Noche en Meteora

Al final de esa tarde habíamos regresado a Kastraki a pie desde el monasterio Roussanou, zigzagueando por el campo entre los monolitos y los clichés. En un momento, Iris se paró, se volvió hacia mí, que iba dos pasos detrás, perezosamente, abrió los brazos y yo le tiré una foto. En el fondo de esa foto se ve el monasterio Varlaam, llamado así por un monje que en 1351 subió con las uñas a aquella roca para contemplar el valle del río Peneo y el áspero rostro de Dios. En esa foto Iris sonríe, como si el mundo hubiera empezado en ese momento, y nada hubiera todavía pasado. Habíamos llegado a Kastraki esa tarde, desde Salónica, para visitar los célebres monasterios de Meteora, y habíamos inmediatamente tomado un taxi, porque a pie, con aquel calor, hubiera sido mucho maltrato subir la montaña hasta el Gran Meteoro, el mayor de los monasterios, construido por San Atanasio en el siglo XIV en el borde de un risco y de la eternidad. De allí, bufando, contando los minutos que nos quedaban antes de que los monasterios cerraran sus puertas a los turistas, habíamos trotado hasta Varlaam, y luego a Roussanou, otro nido de cigüeña, quejándonos del sol y el calor, discutiendo por fruslerías, estropeando el momento con comentarios y pensamientos banales, no literarios, nada que valga la pena citar. A Iris, en Roussanou, las monjas la obligaron a taparse las piernas con un sayón negro, mujerzuela. Desde la pequeña terraza de Roussanou, en el momento más feroz de la tarde, contemplamos el valle embelesados, a un lado Varlaam, en posición tan precaria que un cíclope lo podría empujar con el dedo hacia el abismo, y más abajo, en su propio peñón, San Nicolás, a donde, desde aquel ángulo, parecía que no llevara ningún camino, ninguna ruta de peregrinos, y solo se pudiera llegar por el aire.

Por la noche, al salir de la ducha, encontré a Iris en el balcón de nuestra habitación, leyendo el Ensayo sobre la Locura, de Saramago, en una edición proletaria de Letras Cubanas, regalo de Raquelita, una de las pocas personas que conocemos que todavía regala libros, una costumbre del siglo XX. El calor, todavía a esa hora, era repugnante. Nuestro balcón daba al parqueo del hotel, porque no habíamos querido pagar más por una vista mejor, tacaños que somos, pero a la derecha podíamos ver la calle, y a lo lejos, a algunos turistas todavía atascados en las montañas, bajando de nalgas por canales de polvo entre las rocas. Yo me tiré, envuelto en la toalla, en la otra silla. Ya habíamos cenado, no teníamos nada que hacer, sólo continuar una conversación empezada hace veinticinco años, y que ha dado tantas vueltas y ha gastado tantos millones de palabras que ya ninguno de los dos recuerda cómo empezó, ni cuál es el tema, ni si nos lleva a algún lado. La cámara estaba a mano, y yo le tiré una foto a Iris, impublicable. En esa foto Iris tiene una expresión que siempre me deja perplejo, y me atemoriza, es la de alguien que ya sabe cómo las cosas van a terminar, y no está asustada, quizás sólo algo sorprendida. No sé cómo se enroscó la conversación, qué cosa se pegó a qué otra, pero en algún momento yo puse en YouTube, con el audio tan alto para que lo oyeran Iris y todos los huéspedes de Zozas Rooms, «Carmen», Amaury Pérez cantando el intrincado poema que Martí dedicó a su esposa.

El infeliz que la manera ignore

De alzarse bien y caminar con brío,

De una virgen celeste se enamore

Y arda en su pecho el esplendor del mío.

Beso, trabajo, entre sus brazos sueño

Su hogar alzado por mi mano; envidio

Su fuerza a Dios, y, vivo en él, desdeño

El torpe amor de Tíbulo y de Ovidio.

Monasterio Roussanou
Monasterio Roussanou / Foto: Cortesía del autor

No estoy insinuando, en modo alguno, que Iris sea mi Carmen, y yo Martí, Iris es camagüeyana como Carmen Zayas Bazán, que esa tierra las da así, pero yo no escribiría nunca un verso citando a Ovidio y mucho menos a Tíbulo, poeta menor, y me asombra que Martí lo hiciera. ¿Habrá leído el Maestro los poemas homosexuales de Tíbulo, le habrán gustado? La Patria no está preparada para eso. Por alguna razón, yo había estado esa tarde bisbiseando «Carmen», la canción, mientras andábamos por los monasterios, y todavía en la noche no me había desasido de ella, no me había saciado de aquel recuerdo. A estas alturas, mi mente ya funciona como un calidoscopio, los cristales del recuerdo forman combinaciones ininteligibles, puedo empezar a susurrar «Carmen» en los riscos de Meteora sin percibir qué perverso signo del universo ha provocado esa efusión martiana. En vez de «Carmen», podría haber sido cualquier otra canción, Nina Simone, Moraima Secada, Bola de Nieve, «Una furtiva lágrima», «Immigrant Song», el tema de Hawaii Five-0, Mozart, Miguel Poveda cantando Lorca, les Gymnopédies, «Smelly Cat» de Phoebe Buffay, todo muy apropiado para mi edad, nada de grime o Kanye, que es lo que escuchan mis alumnos de Roehampton. A menudo Iris tiene la culpa, su cerebro también funciona caóticamente, por eso es que nos toleramos, lo que nos salva del mundo son las boberías. Una noche, en Tokio, caminando a lo largo del río Sumida, Iris se acordó de «Eva María», la que se fue, pero no del original de Fórmula V, sino de la versión obscena inventada, inevitablemente, por los cubanos:

Eva María se fue

Buscando el sol en la playa.

De tanto sol que cogió

Se le quemó la papaya.

Casi me caigo al río. Aquella noche en Meteora, a «Carmen» la siguió «A Enrique Guasp de Peris», que Amaury canta de tal manera que no es posible imaginar que Martí haya tenido jamás otra voz.  Después seguimos con «Magdalena», «Abril», «Carta de España», «Rosario», escuchamos todo el disco, que tiene ya cuarenta años, casi todo el arco de mi propia vida. Después, como si no tuviéramos suficiente, Miriam Ramos cantando «Por un campo florido», con la que yo estoy obsesionado, y los «Versos Sencillos», cantados por Pablito Milanés cuando uno le decía «Pablito», y su voz era la Patria, no había nada que fuera más la Patria que esa voz. Armando Hart nos habría dado un diploma. El momento revolucionario pasó, y volvimos a Amaury, los clásicos, «Acuérdate de Abril», «Hacerte Venir», «No lo van a impedir», «Dame el Otoño», todas, incluso el dúo arrancacorazones con Mirta Medina, «Porque ya no me vas a querer». Hay un video en YouTube de esa extraña pareja en lo que quizás sea un concurso Adolfo Guzmán, vestidos en el más radical estilo de la televisión cubana de los años 80, parte el alma, yo lo veo y siento que tengo nueve o diez años, y estoy en la sala de mi casa en la calle Virtudes, con mi madre y mi hermana, aburrido, esperando que toda esa chealdad termine y pongan la película. No hay nada, absolutamente nada, que pueda estropear ese recuerdo, no hay nada que nadie pueda decir, yo quisiera gritarle a ese chiquito que preste atención, que mire bien, que un día recordará ese oscuro momento como una edad de oro antes de que todo se jodiera, y él mismo quedara roto, torcido, y corriera a esconderse en el otro lado del mundo. Ya era noche cerrada en Meteora, y seguíamos Iris y yo en aquella matraca, una mezcla empalagosa de las canciones que amábamos y odiábamos en los ochenta, cuando Iris pensaba que un día se casaría con un príncipe francés y yo estaba completamente convencido de que terminaría solo, Silvio, Pablo, Elena, Ania, Van Van, y luego caímos en el desastre de los noventa, estoy seguro de que llegamos a poner «Échale limón», en serio, pusimos al Tosco a cantar «tú eres una loca, una arrebatá» en Meteora, Tesalia, Grecia, Unión Europea, hasta que Cuba empezó a diluirse, como siempre hace después de una de sus súbitas, inesperadas reapariciones, se nos fue pasando la nostalgia, y terminamos escuchando distraídamente una colección vergonzante de «éxitos internacionales», como los presentaría Radio Progreso, desde José José hasta Florence and the Machine. Estábamos hartos en ese punto, no estábamos escuchando la música, sino discutiendo a qué hora debíamos levantarnos para tomar en Kalabaka el autobús hacia Volos.  

En la mañana, Iris me dejó cuidando las maletas y se fue a recorrer el mercado de Kalabaka, que estaba tan animado, un viernes, como si fuera sábado. De vuelta, me tomó una foto, sin que yo me diera cuenta. Tengo cara de estar pensando, como siempre, en las musarañas, quizás todavía cantando «Carmen» en silencio. Es la expresión que tengo en todas las fotos que Iris me tira sin avisarme, no la comprendo, no sé quién es ese hombre, no me reconozco, no entiendo de dónde viene esa aparente parsimonia. Es la cara de quien ya no se podría sorprender con nada, lo cual no es verdad. Se me ve un poco de barriga en esa última foto en Meteora, pero es la posición. Probablemente sólo estoy mirando el camión de melones parqueado frente a mí, con la mente en blanco.   

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Juan Orlando Pérez
Juan Orlando Pérez
Es, tercamente, el que ha sido, y no, por negligencia o pereza, otros hombres, ninguno de los cuales hubiera sido tampoco particularmente estimado por el público. Nació, inapropiadamente, en el Sagrado Corazón de La Habana. A pesar de la insistencia de su padre, nunca aprendió a jugar pelota. Su madre decidió por él lo que iba a ser cuando le compró, con casi todo el salario, El Corsario Negro. Él comprendió, resignadamente, lo que no iba a llegar a ser, cuando leyó El Siglo de las Luces. Estudió y enseñó periodismo en la Universidad de La Habana. Creyó él mismo ser periodista en Cuba durante varios años hasta que le hicieron ver su error. Fue a parar a Londres, en vez de al fondo del mar. Tiene un título de doctor por la Universidad de Westminster, que no encuentra en ninguna parte, si alguien lo encuentra que le avise. Tiene, y eso sí lo puede probar, un pasaporte británico, aunque no el acento ni las buenas maneras. La Universidad de Roehampton ha pagado puntualmente su salario por casi una década. Sus alumnos ahora se llaman Sarah, Jack, Ingrid y Mohammed, no Jorge Luis, Yohandy y Liset, como antes, pero salvo ese detalle, son iguales, la inocencia, la galante generosidad y la mala ortografía de los jóvenes son universales. Ahora solo escribe a regañadientes, a empujones, como en esta columna. La caída del título es la suya, no le ha llegado noticia de que haya caído o vaya pronto a caer nada más.

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