No hay dinero para postre

    «¡Gloobo… gloobo…!», repite Marieta desde ayer en la tarde, como una letanía de niña de película de serie B. Quiere un globo que no es un globo. Lo ha visto en el racimo de muñecos inflables con formas de dinosaurios, delfines y perros que el vendedor oferta en la entrada del parque. El muñeco globo cuesta 25 soles o quizá más, dependiendo del modelo y tamaño. Yo tengo apenas 20 soles. Pero no solo ayer, no es que no me alcance ayer, no es que no me alcance para el muñeco. Se trata de que no me alcanza para vivir. 

    Otra vez estoy en el borde, tan familiar como siempre. Las mismas preguntas, el mismo cielo, el mismo suelo, ahora sabiendo que solo tenemos 20 soles para el resto del mes y también la vida. 

    Me llevo las manos al rostro y presiento que, al quitarlas, mi cara se quedará a vivir en mis manos por un tiempo, quizá sea lo mejor. Para qué pretender que sostengo un semblante, si no puedo mantenerme en pie. La verdad es esa, el sistema siempre me devuelve al mismo lugar resbaladizo, el vacío ávido del fracaso ajeno.

    «¡Gloobo… gloobo…!»

    Sello dos piernas de pollo, para hoy y mañana, el antepenúltimo almuerzo que nos va quedando en la refrigeradora. Una salpicadura alcanza mi párpado derecho. Justo lo que necesito ahora: aceite hirviendo en el ojo, y esa gota caliente me deshace y me rompe en llanto en el piso de la cocina.  

    Lloro no por el párpado quemado, sino porque desde mi estómago siento que no tengo nada más que años cumplidos, y que 37 son muchos años para tener dos piernas de pollo como única posesión material/animal/mineral hasta nuevo aviso. No tengo trabajo viejo o nuevo o próximo. Los hilos de las redes no se mueven y no hacen ondear mi nombre, no hay redes. Así de invisible, insonora, inodora es mi existencia por algunas temporadas de esta serie con poco rating que es mi vida.

    Nadie está pensando en mí como algo funcional. Solo esta salpicadura irritante se percata, doblegándome y avergonzándome de cara al cesto de basura. Sé que soy responsable en parte, de pensar que puedo sola, de volverme insignificante para las personas y el sistema, que ya no está interesado en mí. No es necesario que me haga creer algo, sabe que igualmente terminaré pagándole por vivir en él.

    En un ejercicio de honestidad, aparece una Olivia inquisidora con ganas de quemar en la hoguera, y llega con el mechero afilado. Qué tienes, Olivia, por qué eres así de floja, cuántas personas viven sin aceite que les reviente en la cara, sin pollo, sin cocina, sin gas. ¿Tú por qué lloras? Me pregunto qué será eso que me mantiene siempre al borde y no me hace caer. ¿Por qué no caigo? Quizá porque nunca he estado en otro sitio que no haya sido el fondo.

    Voy por la calle, preguntándome si el rappi que baja ahora de su moto tendrá más de 20 soles en su bolsillo, parece que sí. Él trabaja, Olivia, debe tener familia, aquí y en Venezuela, y los mantiene a todxs. ¿Y tú? ¿A quién mantienes tú?

    Yo me mantengo caminando. Veo a las personas, que caminan como yo y Marieta en la calle. Al parecer todo el mundo logra sostenerse más o menos dentro del sistema. A algunxs se les nota que su sostén tiene cuna y cama y linaje de siglos, de años, o de padre y madre, de casa cálida de clase media.

    Todxs caminan, van hacia algún lado, apuradxs, con objetivos claros, con miradas fruncidas, con planes, con cafés en la mano, o teléfono. No voy a hablar de los que me ven a través de una ventanilla y muy amablemente me dan pase, y no se dan cuenta que no me puedo dar cuenta de su gesto, pues su propia ventana de cristales completamente negros no me permite ver nada de lo que pasa dentro de sus autos, ni siquiera su amabilidad.

    ¿Qué tan diferentes podemos ser y cuán diferentes son nuestros caminos? ¿Por qué no puedo caminar hacia algún lugar como ellxs? ¿Algún otrx tendrá 20 soles en su bolsillo y su vida? ¿Se podrá notar eso en la manera en que las pisadas se dan, o en el movimiento de las caderas, o en la coordinación de los brazos al andar?  ¿Cómo luce alguien totalmente desconectado de cualquier certeza? Del abrigo de la plata. 

    Quizá los otros me ven tan resuelta como les veo yo a ellxs, tan comprada, tan confiada de saberme con 20 soles y yendo al parque con mi hija, aún sin un plan para cubrir cualquier cosa que no sea respirar, jugar, desear, sonreír, caminar, besar, cantar al bajar las escaleras, hacer equilibrio como las ardillas sin colas, responder preguntas importantes e infinitas a marieta 24/7, planificar con ella un rescate/ atraco al zoológico. Ella se convierte en dragón que inmoviliza a los guardias con bombas de gelatina, y se va volando hacia África con la mayoría de animales, yo, por supuesto, desfalco la caja del fin de semana feriado.

    No puedo pagar nada que requiera ser pagado. Sé que puedo hacer tantas cosas, útiles e inútiles, tengo de todo para ofrecer, pero el interés por mí siempre está en vaivén. Nada es suficientemente sólido, certero, firme, denso, pesado, como para querer mantenerme por mucho tiempo. 

    El algoritmo lo sabe, y así como sabe que me hipnotizan los reels de manualidades, sabe que busco trabajo y hace que me aparezcan muchas convocatorias, según mi perfil o lo que el pobre logra recopilar de la persona que puedo ser yo.

    Leo mientras como, mientras cago, mientras le pido un momentito a Marieta para seguir jugando con los peluches, leo y mi cabeza reproduce una voz de aeromoza comprometida: «¡Te estamos buscando!» Lo peor es que me descuido y creo y leo las bases y pronto me entero que están buscando a una persona, que casualmente nunca termino siendo yo.

    Aparece otra vez la Olivia monseñor de la cuarta orden del juicio y el látigo. Y me recuerda, mientras me quema el culo, que vengo de una isla donde las personas viven sumidas en un régimen totalitario y corrupto y empobrecedor.

    —Pero tú, ¿qué haces por la vida?

    —Crio hace cuatro años y seis meses a una niña de cuatro años y seis meses. 

    —Pero antes, ¿a qué te dedicabas…?

    —Ah, bueno, soy actriz, es decir, soy desempleada a tiempo completo y por cuenta propia. Pero, ey, estoy intentando dejar de serlo.

    —¿Qué cosa?

    —Todo.

    Es cierto, yo ya no estoy ahí, pero mis reclamos podrían ser los mismos, tengo hambre, no tengo qué darle de comer a mi hija, no tengo para enviarla a una institución educativa donde no la adoctrinen. Mi vida transcurre entre una película iraní y una comedia sueca. 

    Pienso en la diferencia entre los países y sus quejas. 

    En el «comunismo» de Cuba la responsabilidad de todo la tiene el «comunismo», es decir, el sistema. En el neoliberalismo, el sistema te restriega en la cara que la responsabilidad de absolutamente todo la tienes tú. Debo reconocer que quizá sea este su mayor logro.

    «¡Gloobo… Gloobo…!»

    Hace tres domingos que dije a Marieta que el próximo domingo podríamos comprar el muñeco inflable.

    Hace dos meses que dejé de escribir este texto. Lo guardé y comencé a escribir a cualquier persona, conocida o no, ofreciéndome como actriz, modelo, asistente de cualquier cosa, también, y no por último, ofreciendo la posibilidad de limpiar sus casas o las de alguien que necesitara este servicio.

    Marieta sabe muy bien la razón por la que no hemos podido comprar el muñeco, la misma por la que no nos alcanza para comer postre luego del almuerzo. 

    —Mamá no tiene plata para comprar postre estos días. 

    Le cuenta a toda persona que se encuentra lo mismo en el parque que en las escaleras. No hay problema con eso, nos reímos de eso, no hay cuentos de madrinas ni hadas, ni hadas madrinas. Si mamá no trabaja, no hay postre. 

    Pero mamá ha estado trabajando, y aun así mamá debe la renta, el gas, el internet, y seguimos sin comer postre.

    Sí, mamá ha hecho un corte transversal de las posibilidades que han aparecido, lo cual puede resumirse en unas 24 horas.

    Miércoles 8:00 AM

    Apoyo el móvil contra el cartón de huevos encima de la refrigeradora. De las cosas, por decir buenas, que trajo la pandemia: los castings para publicidad ya no son presenciales. Te ahorras la vergüenza, el tiempo y el pasaje hasta la agencia. Es todo ganancias. Coloco el móvil con cuidado, ya tengo seteado que este es el mejor lugar. Me consuelo diciéndome que al menos hay huevos, aunque cada vez el cartón opone menor resistencia.

    Hola, soy Olivia, tengo 37 años, soy actriz, modelo, soy mamá hace cuatro años, sonrisa de cinco segundos.

    Miércoles 10:00 AM. Surquillo 

    Charla de capacitación en la oficina de Remax inmobiliaria.

    Hace unos días me dijeron que me acercara a la oficina para entrevistarme. Fui en bicicleta con mi mejor presencia y abrigo y mis ocho soles en la tarjeta. Solo invertiría tiempo y podría traerme quizá la estabilidad económica que buscaba. Todo parecía demasiado fácil, como el discurso funcional de las franquicias, todo depende de una, de cuánto te esfuerces, de cuántas ganas le pongas.  

    Llego nuevamente a tiempo, luego de maldecir a los micros que coquetean con la posibilidad de chocarme y luego la combustión me entra por la garganta y me ahoga por unos segundos. La oficina queda en un distrito enorme de enormes avenidas, sin gracia ni luz, donde el invierno parece más percudido y anodino. Es un departamento en un edificio de clase media emprendedora, con las costuras de lo hecho expuestas sin la sutileza de los que realmente mandan y tienen. Yo estoy por debajo de todos ellos, quizá ni siquiera estoy en algún lugar.

    Espero en una salita alfombrada de azul al coach encargado de «motivarme». En la pared blanca, una frase motivadora con falta de ortografía me hace sospechar de los hombres con camisas por dentro del pantalón. Un señor bastante mayor que yo, con un recogedor y una calma envidiable, va arrancando uno por unos los papelitos que la escoba se rehúsa a barrer de la alfombra. Lo que no sabe ese señor que me sonríe con sus rodillas en el piso es que a las tres de la tarde yo estaré en las mismas circunstancias que él. 

    Me río por dentro, me maravillo por dentro, pensando que evidentemente esto tampoco lo saben los hombres con sonrisas y camisas por dentro del pantalón que me darán su confianza y ánimo para empoderarme como futura asesora inmobiliaria. Quizá no sea yo precisamente un fraude, pero me siento una trampa. Quizá por eso me cuesta tanto creer en lo que quieren que crea.

    Regreso corriendo a mi casa para almorzar algo y cambiarme. La charla tardó en comenzar y se demoró en terminar. Todavía pienso que puede ser una buena opción, todos parecen tan animados y exitosos. «Depende de ti, de cuánto quieras ganar». Es una de las frases que más repiten y me provoca cierto temor. Como cualquier franquicia, sus slogans parten de medias verdades. Pero, en fin, ahora tengo que concentrarme en mi siguiente cita, compro unos guantes de hule y arranco en la bicicleta, tengo cinco minutos para llegar a mi primer departamento por limpiar.

    Miércoles 3:00 PM. Miraflores.

    Es muy cerca de donde vivo. Subo la bicicleta a un tercer piso, una edificación antigua que pareciera haber funcionado en sus inicios como aparthotel. Ahora las habitaciones son mini departamentos. El espacio es muy pequeño, eso me alivia, pues es mi primera vez. He limpiado siempre los lugares donde vivo, pero hoy en la mañana, mientras pensaba en las posibles dificultades, me di cuenta de que en realidad nunca he limpiado todo en un mismo día. Ahí estaría el mayor reto.

    Me recibe un muchacho que, a juzgar por los cabellos largos por todas partes y las cremas en el baño, vive con su novia, aunque en este momento ella no está. Me muestra el espacio y regresa a trabajar a su oficina, que también es la sala, el cuarto y el comedor. Comienzo por la cocina, diminuta, realmente desordenada y sucia. Al parecer aprovecharon que alguien iría a limpiar para usar en el almuerzo cada plato, cubierto, electrodoméstico y olla que pudieran tener. Supongo que es la lógica que prima. Quizá solo yo me esmeraba en lavar hasta el último vaso cuando alguna vez fue Martica a limpiar mi casa.

    Pienso que ha pasado una eternidad, me encanta perderme entre las restregadas y la mugre sin tener que hablar con nadie, sin tener que sonreír como en la mañana ante las ideas geniales de los asesores inmobiliarios. Me olvido del tiempo, miro la hora y voy bien. Estoy orgullosa, pienso que podría hacer esto siempre, es paz para mí, solo que por 50 soles tendría que limpiar un departamento cada día apenas para pagar el alquiler de mi casa.

    Sigo al baño, lleno de hongos por la humedad. Han dejado que crezca y avance por cada losa y hendija de la poceta. Termino, miro la hora. Aún sigo bien de tiempo, aunque tengo lejía en el hipotálamo y estoy un poco mareada. Solo me queda el espacio habitación sala comedor oficina. Una losa que se limpia muy fácilmente y se seca con dos pestañazos, pero donde todo, absolutamente todo, se pega. Es como si tuviera estática. Lo arreglo con papel higiénico.

    Terminé. No, no terminé. 

    —¿Puedes mover esta mesa que nunca he movido y limpiar detrás de ella?

    —Sí, claro.

    Terminé.

    —¿Puedes limpiar esta silla de malla y cuero que está completamente cubierta de hongos?

    —Sí, claro.

    Terminé.

    —¿Puedes hacer algo para que la pared no tenga ese hongo?

    —Le puedo pasar con el trapo con agua, pero el hongo volverá, mañana.

    —Sí, bueno.

    —Ok.

    Terminé.

    —Listo, gracias. Aquí tienes. ¿Quieres tomar un café o algo? 

    Pasaron tres horas y no tomé agua siquiera. Ya debía irme, era tarde para mi próxima cita, también un posible trabajo. Bajé con mi bicicleta los tres pisos y pedaleé hasta mi casa. Me cambié el abrigo, me lavé la cara, aunque el olor a lejía no se debió quitar.

    Miércoles 6:30 PM. San Isidro.

    Me han citado en un café en uno de los barrios más pijos de Lima, un productor con el que trabajé hace algunos años. Armaba un equipo para el cortometraje de una directora peruana que vive en Londres y buscaba una asistente de dirección con conocimientos de actuación.

    Llego de primera, con mi olor a clórox y la garganta seca, pero contenta de porque ahora al menos tengo 50 soles en mi bolsillo. Pienso en el globo que le debo a Marieta. Espero a la directora y al productor, mientras miro la carta de la que no puedo pagar ni el café. Me acuerdo cómo arrancó mi día, de dónde venía y dónde me encontraba ahora. Cualquiera podría decir que lo habían vivido por tres personas diferentes. Nunca antes transité durante un mismo día por lugares y contextos tan distantes en cuanto a aspecto, intereses, clase social y mi función en ellos. 

    Sonrío por un momento, pienso que le he visto la cara al sistema y he podido pasearme de un contexto a otro, de un estrato a otro, de una etiqueta a otra, sin que pueda alcanzarme, sin que ninguna de las personas con las que he interactuado hoy pueda ahora mismo sospechar o identificarme completamente. He sido tres Olivias, y ninguna de ella ha sido una Olivia que camina, pregunta, asiente y pedalea, teniendo 37 años, una hija y tres soles en su cuenta de ahorro.

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    2 COMENTARIOS

    1. A las 3 Olivia decirle que lo están haciendo genial, cada una defendiendo su papel como ninguna otra persona podría hacerlo. A la Olivia mamá de Marieta: ante usted me quito el sombrero, esta interpretación sí se lleva el Oscar. Tu dedicación cubre todos y cada una de las carencias materiales que pueda tener hoy Marieta y eso es justamente lo que más grande te hace. Eres la mamá más rica que conozco a pesar de tener solo dos piezas de un pollo y 20 soles en una cartera. Te lo digo yo, que en mi niñez tuve el privilegio de ser Marieta.

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