Pa’bajo

Soy alcoholifán: al ron, al whisky, al planchao y al mezcal… Tal vez por eso soy «alcohol» en baloncesto. No sé jugar. Lo intento y me sale bastante mal, pero no por eso he sido nunca indiferente a la belleza espectacular del juego.

Crecí en un barrio muy deportivo en que el básquet era de los deportes predilectos. No hace falta mucho para jugarlo: una pelota, la maña y un aro metálico de un tonel de madera clavado en el poste de electricidad de la esquina, suelen ser suficientes. En Santos Suárez había aros de esos por todos lados. Según la temporada, se jugaba «a la mano», al «cuatro esquinas», al fútbol, pero el básquet se mantenía todo el tiempo. No era más pop que la pelota, pero era un hobbie especial.

Siempre me gustó lo en serio que se tomaban el juego los consortes de barrio. Muchos se ponían sus rodilleras, sus camisetas de los Bulls de Chicago o de los Lakers de L. A. encima de un pulóver blanco, y ponían caritas de Michael Jordan al driblar. El simple hecho de ir a jugar provocaba en ellos esa atrofia cubanísima de la glándula secretora de autoestima.

No se me olvidan esas caras de júbilo entre discusiones acaloradas: chucho, sudor, peste a grajo y risotada. Era como si viajaran al Yuma por un rato. Jugar básquet para ellos era coger un aire como pocos de los aires disponibles.

Foto: Julio Llópiz

Pero la locura absoluta era en el San Carlos, un complejillo deportivo barriotero en que había un gimnasio lúgubre, muros y barandas en los que crecí correteando y brincoteando (en esas artes me caí y terminaron suturándome en el hospital mil veces). Y, por supuesto, había una cancha de básquet. La cancha tenía dos aros de los de verdad; se podía jugar el doble. La liga era de «primera división», pero los comisionados nacionales ni sabían ni les importaba. Iban los mejores jugadores del barrio. Alguna vez ponían música, rap, por supuesto, como en las películas. Jamás las autoridades permitieron hacer un grafiti. De cualquier modo, era una experiencia auténtica y hermosa: jugadores, público, entusiasmo en medio del Período Especial.

El baloncesto estaba también para mí en el universo de los videojuegos.

Foto: Julio Llópiz

Recuerdo especialmente que mi amigo Ahmed tenía, en Nintendo, uno que se llamaba Jordan vs Bird: One On One. Acabo de ver en Wikipedia que el juego fue muy impopular tras su salida en 1988, pero yo lo recuerdo con tremendo cariño en 1994. Me agotaba la idea de jugar básquet de verdad, pero me encantaba mover mis dedos sobre el joystick, como hoy en el teclado del teléfono. Ese juego me estimulaba, y mucho. También estuvo luego NBA Jam en Super Nintendo, y muchos otros simulacros hiperreales que nos hacían olvidar, por un rato, el hambre, la violencia cotidiana y la lejanía del mundo real.

El baloncesto es un deporte oficial y callejero. En él se pueden proyectar deseos comunicativos más allá del puro ejercicio físico, y desde él se proyecta una cultura de popularidad garantizada. Es típico ver, de vez en cuando, a jóvenes y puretes ataviados como basquetbolistas.

Foto: Julio Llópiz

La moda siempre ha tenido una parcela para esos modos: tallas XL respecto al biotipo original y estilo sport prioritario a la hora de elegir textiles y diseños perfilan la identidad de muchas personas de ambos sexos. Los tenis Air Jordan han alcanzado hoy una preferencia considerable entre los consumidores: ahí están la colaboración de J Balvin con los colores del arcoíris y la de Travis Scott con el bastón de Nike invertido para demostrarlo.

Es triste ver los aros de básquet inactivos en La Habana. Hace tiempo que no se juega, entre otras cosas por la pandemia. Hace tiempo que no se hacen los Pa’bajo: eventos de baloncesto y Hip Hop en el área deportiva de 23 y B, en El Vedado. Miro los aros en la ciudad y parecen monumentos destartalado a la No-Vida. Ver driblar a Carlos Manuel Álvarez parece una imagen pre-apocalíptica. Espero que sea algo provisional.

Espero…

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Julio Llópiz-Casal
Julio Llópiz-Casal
Se rumora que vive orgulloso de haber nacido en la misma ciudad que José Lezama Lima y Elvis Manuel. Escribe por vocación testimonial, hace diseño gráfico por necesidad poética y las artes visuales le salvaron de no convertirse en un intelectual orgánico más de su generación. Según algunos amigos, su mayor talento es el de encontrar la relación que existe entre la noche habanera de los 50, Marcel Duchamp, el Trap Music, Alice in Chain y todo lo demás.

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2 COMENTARIOS

  1. A Luis Manuel lo estan matando en vida! Parece un guinapo humano. Sueno con una inmensa marcha asaltando al Calixto GarciA, rescatandolo. «Los suenos, suenos son»…

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