La oficina de niños y familias estuvo cerrada durante la pandemia y la gente de bajos recursos podía renovar sus aplicaciones por teléfono. Ahora la oficina volvió a abrir y los agentes telefónicos no están obligados a ayudarte cuando llamas suplicante por teléfono para renovar o activar o desactivar nada en la aplicación correspondiente a tu nombre y fecha de nacimiento.

La máquina contestadora, cuando responde tu llamada, hace una observación que uno debería tener en cuenta para no tener que pasarse más de 60 minutos en línea esperando como una Penélope en un parqueo: se atenderá a personas de más de 65 años y a personas con alguna discapacidad. *Yo tengo una discapacidad: soy renuente a la burocracia de las oficinas del gobierno y a todas las burocracias habidas y por haber. Sé que no soy la única.

Al llegar a la oficina hay una fila de personas afuera, bajo techo, al resistero del resplandor de Miami, esperando para recibir un número sacado de una cinta de papel rosado. El hombre que reparte los numeritos, antes de darme el numerito, me preguntó: de dónde yo te conozco. Mi respuesta, inmediata, lo hizo sonreír: de ayer. Hoy me tocó el numerito 8.

Ayer también vine, temprano, y me tocó un numerito de dos dígitos. Idéntico en cantidad de dígitos al numerito de hoy, pero distinto en significado. Ayer, al poco rato de entrar, empezó a llover con una fuerza contrarrevolucionaria. Parecía un aguacero disidente, un aguacero contagioso. Esa fuerza máxima que sabe que tiene razón y que tiene que oponerse a un sistema muy cuadrado y destructivo. El aguacero me hablaba y me decía: no esperes más, ven a mí.

La cosa es que todo el que sea un ciudadano de bajos recursos debe, como dicta el protocolo y la contestadora automática telefónica, hacer la primera fila afuera y luego la segunda fila adentro y luego sentarse en una silla plástica azul oscuro cuando la señora autorizada te llame después de hacer la segunda fila y te pida el día de cumpleaños, el número de teléfono, el apellido, el nombre, en ese orden. Son los datos con que corroboran la identidad de uno en el programa computarizado de la oficina.

Una persona de bajos recursos no necesariamente es una persona sin recursos intelectuales, tampoco sin recursos literarios, musicales o plásticos. Se trata de recursos de una índole gris opaca, algo así como el color del moho que prolifera en los filtros de los aires acondicionados de Miami. La persona de bajos recursos tiene bajos los susodichos porque gana un salario básico, mínimo o deprimido. Deprimido es una linda palabra para designar el salario de las personas de bajos recursos. Se trata, en resumen, de emigrantes, embarazadas, madres solteras, discapacitados, viejos, criminales y perdedores, etc.

La cosa es que cuando entras, después de hacer la primera fila, empiezas a hacer la segunda. El salón es mediano y está lleno de círculos azules en el suelo donde dice: POR FAVOR MANTENGA EL DISTANCIAMIENTO SOCIAL. En el suelo igual se señala, con tipografía azul, que cada círculo está separado del otro por seis pies de distancia. Todos los señalamientos están escritos en dos idiomas. Ayer un haitiano no se hacía entender y tampoco entendía. La mayoría de las personas que verifican tu identidad son cubanos o latinos y hablan en español.

La mujer en la ventanilla me reconoció. Me quitó el numerito y me mandó a sentar. Le dije que me devolviera el numerito porque ese número significaba mucho para mí. Me miró con cara de: a ti te falta un tornillo. Ya había echado el numerito en la basura cuando le pedí que me lo devolviera. Se lo pedí en buena forma, casi en un susurro, casi en una súplica. A mí me educaron para que hablara así y tratara de mantener ese tono cuando me dirigiera a gente desconocida en una oficina o en un lugar público, aunque el diálogo refiriera a una idiotez.

Ya lo eché en la basura, me dijo. Recógemelo, por favor, le dije. No puedo recogerlo, me dijo. ¿Cómo que no?, le dije. No, no puedo, me dijo. Pero si tienes la basura al lado, le dije. Pero no me dejan meter la mano en la basura, me dijo. Ah, no te dejan meter la mano en la basura, repetí. El próximo, me dijo, como si yo fuera dos veces yo y pudiera ser, al mismo tiempo, la persona que ella tenía delante y la persona que yo tenía detrás.

Te juro que cuando me vaya le voy a decir que le pago cinco dólares si mete la mano en la basura y recupera mi numerito y me lo devuelve. Ahora, sin ese numerito conmigo, lo necesito más que nunca. Ahora ese numerito se convirtió en mi numerito de la suerte. Si no accede con cinco dólares, le diré que le doy diez dólares. Si no accede con diez dólares la mandaré para la casa del carajo. A mí me educaron para que nunca nunca nunca mandara a nadie para la casa del carajo, pero hay límites en la vida.

La espera en las sillas plásticas es la más larga de todas. La mayoría son mujeres latinas gordas con niños chiquitos. La mayoría de los niños llora porque se aburre. Los niños son expertos en aburrirse. Nadie se imagina que después de nacido va a tener que sentarse en una de estas sillas. Cuando una mujer tiene un hijo, engorda más rápidamente que cuando no lo tiene. Se trata del metabolismo. Se pone todo muy lento y allá van las mujeres a engordar, a convertirse en escaparates. A veces no les hace falta ni siquiera comer. Las mujeres con hijos engordan al respirar.

Las sillas y los señalamientos en el suelo no son las únicas cosas azules en la oficina de Niños y Familias de la Avenida 27 en el Northwest de Miami. Todo es azul en la oficina de Niños y Familias, menos los numeritos sacados de la cinta de papel rosado. En realidad cuando entras a la oficina es como si entraras al cielo o a Facebook. Imagínate que entras al cielo o a Facebook, todo azul por todas partes, pues así mismo es. Hay silencio y llanto de niños y conversaciones susurradas en diferentes acentos latinos que van poniendo a cualquiera cada vez más cansado.

Hoy también hay un haitiano que no se hace entender y que no entiende lo que le dicen. La mujer que no quiso meter la mano en la basura para recuperar mi numerito lo mira a los ojos: repeat, repeat, repeat (con acento cubano). El haitiano mira a los ojos a la mujer: what, what, what (con acento creole). Parece un reguetón trash contrarrevolucionario de bajos recursos con muy buenas condiciones para arrasar en los premios Billboard de Música Latina en la categoría de Música Independiente. No sé si esa categoría existe o me lo estoy imaginando.

El encabezamiento de las cartas que el Departamento de Niños y Familias le envía a sus aspirantes a beneficiarios está predeterminado. Da la impresión de que uno recibe la misma carta cada seis meses. Corrección: uno recibe la misma carta cada seis meses:

Aviso de revisión de elegibilidad

La siguiente información corresponde al cumplimiento de los requisitos para recibir beneficios

Asistencia de Alimentos y/o Asistencia en Efectivo

Le recordamos que el último mes en el que recibirá asistencia es septiembre, 2021, a menos que vuelva a presentar una solicitud. Usted o su representante autorizado deberán volver a presentar la solicitud antes del día quince de septiembre, 2021, para continuar recibiendo asistencia sin interrupción. Si usted completó una revisión o devolvió si formulario de contacto provisorio en los últimos treinta días, no es necesario que presente una nueva solicitud ahora.

A una mujer se le cayó una tarjeta y se fue sin recogerla. En la tarjeta están sus datos para entrar a su cuenta online. Se llama Esperanza, como mi bisabuela. Su apellido es Gómez y su número de caso es: 132 087 86 36. Si Esperanza Gómez lee esto en Facebook tal vez se hace lectora de El Estornudo. O tal vez no tiene tiempo para leer. Los ciudadanos de bajos recursos apenas tienen tiempo para mirar las páginas de Facebook de sus amigos y familiares o cosas cómicas de Facebook o recomendaciones de dietas para bajar de peso. Antes de terminar de escribir este párrafo, una mujer se ha acercado a mí y me ha dicho, señalando mi rodilla: hace rato estoy buscando esa tarjeta. Pone cara de querer abrazarme pero no lo permitiré, no quiero que una mujer desconocida me abrace.

El aire acondicionado debe estar a la misma temperatura que en el Polo Norte. Llevo tres horas sentada en la silla plástica azul oscuro, esperando a que me llamen como una Penélope cubana sin numerito de la suerte y con bajos recursos. Tengo mucha hambre, mucha sed y mucho sueño. Tengo ganas de estar en Camagüey en el año 2001 escribiendo poemas muy malos y limpiando mi casa de madera a las cuatro de la tarde antes de que mi mamá llegue del trabajo y mi abuela me mande a comprarle una cremita de leche al timbiriche de la esquina con un peso macho de estrella.

Las aplicaciones hay que renovarlas cada seis meses o antes, depende de las cartas que la oficina te envíe. A veces la oficina necesita verificar si uno sigue siendo un ciudadano de bajos recursos o si ya dejó de serlo y se convirtió en alguien triunfador, magnífico ejemplo del sueño americano. Lo más natural en la cadena de los recursos es que una persona de bajos recursos pierda los pocos recursos que le quedaban y se convierta en ejemplo de la pesadilla norteamericana. Pero es verdad que ocurren milagros.

La mujer que no podía meter la mano en la basura para devolverme el numerito tampoco asignó mi nombre a ninguno de los agentes expertos en actualizar los casos de las personas de bajos recursos. Fui la ultima en salir de la oficina, apurada, directo a recoger al niño del otro lado del mundo, en una guardería del Southwest. El señor Ubaldo, un viejo amanerado, fue mi agente experto después de cuatro horas sentada en una silla plástica azul oscuro esperando que me llamaran por mi nombre o mi apellido, como una Penélope desvencijada.

Antes de irme miré de frente a la mujer que no podía meter la mano en la basura llena de numeritos rosados que formaban un colchón de la mala suerte. La mujer enfrentó mi mirada más o menos un minuto, luego dirigió sus ojos a la basura y luego dirigió su mano derecha ahí. Revolvió un poco haciéndose la que no lo encontraba hasta que dijo: era el B08, ¿no?

Si quieres ver un milagro dirige tu mirada a Cuba. La gente sigue viva después de una dictadura de 62 años. No solo viva sino soñadora, creativa, inteligente. Una dictadura es cuando un gobierno le quita los recursos a un país y lo convierte en un país de bajos recursos, llamándose a sí misma Revolución. Esa actitud eufemística y egoísta durante 62 años seguidos merece que le caiga, como mínimo, un aguacero ácido contrarrevolucionario como el aguacero que cayó ayer.

Una dictadura es cuando un gobierno convierte a sus ciudadanos en emigrantes, embarazadas, madres solteras, discapacitados, viejos, criminales y perdedores, etc., llamándose a sí misma Revolución. Esa actitud eufemística y egoísta durante 62 años seguidos merece que le caiga, como mínimo, un aguacero ácido contrarrevolucionario como el aguacero que cayó ayer.

8 Comentarios

  1. Muy bueno. Fantástico «me preguntó: de dónde yo te conozco. Mi respuesta, inmediata, lo hizo sonreír: de ayer.»

    Solo le pregunto a la autora: ?realmente se cree que si se hubiera quedado a vivir en una Cuba «sin dictadura» le iría mejor?

    • Mi amigo, usted no sabe que quien escribe esta memoria es una persona extraordinaria. Tenga verguenza un poquito. Lo que hay en Cuba es una dictadura y en honor a la verdad es una pena que usted lo dude.

  2. Excelente historia. Nunca pensé llegarías a escribir tan bien. Recuerdo cuando tu mamá las llevaba a ti y a tu hermana a su trabajo en San Clemente. Que bueno poder leerte. Felicidades.

  3. Leer a Legna es como comerme un racimo de uvas, leo las oraciones de uva en uva.
    Las uvas son asequibles a pesar de ser una persona de bajos recursos, madre acompañada, sin ayuda del DCF, desafortunadamente, aunque mi acompañante diga que es mejor no depender del gobierno, aunque ese gobierno no apunte todavía a convertir al país en un país de bajos recursos… Gracias! beso (carita feliz y abrazo grande)

  4. Espero salga del mal momento económico que pasa y trate de levantar presión, hay empleos fuera de Miami donde la renta es más barata que pagan hasta 18 dólares la hora.Siempre piense que ese dinero no cae del aire,sino de los taxes de los que llevamos más de 20 años en este país y pagamos al gobierno por nuestras casas,salario, gasolina,overtime,etc.No sale del gobierno, sino de nosotros los contribuyentes que doblamos y sudamos el lomo.

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