No vivimos más que para precipitarnos sobre una intensidad que nos permita transcender o doblegar nuestros propios límites. Saberlo es compartir secretamente con el borracho esa gran mentira cuando dice con total convencimiento: «¡Este es el último!» 

Otra Ronda es la última película del director danés Thomas Vinterberg, conocido por La celebración y La cacería, y por ser el miembro menos aplaudido de Dogme 95, movimiento que creara junto a Lars Von Trier en 1995. Con su ya acostumbrado y exquisito manejo del lenguaje cinematográfico, Vinterberg nos entrega una divertida y profunda reflexión sobre el alcohol ante los límites de la felicidad, el amor, la libertad, el cuerpo y la vida. Selección oficial del Festival de cine de Cannes y ganador del premio Oscar en la categoría de mejor filme extranjero, este es quizá el más subestimado de todos los largometrajes que fueron por la estatuilla este año. Durante la ceremonia, el mismo Vinterberg reconoció que ganarse el premio con una película sobre cuatro hombres que se emborrachan, después de haber permanecido muchos años en la oscuridad, le parecía algo así como un milagro.

Como es menos pretencioso, este filme escapa a la mirada convencional que apresuradamente lo calificaría de ser poco más que una apología a los excesos de la bebida. Con su característico uso de la cámara en mano, su preferencia por la luz ambiental y un peculiar estilo de edición que construye las escenas a través de diálogos, movimientos corporales y acciones, Vinterberg logra extraer de los actores las expresiones y emociones tal cual, sin efectos sofisticados, a través de situaciones, espacios y ambientes. Con su ya clásico y provocador uso del humor danés, cargado de una buena dosis de ironía y tragedia, el alcohol le sirve como pretexto para lanzar una mordaz crítica sobre la ausencia de espíritu que corroe la vida moderna.  

Ya desde la secuencia inicial queda establecido que el consumo de alcohol, como una forma de exceso, está asociado a aquellos ritos de iniciación que buscan poner a prueba las estrenadas libertades de los jóvenes a través de desmedidos actos de rebeldía. El filme abre con unas delirantes imágenes de adolescentes eufóricos enfrascados en un juego de carrera donde después de beber copiosas cantidades de cerveza expulsan flagrantemente su vómito a las orillas de un lago. La noche de excesos y fechorías conlleva a que la directora de la escuela declare su prohibición. Decisión que es ridiculizada por los propios maestros, quienes lo ven con un poco de escepticismo. «¡Es como intentar contener a Freetown!», comentan entre ellos1.

De aquí en adelante se despliegan una serie de eventos que van poco a poco revelando el tedio, el descontento y la falta de motivación que domina la vida de cuatro profesores, pero especialmente de Martin, cuestionado por los propios estudiantes que exigen mejorar calidad en sus clases. Interpretado por el carismático y versátil actor danés Mads Mikkelsen, Martin es un profesor de historia con una profunda falta de motivación por su trabajo, quien además atraviesa por una crisis en la relación con su esposa. Para intentar animarlo los amigos proponen unas rondas de delicadas bebidas, un vodka que antiguamente deleitara a los zares y un vino que dicen contiene el espíritu de Burgundy. Martin se niega, teme que su estado pueda perderlo por esos insidiosos caminos del alcohol. «Soy muy sensible», dice. A lo que Nikolaj, amigo y profesor de música, responde con una pregunta y un desafío: ¿Es sensato beber?

Es entonces cuando deciden realizar un «estudio» sobre la teoría del filósofo y siquiatra Finn Skårderud, quien propone la tesis de que los humanos nacen con un déficit de alcohol del 0.05 %, y que de ser compensado aumentaría el rendimiento profesional y social, permitiendo un estado de desenvoltura y de relajación donde se es más abierto, musical y valiente. En este sentido, el alcohol viene a ser más que un mero escape o compensación, es un intento de recuperar algo que está—por condición humana—permanentemente ausente. El experimento es inicialmente una indagación sobre los límites de toda idea de felicidad y libertad, pero deviene una especie de reckoning ante la ausencia y la falta que se transpira en sociedades tecnologizadas regidas por las demandas de productividad y el estatus social. Incluso Nikolaj, quien se vanagloria de tener una vida perfecta (una bella esposa con dinero, casa con vista al mar y tres hijos) empieza a reconocer que hay algo más allá, y es así como deciden tantear sus límites.

Por un lado, el consumo de alcohol durante el día hace que mejore la calidad de las clases, ya que produce un acercamiento afectivo y espiritual entre profesores y estudiantes, beneficios que inmediatamente se ven acompañados por una afectación en las cualidades físico-motrices. La bebida produce una confrontación con la propia idea de límite que rige el performance del poder, incluso la masculinidad. Hay un maravilloso montaje con material de archivo donde aparecen figuras de la política y presidentes bajo los efectos del alcohol, ridiculizados en sus fallidos intentos de demostrar control sobre el mismo. Las irrisorias imágenes develan cómo el indomable efecto de la bebida hace trizas toda imagen de poder y autoridad, recordándonos aquella frase del escritor y moralista británico Samuel Johnson: «He who makes a beast of himself gets rid of the pain of being a man».

Al filme lo intersecta el pensamiento del filosofo danés Søren Kierkegaard, un sutil gesto que propone también una relectura del nacionalismo a partir de un rescate de prácticas paganas y filosofías liberadoras. La famosa frase de Kierkegaard: «What is youth? A dream. What is love? The content of the dream», sirve de exergo. Más tarde, Sebastian, un estudiante muy tímido que sufre de ansiedad articula, con citas al filósofo, una reflexión sobre las formas propias de la percepción que dominan el pensamiento y las acciones. El alcohol queda entonces ligado a ese cambio de percepción sobre la realidad y sobre uno mismo, cuyo efecto nos mueve a confrontar nuestro propio fracaso, la imagen en el espejo de un sujeto falible. Ante esto, el alcohol es una forma de intensificar y dimensionar una experiencia que se encuentra más allá de toda idea de felicidad como expectativa social, promesa de seguridad o garantía de poder.

La música y la danza aparecen ligadas a ese espíritu de vida que nos habita momentáneamente cuando estamos bajos los efectos etílicos, aquel que produce un acercamiento con los otros a través de la experiencia sensorial y emotiva. La referencia al teórico austrohúngaro Rudolf Von Laban (es el nombre del perro de Tommy, profesor de educación física) no pasa desapercibida. Es posiblemente una alusión más a la idea del cambio que produce la contorsión alrededor de nuestros límites, los que se nos imponen y los que nos imponemos nosotros mismos. De acuerdo con Laban, «todo movimiento es un eterno cambio entre condensar y soltar, entre la creación de nudos de concentración y unificación de fuerza al condensar y de la creación de torsiones en el proceso de sujetar soltar. Estabilidad y movilidad alternan sin fin».

El alcohol produce una afectación de la percepción y un cambio en la dinámica rítmica, motora y sensorial, y a través de estas intensidades percibimos la realidad desde su efecto sobre nuestro propio cuerpo, como poseídos por un espíritu. En su ambivalente relación con los efectos del alcohol, los griegos no podían decidir si estos eran la manifestación de un elemento humano o de un espíritu. Era, en cualquier caso, el daimon, un poder ni bueno ni malo a través del cual se manifestaban los dioses sobre los mortales.

El espíritu de vida es tanto búsqueda de algo externo, llámesele deseo o afecto, como encuentro con el propio cuerpo en toda su capacidad de expansión que es también aproximación a su propio límite. No es una coincidencia que para hablar del alcohol a menudo se usa el verbo reflexivo tocarse. «Tócate!», dicen algunas personas cuando ofrecen un trago. En inglés se pregunta si lo tocas. «Some people rarely touch it, but it touches them often», le responde Stanely Kowalski a Blanche Du Bois en una escena de Un Tranvía llamado Deseo, cuando esta le rechaza un trago de alcohol. Ante la negativa de su cuñada, Kowalski revela el secreto de quien intenta ocultar su alcoholismo a través de una imagen de virtud dictada por una moral social sobre la que pronto se precipitan la violencia y la fragilidad.

Notas:

1Freetown, mejor conocida como Christania, es una comunidad intencional o comuna en un distrito de Copenhagen, la capital de Dinamarca. Es conocida mayormente por el tipo de vida abierta y desprejuiciada que promueven y defienden sus habitantes y miembros.  

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