Habitantes de las ruinas

El escritor Antonio José Ponte ha sostenido en alguna parte que las «ruinas habitadas» de La Habana —véanse estos «espacios vacíos» que fotografía el Chino Arcos— podrían ser el escenario indicado tras el ataque norteamericano tantas veces invocado por el discurso político cubano de los últimos sesenta años. Un evento apoteósico, traumático que, a fin de cuentas, nunca aconteció.

«Para legitimar arquitectónicamente ese discurso político», dice Ponte, «la ciudad tiene el aspecto de haber sido ya bombardeada, de haber sido invadida. Entonces, en ese sentido, me parece que puede hablarse de un arte nuevo de hacer ruinas (…) nosotros somos las ruinas falsas de esa invasión, de esa guerra que no fue».

Hace poco tres niñas se convirtieron en víctimas reales de esa guerra inexistente.

En el anverso irrefutable y cotidiano del juicio o del delirio político isleño, mientras vuelve a circular otra profusa tirada de Granma, pueden morir, como hemos visto, tres niñas bajo un balcón que se derrumba.

La periodista Mónica Baró ha escrito en nuestra revista: «Hacer justicia pasa por determinar responsables. Mientras tragedias de este tipo se consideren accidentes, historias similares van a repetirse una y otra vez, hasta que no quede en la ciudad un edificio en mal estado en pie. No son más cintas amarillas lo que necesita La Habana. Si en La Habana se pretendiera colocar cintas amarillas en cada sitio donde existe peligro de derrumbe, necesitaríamos miles de kilómetros de cintas amarillas y las familias vivirían sorteando cintas amarillas en el baño o la cocina, pues hay quienes comen, duermen y ven televisión en viviendas que están en peligro de derrumbe».

Cosas semejantes, o peores, han ocurrido y habrán de ocurrir en la isla y en cualquier otro punto del planeta, se ha recordado por ahí. Y nadie va a negar eso.

La tragedia, sin embargo, atañe quizá demasiado cercanamente al habitante de las ruinas como para que pueda ejercitar de inmediato el distanciamiento analítico y la ecuanimidad politológica.

Y entonces valdría preguntarse: ¿qué somos, a estas alturas del juego, todos nosotros?; ¿qué paisaje, a fin de cuentas, habitamos todos los cubanos?

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1 COMENTARIO

  1. Lo primero que me viene a la mente son los fastuosos 500 aniversario. Que estúpido celebrar que el capitolio tiene láminas de oro. Como diría Silvio cuando era revolucionario: «La ciudad se derrumba y yo cantando»

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