Esta semana, habrá cambio en la Jefatura del Estado, y alguien distinto a Raúl Castro será proclamado presidente. Nadie espera que cambie nada, y nada cambiará, no inmediatamente, porque Raúl, mientras viva y pueda mandar, será todavía quien mande.
Cuba necesitaría no solo un #MeToo, necesitaría una verdadera, arrasadora revolución de mujeres que comience por convencer a las propias mujeres de que no tienen que aguantar lo que ningún hombre aguantaría...
Hay desde antes muchos otros sitios de prensa bloqueados en la isla, como 14ymedio, Diario de Cuba, CiberCuba o Café Fuerte. Pero no podemos incorporar la censura. A pesar de que ese es ya el estado natural de las cosas, debemos seguir recordando que la censura es arbitraria y forzosa, la privación del derecho básico de hablar y existir.
Entre los nuevos símbolos de la Cuba poscastrista, cuyo eje rector lo compone una casta tecnócrata de militares reconvertidos en empresarios al mando de sucursales anónimas, destaca el Gran Hotel Manzana Kempinski.
Cuba tiene una feroz habilidad para deshacer cualquier amenaza a su grotesca normalidad, transforma todo aquello que podría ser historia en anécdota. Pasan cosas, pero al final, no pasa nada.
Arrastraba una profunda depresión, nos dice la prensa oficial, en un país donde los medios nunca dicen nada y donde tampoco está permitido sentir otra cosa que no sea un furioso optimismo por el porvenir.
La joven influencer cubana y su madre fueron condenadas a dos años de limitación de libertad por grabar y publicar la visita de un agente del Ministerio del Interior a su vivienda en marzo pasado.