El 22 de julio no será «el último día que venga aquí», pero ella aún no lo sabe. En el momento justo, enviará un mensaje avisando que ya encontró a su hermana y a su sobrino, que ya le entregaron sus cenizas y empezará los novenarios. Hoy permanece sentada, bajo alguna sombra contrahecha, esperando y esperando y esperando, y diciendo que «las lágrimas aflorarán después», cuando alguien pregunte: «¿Te acuerdas?».
Pero lo cierto es que ha llorado tanto, que los ojos se le vuelven rojos al mínimo contacto con las lágrimas y la risa no logra quitarle del rostro el sentimiento de estas semanas, así que convive con él como si le conociera de siempre, y está ahí, tenue e indiscreta, cuando ella le da a uno la «bienvenida en este mal momento».
Kelly Oropeza es de una zona de La Guaira en la que «no pasó absolutamente nada, gracias a Dios». A pesar de su «bendición», el 24 de junio tuvo que pararse aquí —frente al OPP-25, uno de los 190 edificios colapsados— «y ver toda esta destrucción a las 6:30 de la tarde».
La cadena que cuelga de su cuello con la palabra Fe la compró porque Fe tiene de sobra. Por eso no le reclama a Dios, sino que le pregunta: «Dios mío, ¿por qué no dejaste esos edificios así? ¿Por qué no los dejaste así? ¿Por qué este se tuvo que venir abajo? ¿Qué pasó ahí, Dios mío, qué pasó?».

La respuesta certera aún no existe. Hay quienes defienden que los colapsos tuvieron que ver con que los suelos son «blandos», con que las estructuras que aseguraban los edificios a la tierra no eran lo suficientemente profundas para llegar a las capas fuertes; otros hablan del gobierno de Chávez, de robos al momento de la edificación, de uso de materiales inadecuados y malas prácticas o, simplemente, de que algunos de los edificios fueron construidos «antes de que se adoptaran las normas antisísmicas modernas».
Puede que todas las hipótesis sean ciertas. Aquí en Tanaguarena, de dos edificios similares, ubicados a muy pocos metros de distancia entre sí, sobre el mismo terreno y bajo las mismas condiciones, solo colapsó uno solo —OPP-25— y el otro, aunque con varias afectaciones, sigue en pie.
—Y no sabemos si esto fue una reflexión, un alto para nuestras vidas, no sabemos si es provocado… Todos estamos aquí exentos de una realidad. Nosotros nada más vivimos el día a día y no andamos hurgando ni investigando. No somos científicos, pues. Pero lo que haya sido, que nos haga pensar más en nuestras vidas. A veces nos despedimos y no sabíamos que nos estábamos despidiendo —dice Kelly, mientras llenan de escombros el camión de enfrente.
Nuestra respiración se carga de la materia que han ido desprendiendo los cuerpos en descomposición. Ya va a cumplirse un mes y, aunque la cifra de personas rescatadas se mantiene en 6 mil 462, la de personas fallecidas continúa en aumento. Hoy es de 5 mil 398, pero para el 3 de agosto —último parte— será de 6 mil 125.

Según un estudio realizado por la consultora ANOVA, especializada en políticas públicas, 4 mil 958 de 38 mil 798 estructuras habitacionales en siete de los once distritos de La Guaira «presentan algún nivel de daño». Y de esas, 2 mil 654 quedaron «gravemente comprometidas o destruidas».
«Sin mezclar el tinte político, porque aquí en Venezuela uno no puede hablar de política», Kelly dice que el pueblo necesita de organizaciones internacionales que quieran venir a aportar en la reconstrucción, «que nos ayuden a reconstruirnos de una manera más segura, de una manera en que sepamos que llueva, truene o relampaguee, vamos a permanecer en nuestros hogares. Estamos dispuestos a pagarlos, porque son para nosotros».
A una semana de estas palabras —29 de julio—, el presidente la Asamblea Nacional de Venezuela, Jorge Rodríguez, mediante su perfil oficial en Telegram, anunció que «las familias que perdieron sus hogares ya cuentan con el respaldo de la banca nacional para adquirir viviendas en el mercado secundario. El fondo Venezuela Renace subsidiará el 80 % del valor de los inmuebles de hasta 70 mil dólares y las familias accederán a un crédito por el 20 % restante, con un plazo de 25 años; y para las viviendas valoradas entre 70 mil y 100 mil dólares, el fondo subsidiará el 50 %, mientras que el otro 50% será cubierto mediante un crédito con el mismo plazo».
***
Son poco más de las diez de la mañana. A medida que se avanza por la carretera que va de Caracas a La Guaira, el aire cambia su calibre. Empiezan a verse edificios agrietados o hechos escombro, cintas amarillas, carros vueltos chatarra, carteles de «Ayuda», «Peligro», «No pase», o aquel pintado en el cristal de una guagua bajo la certeza de que «Si la fe mueve montañas, moverá escombros».
En la urbanización Los Corales, a las afueras de lo que fue el edificio Ritasol Palace, hay casas de campaña, sillas, una carpa azul que sirve lo mismo de techo que de tendedero, cajas, colchones, un plato con comida para perros, picos, palas, gente.

La palabra «Vive» se repite en el muro al menos siete veces. Junto a ella estuvieron escritos algunos nombres de los residentes, pero con el paso de los días y sin señales de vida, decidieron tacharlos con pintura blanca. Solo quedaron dos al final del muro, a unos cuatro metros del lugar en el que permanece sentada Carla Pirela, junto a otras dos mujeres. Una de ellas tose de vez en cuando como consecuencia de una gripe, pues entre el polvo y la lluvia: «imagínate».
Carla difícilmente tenga más de treinta años y, aunque a veces intenta sonreír, pareciera que sus sonrisas no llegan a término. Está aquí desde el 24 de junio, a la espera de que encuentren el cadáver de su madre. Para ella «los primeros tres días era como si todo fuera el mismo día», pero ahora, aunque sostenga estar bien, carga con la consecutividad de veintiocho que tampoco han sido tan distintos.

A sus espaldas trabaja la maquinaria que estuvo pidiendo por más de una semana. Para este momento solo pide que vengan algunos voluntarios para ayudarla con los escombros y, si acaso, algo de hidratación, que es «lo que más rápido se acaba». De su madre no dice nada.
Un tramo más adelante, en playa Coral, se ve a varias personas apilando en un solo lugar los adoquines del suelo. Dicen que «con el terremoto, en el mar se formó una ola que los levantó», así que hay que reacomodarlos.
Carlos y Petit trabajan en esta playa desde hace 25 y nueve años, respectivamente. Con los comercios parados, tienen que venir a quedarse cada dos o tres días, para cuidar las cosas. Antes, si no vendían, no llevaban «pa´ la casa». Ahora, con la seguridad de que no podrán abrir los quioscos en un buen tiempo, se preguntan: «cómo vamos a comer».
***
Conversaciones que van de interrogatorios médicos a helados regalados. El distante ronquido de los carros. Uno de los funcionarios pidiendo que no los graven a ellos. Silencio nunca. Ruido. Música.
—Señorita, disculpe, no quiero molestar, pero ¿me puede hacer una foto con la orquesta y mandársela a mi hija, que está en Caracas? —le dice a Ari. Entonces se coloca detrás de los músicos, alza el pulgar, sonríe, agradece, recita de memoria el número de teléfono. Cuenta que su esposa murió con los ojos abiertos, que ya encontraron su cuerpo y lo cremaron.

Luego me mira. Me saluda como si me conociera, porque está seguro de que me conoce. Me hace bajarme el tapabocas para observarme mejor, me abraza, me pregunta cómo estoy, con quién vine, si recuerdo a «la flaca del piso de arriba».
No me atrevo a decirle que no lo conozco, que es la primera vez que vengo a este país, a este campo de golf que ya no es campo de golf, sino campamento transitorio.
Entonces se despide y uno se queda, a este lado del campamento, viendo no sé cuántas tiendas de campaña, globos con frases por el día de los niños, ropas tendidas en cordeles improvisados, humo, fango, baños públicos, y carpas con líneas en inglés más que en cualquier otro idioma: Samaritan´s Purse, World Central Kitchen Danish Refugee Council (Consejo Danés para los Refugiados).
Estamos en Caraballeda, en uno de los 28 campamentos transitorios de La Guaira, uno del total de 107 distribuidos en este estado, Caracas (41), Miranda (28) y Aragua (10), en los que conviven para esta fecha más de 23 mil personas.

Hay entre esa cifra quien lo perdió todo y, aunque poco se piense en trámites y documentos, con el paso del tiempo habrá que preocuparse de ciertas cosas legales: de la cédula que asegura que te llamas como te llamas, del certificado de nacimiento, de las escrituras de tu casa o la que has de heredar.
En el Consejo Danés para los Refugiados, además de brindar apoyo psicosocial, se han dedicado también a atender cuestiones de ese tipo. Y, días después, el gobierno venezolano solicitará al Tribunal Supremo de Justicia una «jurisdicción especial» para atender los «asuntos civiles» vinculados con la propiedad, la identidad, y los asuntos sucesorales, dejando claro que «quienes perdieron sus apartamentos conservan sus derechos sobre el terreno y tendrán el apoyo del Estado para la reconstrucción».
Casi es mediodía. Antes de salir, se nos acerca el señor del principio.
—Mi esposa anterior murió en un accidente. Una moto la chocó. Fue hace como tres años. Y yo hacía tres meses me había vuelto a casar y pierdo a esta mujer también. Creo que ya no me caso más… ¿Ya se van?
De regreso al carro, entra un mensaje al teléfono de Ari: «Hola. Muchas gracias. Dile que, si va a venir hoy, que me avise».
Guillermo. Se llamaba Guillermo Fuentes. Sabremos su nombre una semana después, porque en el sitio web Alberto News se publicará un artículo sobre él.
***
Hemos llegado al OPP-25. Una grúa está parada y una retroexcavadora andando. Y como siempre, hay gente que se cruza de manos, mientras otra trabaja con lo que sea y una adolescente con guantes trata de encontrar a su familia.
El polvo habita hasta lo inhabitable. Y las moscas aterrizan donde se les viene en gana: en el termo del señor que vende café, en el agua de las tuberías que están intentando destupir, en el tumulto de cosas que irá a parar a un vertedero, en el altar que han hecho al pie de un árbol por los niños que murieron, con juguetes de toda índole y álbumes de graduación y fotos de bebés recién nacidos y flores y velas y… Las moscas, decía, que aterrizan en dondequiera y molestan al funcionario de Protección Civil que se niega a dar una entrevista o a Esteban Chalá, el voluntario argentino que acepta, sin tener que esperar el permiso de «los de arriba».

Esteban pertenece a la ONG argentina CEPA —Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios. Llegó a Venezuela como parte de un equipo de 64 integrantes, pero para el momento de nuestra conversación solo quedaban 29, todos del componente de búsqueda y rescate «para lo relacionado con cadáveres».
Dentro de lo que llaman «el sitio de trabajo», llegaron a tener hasta «ocho puntos de extracción trabajando a la misma vez». Los rescates fueron durante «los primeros días nada más y después ya no se consiguió a nadie con vida, porque este es un colapso en forma de panqueque, cae losa sobre losa y luego se arrastran. Casi no quedan espacios vitales».
Ellos vieron a un hombre «solo, con un esmeril, tratando de llegar a su nieta, su hija y su yerno» y supieron ponerse a ayudarlo. Le prometieron encontrar a sus familiares y, tiempo después, tuvieron que regresar a Argentina para un descanso que no querían. Irse significaba dejar «promesas incumplidas» y si hay algo que no les gusta es eso. Así que, a los cinco días, los que pudieron, volvieron a Venezuela. Y ayer —21 de julio— lograron cumplir la promesa hecha a aquel señor.

Dice Esteban que, «si vos hablas con la gente acá, todo el mundo perdió a alguien. Y quienes quedaron, aparte de perder a alguien, perdieron lo que tenían. No tienen más ni casa ni apartamento ni adónde ir. Entonces, hoy la gente necesita tratar de recuperar algo de su vida, una rutina, un lugar donde vivir, donde restablecerse y tratar de volver a una vida un poco más habitual».
***
El 27 de julio, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, entregó a las familias damnificadas las primeras doscientas casas, en las torres J-01 y J-02 del complejo habitacional Ciudad Tiuna, ubicado en el sector Simón Bolívar de la capital. Y el 3 de agosto se entregaron 87 casas más.
Los datos oficiales aseguran que 856 edificios fueron afectados por el doble terremoto. De las 43 mil 679 viviendas evaluadas hasta el lunes 3 de agosto, 9 mil 866 se consideraron «restringidas» y 6 mil 433 de «alto riesgo», por lo que debían ir a una segunda fase de evaluación.

En una entrevista realizada por la agencia EFE, el economista venezolano Asdrúbal Oliveros estimó que la reconstrucción del país requiere de 12 a 15 millardos de dólares, más del 10 % del producto interno bruto, valorado en unos 110 millardos.
Con una deuda acumulada de 240 millardos de dólares —según informó el periódico económico Financial Times—, el gobierno ha accedido en el Fondo Monetario Internacional a 346 millones de dólares, que la presidenta encargada prometió destinar a la reconstrucción. También pidió «el desbloqueo de activos venezolanos en el exterior», pero eso ya es otra historia.
***
Kelly no solo perdió a su familia. Es maestra de inglés en una escuela de Enseñanza Secundaria y todavía no sabe cómo van a «enfrentar otra vez las clases».
—Porque ellos son muy curiositos, pues. Ellos te van a decir: «Ay, profe, te acuerdas de fulano, ay, profe». Ellos no van a evitar hablar eso con nosotros. Ellos no lo van a poder sostener, inmediatamente nos van a sacar tema de conversación sobre lo que ha ocurrido. Y nosotros qué vamos a hacer. Dime. «No, no vamos a hablar de eso. Cállate». No. Hay que drenarlo.

Toma un segundo café y se le escucha decir que empezar de cero va a ser bien difícil porque «vamos a ver tantos espacios vacíos y esos espacios vacíos van a estar en la conciencia»; que confía en que Dios les dará la fortaleza para levantarse; que «no hay dormir, pero hay un despertar».
Al rato se hace un silencio, como si hubiera «pasado un ángel», y Kelly suelta: «Bueno, mi amor, no te he escuchado, háblame ahí un poquito». Entonces uno le pregunta por los estudiantes que ya no verá más. Ella traga y responde:
—¡Ay!, no me toques esa tecla. ¿Tú sabes lo más doloroso? Que cuando yo me reincorpore y yo tenga que pasá esa lista…
