Movilizar a tanta gente en un país sin gasolina suficiente implica decisiones dolorosas. Déficit de ambulancias, agricultores sin diésel para sus tractores, familias sin transporte para ir a trabajar. El derroche «revolucionario» choca con la escasez cotidiana. La ironía es cruel.
La huida de Yunior García y el descalabro de Archipiélago debieron bastar para que la oposición cubana comprendiese, de una vez, que la política hay que hacerla en el terreno y se fundamenta en el trabajo con la gente.
La lucha por una Cuba sin dictadura no puede aislarse del paso que dicta el mundo contemporáneo. Tantas décadas de castrismo y de cubanocentrismo han fomentado cierta idea de la exclusividad. Tanto la redundancia triunfalista del régimen como el victimismo conveniente de parte de la oposición han creado la idea de que Cuba y su gente son el rojo en la diana.
El consenso sobre Cuba tiene una lógica simple: la crisis es política, el gobierno impide los cambios económicos necesarios, hay que cambiar el gobierno....
La realidad es que en el sistema político norteamericano es prácticamente imposible quitar al presidente de su cargo. No existen, como sí en otras democracias, los votos de (no) confianza, la sustitución parlamentaria o el referendo popular.
La joven influencer cubana y su madre fueron condenadas a dos años de limitación de libertad por grabar y publicar la visita de un agente del Ministerio del Interior a su vivienda en marzo pasado.