Es tradición, la muerte de un Emperador en China 

            viene precedida por 

            el número de peces 

            ciguatos que como 

            poco se duplican, y 

            sin embargo las 

            defunciones disminuyen.

Explicaciones no hay, muere el Emperador en tres 

            meses, alivio general 

            pese al luto del pueblo 

            si fue un desalmado, 

            atrición por muerte de, 

            caso raro, un Emperador 

            si fue munificente. 

De buenos modales, curioso de las necesidades 

            ajenas, vestir modesto, 

            la Emperatriz su única 

            mujer, escogía sus 

            ministros entre los 

            sabios del Reino, 

            sueldo modesto, 

            no se atiborraba de 

            comer: sus jueces 

            se negaban a torturar, 

            y no prevaricaban. 

Lástima que muriera tan joven, un pez ciguato

            lo mató, tal vez lo 

            asesinaron, el 

            heredero reinó 

            unos meses en 

            absoluta fidelidad 

            a las instrucciones 

            del padre, sucumbió 

            a sus consejeros los 

            eunucos rijosos, 

            guerras cundieron, 

            subieron los impuestos, 

            el precio de un picul de 

            arroz alcanzó cifras 

            inaccesibles a la gente, 

            volvieron las hambrunas 

            entre los sometidos, la 

            destrucción del Reino. 

Gloria a Buda, a Confucio, gloria al Dharma, las 

            Analectas, gloria a la 

            Sangha, los retirados 

            a las montañas, y 

            gloria en los campos, 

            zarzales, abrojos, 

            eriales, gloria a las 

            concubinas de los 

            serrallos (comen) 

            manos y piernas 

            atrofiadas de los 

            campesinos, palidez 

            de sus mujeres, 

            raquitismo de los 

            hijos, gloria al 

            Emperador, sus 

            ministros, la vuelta 

            a la normalidad.

***

Fragmentos del libro José Kozer: tajante y definitivo (Rialta Ediciones, 2020); entrevista realizada por el escritor Gerardo Fernández Fe

No tolero ningún tipo de tiranía. Quiero, no la anarquía, pero sí una libertad casi rijosa y divertida para todo ciudadano. Déjalo respirar, déjalo hacer, siempre y cuando no haya ilegalidad, destrucción gratuita, maldad, déjalo vivir, déjalo ser. ¿Qué daño le hace la poesía neobarroca a Cuba, si no la lee nadie ni la entiende nadie? ¿Qué tanto perseguir a los homosexuales, si eso es una cosa privada entre dos personas, como mucho tres y sanseacabó? ¿A qué perseguir a un homosexual, a qué perseguir a nadie por su religión, por sus ideas, por su necesidad de expresión? ¿A qué le teme el poder, porque a mí lo que me intriga en todo esto es a qué diablos le teme el poder? 

(…)

He estado leyendo mucho al neoconfucianismo, a los confucianos legalistas, sobre la lucha en el segundo período Han, el período Tang, el período Sung, entre el budismo, el taoísmo y el confucianismo, que son luchas por el poder, y lo que es memorable es ver cuando había un emperador realmente bueno, benévolo, inteligente, que aceptaba el asesoramiento, que pensaba, cómo el país funcionaba y respiraba. Cuando el emperador era un energúmeno —y tristemente la mayor parte de los emperadores lo fueron—, el país se ahogaba. Venían las hambrunas, el malestar, las rebeliones, toda la porquería que sabemos. (pp. 128-129)

Ciudad Prohibida, China
Ciudad Prohibida, China

Mis primeros contactos en Nueva York son con libros como Los cien poemas chinos, traducidos al inglés por Kenneth Rexroth, que a mí me deja obnubilado. Me cae un best seller en las manos, un librito de poesía malísimo que se llama Why Do I Live in the Mountain, de un chino, probablemente apócrifo, escribiendo del chino recluso, y a mí todo eso me puede, porque mi fantasía de niño es también ya de recluso, monástica. Toda mi vida es la frustración de no haber sido un monje. Toda mi vida es eso. Mi vida, hasta el día de hoy, es haber tenido que aceptar que esta porquería que se llama «la poesía» interfirió con mi verdadera vida. (p. 161)

Yo puedo estar haciendo un poema donde hay una referencialidad, por ejemplo, oriental, con referencias concretas de cosas que he leído. Puedo utilizar al príncipe Morinaga, que aparece en el Manyōshū japonés, un personaje que me interesa mucho, a quien llamaban El gran príncipe de la pagoda. Bueno, puedo utilizar esta referencia, basada en unos textos que conozco de la primera antología imperial de la poesía japonesa del siglo VIII, yo puedo utilizar esto, ¿no?, y al mismo tiempo se me incrusta en el poema, con toda naturalidad, una serie de recuerdos «personales» que vienen de mi adolescencia cubana, y por qué negarlo si casa dentro del texto, si no está ni forzado, ni nace de un deseo de asombrar o de epatar al lector; no, es todo lo contrario, es natural. Yo no hago poesía desde fuera, yo no la hago de mí hacia el texto; la poesía se hace en mí, del texto en mí, no es ni siquiera hacia mí. Cuando yo hago un poema, yo no existo, y este es el momento más grato que paso, día a día, en mi vida, porque yo no quiero existir. Yo no necesito ya existir. (pp.167-168)

Cubierta de José Kozer: tajante y definitivo (Rialta Ediciones, 2020); Gerardo Fernández Fe.
Cubierta de José Kozer: tajante y definitivo (Rialta Ediciones, 2020); Gerardo Fernández Fe.

¿Por qué? No lo sé. Ahora, sí sé una cosa: estoy perdido. Estoy perdido como en esa cosa cubana que se llama: «en un bosque de la China, una china se perdió», que a Jorge Luis Arcos le gusta mucho y que dice que sintetiza muchas cosas cubanas. Estoy perdido en ese bosque de la China, como si yo fuera una china que se perdió. Quien se pierde en un bosque encuentra claros, y en esos claros descansa y reposa: esos son mis poemas. Quien se pierde en un bosque puede encontrar, o no, la salida, o puede salir de ese bosque para entrar en otro. Creo que esto es lo que me sucede todo el tiempo: salgo de un olmedal para entrar en un pinar, salgo de un pinar para entrar en un saucedal, y así toda la vida, como una palabra suscita otra, como un pensamiento suscita otro, como un poema suscita otro poema. (pp. 195-196)

*El crítico Pablo Baler y la escritora Legna Rodríguez Iglesias hablan sobre José Kozer y su poesía en El Estornudo.