Cara de banco

Entre las distintas acepciones de la palabra «banco», la que más parece interesar a la mayoría es esa que la Real Academia de la Lengua Española describe como «empresa dedicada a realizar operaciones financieras con el dinero procedente de sus accionistas y de los depósitos de sus clientes». Sean las personas accionistas, depositarios, aspirantes a, o soñadores con, es este, y no otro, el tipo de «banco» que quita el sueño a buena parte de los simples mortales. Se intuye —se sabe, de hecho— que del buen o mal funcionamiento de un «banco» depende la salud mental, el humor y la toma de decisiones de más de un tercio de la población mundial.

Un «banco» puede ser, además, desde un madero «grueso escuadrado que se coloca horizontalmente sobre cuatro pies y sirve de mesa para labores de carpinteros y otros artesanos», hasta el «conjunto de peces que van juntos en gran número» o el «bajo que se prolonga en una gran extensión» de «mares, ríos y lagos navegables».

Ningún «banco» me ha quitado más el sueño en esta Habana que el «asiento, con respaldo o sin él, en que pueden sentarse dos o más personas». Yo nací cerca de un parque. El banco es uno de mis objetos preferidos. Sé, y he sabido muy bien, lo que los bancos son. De niño, mis amigos y yo nos sentábamos sobre el posabrazos de acero con los pies sobre los listones de madera. Algunos quebraban los listones a patadas como karatecas. Alguna vez reí por eso. Nunca hice nada al respecto, aunque lo veía mal. Así es la infancia.

De adolescente los bancos de concreto, típicos en los parques proyectados en la ciudad durante los años cincuenta, se volvieron especiales para mí. Yo no tenía cuarto propio en casa y esos bancos eran los muebles sobre los que solía tener relaciones sexuales. Me hice experto en convencer a mis «amiguitas complacientes», mientras estábamos en acción, de que no hicieran caso a los pajuzos, que los dejaran ser felices.

Eventualmente aquellos días eróticos, públicos e impúdicos según algunos, quedaron atrás. Gracias a mi curiosidad por la arquitectura, y al descubrimiento del trabajo del Gabinete Ordo Amoris y de Ernesto Oroza, empecé a mirar los bancos más como ideas conceptuales puestas en práctica que como muebles urbanos.

Un banco debe ser cómodo, resistente y atractivo visualmente, pero la precariedad y la idea de lo provisional en la Cuba en revolución obligan a saltarse alguna de estas características, cuando no todas. Pululan los bancos que no son ni cómodos, ni resistentes, ni atractivos.

Los transeúntes prescinden de lo práctico y lo confortable, pero necesitan sentarse. Un anciano que lleva horas zapateando el barrio en busca de un poco de comida o de cualquier otra cosa necesita tomar un descanso cuando le falta la energía. No va a tener tiempo ni ganas de regodearse en la estética o la funcionalidad del banco.

Del mismo modo, los vecinos de una cuadra determinada necesitan sentarse en algún lugar a tomar alcohol y un poco de aire veraniego cuando se acerca la noche. Lo hacen en el contén, si no hay dónde más.

La inventiva y generosidad de algún albañil ha garantizado que alguna torta de cemento haga un poco más cómoda la raíz de un arbol para plantar las nalgas.

Los remiendos y más remiendos de una estructura de silla muy básica permiten que el señor que se queda despierto toda la madrugada como parqueador de automóviles tenga donde sentarse en sus jornadas laborales.

Mientras, los encargados de obras públicas poco o nada hacen por los bancos y demás mobiliario urbano. La destrucción se vuelve cotidiana. Pero nada impide que la gente encuentre donde sentarse. Sentarse se convierte en un acto de resistencia. Es parte de una identidad, de una cara, una cara de banco útil para reaccionar ante la otra cara de banco del poder.

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Julio Llópiz-Casal
Julio Llópiz-Casal
Se rumora que vive orgulloso de haber nacido en la misma ciudad que José Lezama Lima y Elvis Manuel. Escribe por vocación testimonial, hace diseño gráfico por necesidad poética y las artes visuales le salvaron de no convertirse en un intelectual orgánico más de su generación. Según algunos amigos, su mayor talento es el de encontrar la relación que existe entre la noche habanera de los 50, Marcel Duchamp, el Trap Music, Alice in Chain y todo lo demás.

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