El juego de pelota o la historia como hipérbole

¡Qué sorpresa cuando nos relatan que la Durandarte, la batallada espada de Roldán, Conde de Bretaña, apenas podía ser movida por tres hombres, y que el bastón de Hernán Cortés costaba tal esfuerzo el movilizarlo que sería más bien un ancla que una compañía de marcha! El hombre bajo especie de actualidad, que se zarandea y presume de su up to date, piensa que todas esas señales están confundidas por los chisporroteos de lo legendario, y se ríe y deja hacer, convirtiendo en su tranquilo ideal que ninguna mosca descanse en el espejo de su cuarto de baño. Sin embargo, cuántas sorpresas de aquí a cuatro o cinco siglos, cuando ese hombre actual tenga que ser reconstruido con la ayuda de la lupa, el testimonio histórico, la paleografía y el pacífico y renuente archivero. Entonces, empezaría su segunda vida tan real como la que hoy se desliza como un dormido río de pastoral italiana.

Finjamos con la ayuda de la lámpara famosa y el mago de Santiago, que han pasado cuatro siglos, y que los que entonces sean los caballeros del relato y del cronicón se vean obligados a reconstruir un juego de pelota. Supongamos un informe de los Mommsen de entonces remitido a la Academia de Ciencias Históricas de Berlín, sobre la suerte de la esfera voladora: «Hay nueve hombres en acecho de la bola de cristal irrompible que vuela por un cuadrado verderol. Esa pequeña esfera representa la unión del mundo griego con el cristiano, la esfera aristotélica y la esfera que se ve en muchos cuadros de pintores bizantinos en las manos del Niño Divino. Los nueve hombres en acecho, después de saborear una droga de Coculcán, unirán sus destinos a la caída y ruptura de la esfera simbólica. Un hombre provisto de un gran bastón intenta golpear la esfera, pero con la enemiga de los nueve caballeros, vigilantes de la suerte y navegación de la bolilla. Jueces severísimos se reúnen, dictaminan, y se ve después silencioso, a uno de aquellos caballeros defensores, abandonar el jardín de los combates. La esfera de cristal en mano de uno de aquellos guerreros, tiene fuerza suma para si se toca con ella el ajeno cuerpo, cincuenta mil hombres de asistencia prorrumpen en gruñidos de alegría o rechazo. Si la esfera de cristal se pierde más allá de los jardines, el caballero de gris con grandes listones verdes, a pasos lentos sigue su marcha, como si tuviese la recompensa de un camino suyo e infinito».

Eso fue algo de lo que pude descifrar al deslizarme por el cronicón, y otras cosas de igual maravilla vi, pero abrevio y hago punto.

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2 COMENTARIOS

  1. Felicitaciones por reproducir esta crónica de «La Habana», sección en el Diario de la Marina, que le proporcionó a Lezama su amigo Gastón Baquero. Originalmente aparecieron sin título, se los añadí para la edición de Verbum, con el fin de facilitar las identificaciones. Sería una buena idea que las continúen publicando. Saludos.

  2. ¿Podrían poner al final la fecha en que apareció? Esta fue la entrega 11, apareció el 9 de octubre de 1949. La última apareció el 25 de marzo de 1950.
    La historia de estas crónicas la cuenta muy bien Gastón Baquero…

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