraba a traspapelarse en las redes sociales— el homenaje a «la Reina de la Salsa»​ que el grupo teatral El Público iba a realizar el domingo pasado en la Fábrica de Arte Cubano (que luego develó una estrella en su honor).

«Llevan 60 años temiéndole a esa voz, temblando de miedo con solo pronunciar o escribir su nombre, aterrados de su extraordinario poder de convocatoria, sabiendo bien que su grito de “Azúcar!” y su alegría arrastran y convencen mucho más que la amargura y la negatividad kármica con que imponen órdenes, reparten manotazos y amenazan con lo único que tienen: la fuerza del poder fáctico. Llevan 60 años tratando de manchar —sin lograrlo— una de las trayectorias de vida más extraordinarias en el ámbito cultural en la defensa de una identidad, con un sentido de pertenencia a toda prueba», se indignaba la semana anterior Rosa Marquetti en Facebook. «Llevan 60 años agrediéndola, avasallándola, volcando sobre ella la misoginia y el racismo de plantación que ha caracterizado muchas de las decisiones y las políticas en el ámbito cultural, mientras ella se erguía en el mundo como la mayor representación de lo cubano, la más conocida mundialmente, la más querida, la más aplaudida, la más homenajeada».

Pero ni siquiera la censura parece tener ya sentido en la Cuba de 2025, más allá de «la continuidad» en el hábito de la estulticia y la impunidad. 

Desde luego, este 21 de octubre se escuchó a Celia Cruz en la isla y en la diáspora. Se cantó y se bailó con «La negra tiene tumbao», «Quimbara», «La vida es un carnaval», «Ríe y llora» o «Bemba colorá», y la gente gritó: «¡Azúcar…!».

Incluso hubo misa en La Habana por su centenario. Aquí, unas imágenes de lo que fue este martes un tributo mínimo en la Parroquia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

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