Vincent, el cuervo en el campo amarillo 

…llegará un día, sin embargo, en el que se verá que esto vale más que el precio que nos cuesta el color y mi vida, en verdad muy pobre.

Vincent van Gogh, ‘Cartas a Theo

La primera vez que vi la foto de un cuadro tuyo sentí como si me hubieran golpeado. Físicamente y de frente. No era ni siquiera un retrato, solo un estudio de una silla trazada con pincel hiriente, atroz.

Pero la veracidad es un derecho que nos concedemos si acaso en la intimidad, como cuando se suelta una carga biológica. ¿Cómo confiar en alguien sin siquiera esa dosis de vanidad elemental? Alguien que no teme mostrar la bella fealdad, el precio de ser desesperadamente humano. Y así es tu rostro en cada autorretrato: «cántaro quebrado», con olor a sudor, a la aspereza de los campos de Arlés, el «mistral despiadado», el hambre, los mosquitos.

Ni siquiera el cristianismo en el que te alistas como soldado del Bien puede resistirte. No es tu «sed de las consolaciones del Evangelio» mesurada, idónea, es el ideal franciscano de simplicidad, consanguinidad con el pobre, un gesto que interpretan como fanatismo. 

Pero la búsqueda que se inicia ya en aleteos frenéticos, no se detendrá jamás. Llevas el estigma de la pregunta. 

Tú dices: «Qué bello es el arte, si uno tan solo puede retener lo que ha visto, nunca estará sin alimento para el pensamiento o verdaderamente solo, nunca solo». 

El gran problema es ese, retenerlo. Te vuelves entonces depredador de la forma, la luz, el aura. Y los colores son la emanación de eso que huye: el cuervo, la estrella, un girasol contrayéndose entre la plenitud y la agonía. 

Con razón te llaman el pintor de lo invisible. Una cacería más despiadada que la de los impresionistas, en su persecución de la luz.

El misionero que no halló comprensión entre los hombres, la encuentra en los planos de campos sucesivos hasta el vértigo, nubes desgarradas, seres anónimos en su burda realidad, sauces, cipreses, objetos humanizados en su simplicidad o su desolación.

Desentrañar la infinita cosmogonía de los colores, su fusión de segundos en un laberinto de espasmos. Desconfiar del «espejismo realista», hurgar siempre hacia adentro, desnudar en el rojo y el verde, el azufre, la mezquindad, la locura o el miedo. Huir con el cobalto, perderte, volverte estrella, átomo… olvidar cómo se vuelve.

Mostrar en carne viva el corazón de «un excéntrico», «una nulidad» que vaga con su caballete a cuestas, que se aflige por la infidelidad del azul-gris en el lienzo, que no llega a ser el del cielo. Escrutar a ras del agua misma la marea ascendente, traer pedazos de barro en la ropa para escudriñarlo, parir un objeto, un rostro, un árbol azotado, y sentir, no obstante, que «no hay nada más artístico que amar a la gente».

Luchar con esa «naturaleza dual, de pintor y de monje»; sufrir el peso del sacrificio de Theo, tu puente con el mundo y tu compromiso moral, fomentando tu ambición contra la indiferencia, el ensañamiento de conocidos y extraños, el hastío, la fatiga, el exilio. Y descubrir, decepcionado «que a no ser por los gastos se hubiera podido hacer la vida, en lugar de hacer el arte».

Te asombras de la frialdad y el desacuerdo entre los artistas, «el pintor debe hacer abstracción de todas las ambiciones sociales, ¿por qué los pintores no se tienden la mano para trabajar juntos, como soldados en una misma fila…?». Sueñas con transformar el hospicio en un atelier comunitario para pintores. Algo del desprecio cristiano al cuerpo, a la propiedad, transformado el color en objeto de devoción. 

Porque el simbolismo es un azar congénito, te atrapa el amarillo. Campos, naturalezas muertas, rostros de superlativa humanidad y cegadores girasoles. Un color que, en el misticismo, representa la sabiduría. Gira y gira la pregunta: «¿es esto todo o hay todavía algo más?». La materia pictórica debería responder, pero rehúye. Juega en tus dedos a ser hacedor, Dios del microcosmos, concibiendo síntesis aleatorias, algo de tu voluntad salpica una mancha, una línea, una milésima de segundo. Y otra vez el asombro, y la duda, y el éxtasis y el infierno. 

Es todo lo que tienes, tu «contraveneno». En la convulsión, «herido hasta la médula», la depresión, el surmenage, la esquizofrenia. «Marchar sin extraviarte en la soledad y la nada… Y continuar, continuar». Es tu «razón de pintar», tu «derecho a pintar». Hacer audible el grito del color y descubrir no obstante que: «es más lo que me falta, infinitamente, que lo que tengo».

Agobiado por la culpa, tejes otra utopía, trabajar con Gauguin, desarrollar una nueva escuela colorista. Te acosa el ayuno, la anemia. Desconfías de tus nervios: «…en fin aún entonces no creo que mi locura sea la de la persecución, ya que mis sentimientos en estado de exaltación desembocan más bien en las preocupaciones de la vida eterna».

La llegada de Gauguin es una explosión a flor de piel. Discusiones eléctricas en refugio obligado contra la lluvia aceleran el fin. Lo agredes intentando herirlo, regresas atormentado, te mutilas la oreja. Desde el hospital, te amilana solo la idea del insomnio, la desazón de Theo, no quieres que descubra tu Arlés en esos días sombríos. No te preocupa tu cuerpo.

Afuera: la incomprensión, el rechazo. Los ciudadanos de Arlés te consideran peligroso, solicitan tu reclusión (una cárcel alrededor de la cárcel). Intentas huir de la vida. ¿Será posible encontrar un atajo? Tratas de intoxicarte comiendo tus propias pinturas. Y aspiras a ser un «loco tranquilo, recuperar el aire, tu trabajo». Entiendes que sufrir el manicomio o la prisión está por encima de la enfermedad o la salud 

Y vuelve el vértigo, la horizontal se convierte en vertical, el horizonte en abismo: el pájaro de la angustia despedaza sus alas en un desierto amarillo. Estás «atado a la tierra por lazos mucho más que terrestres».

Un diablo falaz, transfigurado en girasol ha empezado a tentarte: «La tristesse durera toujours» («La tristeza durará por siempre»). ¡Está tan lejos la orilla!

Y la energía asignada a este cuerpo, como cualquier máquina que consume desenfrenadamente, no alcanza a cubrir la enorme distancia. El pájaro amarillo se calcina en la luz. ¿Te arrojas tú mismo, o fue un accidente? Te hundes en el color, desapareces. Y por qué no si la muerte es solo «locomoción celeste para ir a una estrella»

Ya ves, Vincent, el sobrehumano intento de apresar lo efímero nos atrapa, nos integra al cuadro que tanto perseguimos.

Mientras tú estás en Ámsterdam, en mayo de 1878, mares de por medio, nace Isadora Duncan, y cinco años después que te vas, persigue lo mismo, con su tesis danza-plegaria que busca transmutar el cuerpo en luz, legitimando la autonomía del movimiento puro.

Hoy, los físicos usan colisiones atómicas para aplastar átomos y escrutar qué hay tras su movimiento. La permanencia tras la impermanencia: la obsesión de los impresionistas. Es una lucha cíclica, y no estamos tan solos.

Claro que ahora, gracias a ti, y a otros «locos», «respiramos más libremente». Estalló la sombra, se ennegreció la luz, la figuración se abrió, se quebró, se descompuso. Se replegó el cristianismo que te condenó, se expandió el materialismo, colapsó, se convirtió en terror, ferocidad, superchería. 

Pero aquí estamos. Descubriendo otra vez qué difícil es expresar el infinito en una simple mancha de estenografía: esa «pared invisible entre lo que se siente, y lo que se puede»Algunos seguimos como tú, exigiendo la respuesta a la pregunta. Resistiéndonos a entornar los ojos ante el sol del mediodía, no importa cuán cegador sea su amarillo.

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