«Sitio. Leí.

En este sitio hubo un río.»

Soleida Ríos

A wa nilé

«I put spell on you.»

Nina Simone

La literatura cubana es, por lo general, engolada. Se dificulta mucho el tono simple, liviano, la frase arcaica jovial, la risa. Se vuelve «misión imposible» hallar un libro alegre y conmovedor a la vez, una ironía rampante vociferante que te espete en la cara lo mucho que (no) necesitas modorra, beriberi, canon. Lo mucho que necesitas salir-entrar. Cuando lo hallas no es cosa poca, sino todo lo contrario. Más que lo contrario, lo increíble.

Entretanto, diez años hace que voy por Obispo, la otra calle de los comercios en la Habana Vieja, mientras la noche cae y el viernes se termina. Al final de Obispo, doblando izquierda en la Plaza de Armas, oigo aquella música que me gusta enorme, veo gente adentro de un antiguo patio, asómome tímida, jovencita, fea, queriendo ver todo lo que nunca he visto. Al fin no lo veo, pero lo percibo. Se me duerme un brazo, se me cae un hombro, se me acalambra un lado completo de la cara.

Abre Café Bar Emiliana. Canta William Vivanco o Haydée Milanés. Sonríe Soleida Ríos dándole la bienvenida a eso con pelo largo, retraído, que soy yo. ¿Me puedo hacer una foto con usted, Soleida? Claro, mija, ven. En la foto, diez años atrás, acabo de ver por primera vez a Soleida Ríos, una de las escritoras cubanas más aberrantemente inusuales, por las mismas características escasas que decía arriba: una falta de engolamiento y de aburrimiento crónico, una falta de tragedia griega.

Soleida Ríos y Legna Rodríguez, febrero 2010.

«Las negras son mis preferidas», escribí en un poema una vez, refiriéndome a la muchacha negra que me metía bajo una ducha para bajarme la fiebre del dengue o la fiebre de la desesperanza, entre Espada y San Francisco, a finales del 2012. La ducha era fría como la pata de un muerto o como una cabeza fría. Los muertos nos acompañan y las cabezas están pendientes. Eres tremenda, me dijo Soleida Ríos cuando le enseñé el poema, que terminaba hablando de aceitunas en aceite, negras y mojadas. Siempre he querido gustarle a Soleida Ríos, caerle bien, hacerle gracia. Su escritura y ella me gustan a mí, me caen bien: encantamiento, emancipación.

El 10 de octubre de 1868 (dos dígitos ocho en la misma cifra), cuando Carlos Manuel de Céspedes les da la libertad a los esclavos, inaugurando el Día de la Independencia de Cuba y convirtiéndose en hombre abolicionista, en Padre de la Patria, la abuela de Soleida Ríos, Juana Ríos, pudo haber sido liberada. Gesto simbólico, indica en mensaje Soleida Ríos. Perdóname, Soleida, rebota mi mensaje como pelota de goma contra muro de WhatsApp, contra conciencia. Mala conciencia contra escritura. Mala conciencia contra espada.

Cuando digo que me gusta, que me cae bien, no es una forma ligera del gusto ni una forma ligera del bienestar. Es una frase hecha, una expresión infantil, para no dar importancia a algo «magnificente»llamado nutrición. La escritura de Soleida Ríos es básica y nutricional. Tiene el efecto de un plato de sopa de acelga. La sopa está caliente y arde. Mi abuela analfabeta Luisa Roselia Moronta Pacheco, una mujer que me crió y que al final de sus días estuvo siempre interesada en conocer a Soleida Ríos, se tomaba las bebidas calientes echando humo. El humo del que hablo es literal. Salía humo de sus narices igual que sale humo ahora de mis narices. Ese fue su legado.

En el plato (cerámica foránea de algún tipo de alcurnia que sorprende) nada una hoja de acelga con su tallo fornido, completo. A la hoja se le ven las membranas, las ramificaciones, las venitas, las vértebras, los pliegues y esa parte de la hoja aledaña al borde donde se nota la ternura de una planta, su frescura y juventud. Una hoja en forma de cola de pavorreal, abanico campestre o penca. Como hay falta de todo en la región (imagínate una región empobrecida, devastada, atrofiada), la hoja de acelga nadando en el agua no significa, sino que «resignifica». Revuelve, reacciona, restablece. Una sopa «levantamuerto».

¿Pero por qué una gente querría caerle en gracia a otra, más allá de la lectura empática, más allá de la afinidad y la admiración? ¿Por qué una gente necesita de la otra, como si la otra no fuera de la misma especie, sino un árbol, por ejemplo, un árbol magnífico, antiguo, alto, alto, alto? Por supuesto, estoy hablando de una escritura majestuosa, una escritura de árbol, una escritura de reverencia. He llegado a la conclusión de que lo producido por Soleida Ríos no es un proyecto de escritura sino un proyecto de existencia. O tal vez tampoco sea un proyecto de existencia sino su única posibilidad de existencia. Eso incluye una escritura cero, sucia, rota, estriada. Eso incluye una existencia libro, una existencia texto.

Entretanto, quince años hace que voy por República, la otra calle de los comercios en Camagüey, mientras el día avanza y el calor arrecia. A mitad de República, en librería llamada Viet Nam que después se llamó Ateneo, encuentro un libro verde, sin imagen de portada, con un diseño de tipografía ilustrada y un autor de nombre Soleida Ríos desconocido para mí hasta el momento. Qué me atrajo: el nombre. Con qué palabra empieza: nos. Por qué pude comprarlo: por el precio. Cuánto costó exactamente: tres pesos en moneda nacional, equivalentes a quince centavos dólar.

Lo anecdótico en Soleida Ríos, esa anécdota onírica escalofriante, la locura de la locura, sería lo que yo estaba buscando y lo que continúo buscando cuando alguien me pregunta sobre literatura cubana o sobre, al fin y al cabo, literatura. Mientras lo pienso y lo requetepienso, autores cubanos de cabecera desfilan frente a mí en mi cocinita de Miami, donde escribo y pienso, en total desorden. Es un desfile pequeño, se desfila de la sala al comedor: qué cosa es la ficción y qué no es la ficción, qué cosa es un relato y qué no es un relato, qué cosa es un poema y qué no es un poema. Soleida Ríos & Soleida Ríos: baluarte.

Qué lejos estoy de Soleida Ríos. Cuando lo escribo y abro los ojos, me doy cuenta absoluta de esa distancia espacial y perpetua que hay entre nosotras. Agarro sus libros con las dos manos, me salen garras de tigre y de águila, mamífero y pájaro al unísono, sin soltarlos. Libro cero (1998), El texto sucio (1999), Secadero (2009), Escritos al revés (2011), Antes del mediodía. Memoria del sueño (2011), Estrías (2015), A wa nilé (2017).Al final suelto el paquete, pero los libros se quedan como suspendidos sobre mi cabeza. Una cabeza mamífera, una cabeza pájara. Una cabeza pajáfera.

Entretanto, setenta años hace que nació Soleida Ríos, la escritora cubana fascinante, creadora de un proyecto propio, exclusivo, en-cojonado. Un mundo a base de lenguaje autóctono, arcaísmo. Se mete en el lenguaje, lo nutre, lo apellida y jala como a una hoja de acelga que sacaría del mazo. Lo repite en cada libro, uno por uno, el mismo gesto de recuperación. Una poética del backup, un desplazamiento constante de un mundo a otro mundo, de un lenguaje a otro lenguaje.

Adentro del nasobuco Soleida Ríos tiene la lengua, los labios, la nariz. Ella susurra ahí, en ese espacio pequeño donde la boca parece que no puede moverse. Cómo sería la foto de la primera vez que la vi, si en vez del 2010 fuera el 2020, si en vez de no estar allá estuviera allá, en un viaje posible a la Habana, en un medio de transporte transreal: «No sé de dónde partí, no sé cuál es El Lugar ni quiénes son las personas que me encuentro. Llevo conmigo a un niño que tiene varios años. Tiene conciencia pero no lo llevo caminando sino metido a medias en una especie de maleta».

Como en el fragmento, la escritura de Soleida Ríos refiere siempre a escenas, sucesos, operaciones que ocurren a niveles transmigrantes, en planos estimulantes, exorbitantes, ¡importantes! Veo el Caribe ahí, sin cesar en la forma de un árbol religioso, un árbol milenario. La mujer, un árbol; la familia, un árbol; la nación, un árbol; la tradición, un árbol; La Casa con mayúsculas, al fin y al cabo, un árbol.

Iba Soleida Ríos a sembrar, en terreno (propicio) cercano al Cristo de la Habana, El Bosque de la Poesía Cubana. Todavía seguía siendo el año 2010. Yo seguía leyendo, entre col y col, Soleida. El Bosque de la Poesía Cubana es uno de sus proyectos cívicos más transgresores conmovedores. En él no solo ensaya su propia arte poética, sino que trae de vuelta a los muertos de la poesía y los pone a mover las ramas, los identifica. La acción, como la entendí, consistiría en que cada uno de nos, de este lado del mundo, seleccionara un árbol y lo sembrara, según sus propios principios agrónomos, dándole el nombre de un poeta fallecido: rectificación, reforestación, respiración.

Entretanto, sin fecha fija por falta de respiración, estamos de nuevo, en la Plaza de Armas, Soleida Ríos y yo paradas sobre ladrillos, en un solo ladrillo casi, como una pareja de mujeres que va a empezar a bailar pegado, pero no empieza, sino que una jala a la otra (Soleida Ríos me jala a mí), trayéndola del brazo a tomar asiento, juntas aún, revueltas. En asiento público de la Plaza de Armas Soleida Ríos me susurró, por primera vez, un poema de Henri Michaux. Estoy segura de que fue a propósito. El gesto de llevarme ahí, conduciéndome como se conduce a alguien que sabe que muy pronto dejará de respirar, dejará de existir para simplemente quedarse quieto, estático, oyendo una voz que le dice «manchas, manchas, manchas, no para desestabilizar», tuvo que ser, desde el día que me conoció, a propósito.

El Susurro, acción poética desarrollada por Soleida Ríos, en la que participan siempre varios escritores, artistas, gente hermosa y gente mal pensada, más lo primero que lo segundo y viceversa, sucede en espacios públicos como la calle, una cafetería, la lanchita de Casablanca y la lanchita de Regla, una plaza cualquiera, un espacio con/gente. Consiste en susurrarle poemas a«los otros». Si no puede ser directo al corazón, que sea directo al tímpano, directo a la oreja entera. Una vez susurré a Lezama y regalé, acto seguido, el único ejemplar de Fragmentos a su imán que he visto en toda mi vida.

Una literatura endémica, histórica, antropológica, urbana, rural, Santiago, Caribe, África, Cuba, Cuba. Una literatura del sueño y del no-sueño porque la realidad es el sueño. Lo vivido ahora mismo en otro lugar, en otro cuerpo, un cuerpo tuyo, por defecto. Soleida Ríos soñó conmigo, que yo tocaba la puerta de su casa y cuando ella abría la puerta no había nadie, pegaba un grito. Es la misma persona que me dijo: si te vas, vas a morirte. Yo me fui y me morí, de algún modo me morí. Yo le hago caso a Soleida Ríos.

Sigo con el paquete de libros entre las garras, los agarro fuerte y los aprieto, como si fueran un árbol. La intención es esta: me aguanto de ellos. Mi pasión por el Libro cero es tal que me gusta hablar de él sin abrirlo. Mejor, me gusta no hablar de él,«no quiero contar la película». Con Escritos al revés me pasa diferente, además de que he tenido hasta tres ejemplares de Escritos al revés, leyéndolo de tres maneras distintas: superficial, angustiosa y de nuevo superficial. Pregunto: ¿cómo se lee a Soleida Ríos?

Cuando digo que su literatura es básica podría mal entenderse, como yo, que soy una mal «entendida». Básica, como las palabras aprendidas en los primeros años de edad, incluidos los nueve meses de gestación, siendo la persona que lee la misma que trae «la carga». Durante esos meses leí A wa nilé. Fui embarazada a buscarlo. Los primeros años de edad son todos los años de edad. Ahí, en ese último libro de Soleida Ríos que Letras Cubanas y el Instituto Cubano del Libro se atrevieron a publicar, hay resúmenes de vida, hay respuestas.

Soleida Ríos (Santiago de Cuba, 1950) pone la mesa. Sus banquetes o rituales de banquetes, basados en boniato, miel y sésamo, no son en modo alguno lezamianos. Gargantúa y Pantagruel tampoco existen. Otra cosa superior existe, una cosa interior abarcador. Harinas integrales y arroces integrales, berros, zanahorias y malangas, son mandados a buscar donde los haya, a través de una red de pantomima de amor, silenciosa, cómplice.

Imaginen un cordón de gente que no se conoce pero que tiene un común denominador llamado Soleida Ríos. La red se extiende por toda la ciudad, llegando a extremos sintácticos que incluyen zonas periféricas nunca antes visitadas. Soleida Ríos construye red. Eso, fuera de la escritura, dentro de un país llamado Cero, Ofir o Cuba, no sería vida real sino relato maravilloso, sublimado, de la precariedad. Por eso un día escribí un poema, algo muy ínfimo, para Soleida Ríos, con su nombre en el título brillando. Necesitaba que ella estuviera conmigo en mi pensamiento, haciendo énfasis, etimologías. Hoy sé que volvería a escribirlo, tal vez con menos palabras y sin el punto final, definitivamente:

SOLEIDA RÍOS

Me toca

en lo más hondo

con mano fría

y mano caliente

con golpe de bastón

y golpe de tacón.

Me grita

en lo más hondo

con bastón de mano

y tacón de pie

calentando

para el sueño.

Me enfría la cabeza

me da en las nalgas

me mete un bocado

en la boca.

Con mano fría

y mano caliente

deja todo

donde está.

Que se muevan

los objetos

que se quieran mover.