Hasta hace muy pocos años, cada vez que una relación afectiva con un hombre no resultaba como yo esperaba, o no era debidamente correspondida, yo me castigaba con la siguiente frase: «Hay algo mal en mí». Si un tipo no me amaba, o me amaba, pero de todas formas elegía compartir su vida con otra, yo sentía que el problema estaba en mí. Al final de cada historia, invariablemente, yo agarraba mi látigo y empezaba a autoflagelarme. Me preguntaba qué había hecho mal, qué podía haber hecho mejor, qué debía haber dicho, en qué momento y de qué manera, o qué no debía haber dicho nunca. Examinaba con pinzas cada experiencia en busca de mis posibles fallos.

¿Acaso fue correcto tener sexo en la escalera de mi edificio? ¿O en el césped del Instituto Superior de Arte a medianoche? ¿Habré sido demasiado puta o demasiado tímida? ¿Estuvo mal escribirle un poema sobre sueños y flores? ¿O la carta que mandé justo antes de irme dos meses de viaje por el miedo a morir en un avión sin haberle contado que nunca lo vi como un amigo? ¿Debí haberme guardado mis sentimientos o haber esperado más tiempo para comunicarlos? ¿Hice bien al perdonar que se acostara con una amiga mía cuando empezábamos a salir? ¿Hice mal yo al acostarme con un amigo suyo meses más tarde para quedar a mano? ¿Quedamos a mano? ¿Fui demasiado cruel cuando descubrí que me estaba mintiendo? ¿Poco comprensiva? ¿Exagerada? ¿Ingenua? ¿Tonta?

Más que realizar una autocrítica, yo me sometía a una Inquisición. Incluso cuando era la otra persona quien actuaba con negligencia e inmadurez y me lastimaba, y lo admitía, a mí me preocupaba más mi reacción, y no hacerle sentir mal, que mis propios sentimientos. Me esforzaba mucho para no reaccionar de manera impulsiva, para no parecer Glenn Close en Atracción fatal y acabar hirviendo un conejo inocente, para preservar un vínculo saludable.

Pero hasta hoy lo más malévolo que he hecho ha sido ofender, y solo a dos hombres de las decenas que he llegado a querer. A ambos los ofendí con verdaderas ganas, con toda la intención de herir, y por escrito, para que pudieran leer mis palabras envenenadas más de una vez.

Con el primero, luego del incidente, pasé tres años sin hablar y sin vernos. También él vivía en otro país, en Colombia, y esto ayudó. Hasta que un día volvió de visita a La Habana, me buscó, y nos pedimos perdón. A mí no me quedaba rencor, y tampoco amor. A ninguno de los dos nos quedaba ni rencor ni amor. Pero todavía nos gustábamos y nos entendíamos bien. Compartíamos la complicidad de dos cuerpos que se habían hecho sentir mucho. Esa fue una de las enseñanzas más importantes que me dejó esa historia: nunca renunciar a sentir. «El día en que lo hagas estarás muerta, Mónica», dijo.  

Nos conocimos un año después de un atentado con arma de fuego que él sufrió en su país. Se salvó de milagro. Luego renunció a su trabajo y pasó un año viajando por el mundo. Cuba fue el último lugar que visitó. Él quería sentir, sentir, sentir… Sentir el aire frío en su cara mientras remaba por los fiordos de Noruega y mi boca en medio de la oscuridad en un apagón en La Habana mientras encendíamos una vela. Sentir era la confirmación de que seguía vivo. Insistía: «Siente, Mónica, no dejes de sentir ni un solo día, y no pierdas tiempo con nada ni nadie que no te haga sentir que estás viva». Yo tenía entonces unos 25 años, y él unos 12 más que yo. Acabé enamorándome de esa lucidez de sobreviviente.  

Antes de él, para mí la vida funcionaba como un juego de ajedrez. Yo no sé jugar ajedrez, apenas conozco la dirección en que se mueven las piezas, pero entiendo que el juego tiene que ver más con la estrategia que con la improvisación. Siempre intentas predecir, como en la guerra, las consecuencias de cada movimiento. Pero con la historia del colombiano aprendí que en la vida no importa ganar sino vivir. Incluso cuando todo sugiere que vas a perder, o que vas a sufrir, hay que avanzar en el sentido en que indica tu corazón. Ojo: siempre que ese sentido no implique violencia. Ahí yo aprendí a sentir libremente, que para mí es más difícil que pensar libremente; es decir, sin permitir que el miedo me limite. Recuerdo que una amiga me dijo entonces: «Te estás tirando por un acantilado». Y yo le respondí: «No importa el dolor al caer si sabes lo que es volar».

Luego de aquel reencuentro en La Habana en que firmamos nuestro propio acuerdo de paz, yo fui a Colombia tres veces, en años distintos, siempre por trabajo, y las tres veces nos vimos, dormimos juntos y nos acompañamos. Nos unía un cariño muy fuerte y sincero y una confianza profunda. Nos sentíamos cómodos juntos. Yo podía poner mi vida en sus manos con tranquilidad. De hecho, en mi último viaje, anduvimos por Medellín con un político al que habían intentado matar varias veces, en un carro blindado y con escoltas armados. Esa era su cotidianidad y en su cotidianidad yo lograba sentirme segura gracias a su presencia. O quizás no necesariamente segura, pero sí valiente y acompañada. En ninguno de los tres reencuentros hubo dolor, compromisos, ilusiones, temores o esfuerzos para impresionarnos. No esperábamos nada de nosotros. No pensábamos en el futuro. Y cuando nos despedimos en el aeropuerto, yo supe que ese sería el final.

Sobre el segundo amante no hay tanto que contar. No lo digo por venganza. Todavía hoy lo quiero, nos llevamos bien, y a cada rato nos comunicamos, pero ahora pienso en él y no encuentro mucho que contar. A lo mejor todavía es demasiado pronto como para saber.  

Y si no he ofendido a más amores no ha sido por falta de ganas sino porque he entendido dos cosas esenciales: que me cuesta volver a sentir amor hacia un hombre que una vez fui capaz de ofender, porque dejo de admirarle y para mí el amor nace de la admiración, y que no me gusta la persona que soy cuando ofendo. Me molesta que alguien pueda ejercer tanto poder sobre mí como para transformarme en una persona que no soy, que desconozco, y que además me avergüenza. Cuando me gusta un hombre no solo me gusta el hombre que es, sino también la versión de mí que puedo llegar a ser en la interacción con él. Me gusta que me haga gustarme. 

Discusiones sí he tenido muchísimas. En algunas, muy pocas, los dos hemos terminado llorando, con las cosas que nos unían rotas, y sin saber cómo repararlas o sin fuerzas para intentarlo. A veces basta hablar con la verdad para herirse. Sin embargo, lo prefiero. No me interesa nada que necesite mentiras o medias verdades para sostenerse. Nada así de frágil.

Una de las verdades más dolorosas que me han dicho es: «Tú eres un lujo que no puedo permitirme». Él era 20 años mayor que yo. Y si difícil es aceptar que te rechacen por falta de amor, más difícil es que te rechacen cuando sí te aman. Cuesta entender que alguien diga amarte y elija no estar a tu lado. Una tiende en esos casos a pensar que no es cierto, o que no te aman lo suficiente, pero cuando pasas por varias historias similares comprendes que enamorarse y amar es relativamente fácil. También decir «te amo». Lo complicado es ser consecuente y responsable con nuestros sentimientos. Luego hay gente que es estructuralmente cobarde, y para amar hace falta coraje.  

Casi nunca depende de ti que otra persona te ame y elija compartir su tiempo contigo, sea un día, un mes, un año o toda la vida. Primero, el amor sucede. O no. Nadie puede imponer un sentimiento. Segundo, la persona que elegimos para compartir nuestro tiempo tiene más que ver con quiénes somos nosotros, y qué necesitamos en un momento específico de la vida, que con quién es esa persona que elegimos. Nada revela más sobre ti y sobre la percepción que tienes de ti que las personas que eliges para formar parte de tu vida. Quien se resigna a una historia dañina, que no le hace feliz, casi siempre piensa que no merece nada mejor ni encontrará nada mejor.

Pero para muchas mujeres, en medio de una crisis, puede ser muy tentador culparnos y exagerar nuestros defectos y errores. Hemos sido entrenadas durante siglos para creer que somos nosotras las que debemos complacer y convencer a los hombres, y salvar los matrimonios. Aguantar y soportar. No presionar, no protestar demasiado. Ser pacientes, tolerantes y humildes. En la vida diaria cuesta bastante romper esos mitos, aunque seamos conscientes de los mismos, porque esos mitos se expresan en hábitos no tan fáciles de modificar. Pero cuando una relación termina o no funciona el problema nunca está en una sola persona sino en las dos, o en las tres, o en las que sean, si se trata de una relación poliamorosa. Y en ocasiones no hay problema en ningún lado, porque no amar a alguien o no ser amada de vuelta no significa que tenemos un problema, algo que debemos corregir urgentemente.

Claro que en toda relación humana hay que ceder. Y quien no quiera ceder mejor que se busque un amigo imaginario. Pero hay una distancia considerable entre ceder y acabar construyendo un personaje para que alguien te ame. O anulándote. Nadie merece que nos traicionemos o nos anulemos, como tampoco quien amamos merece ser engañado. Al menos yo no quiero en mi vida a nadie que no quiera estar, disfrute estar y luche por estar al lado de la mujer que soy, con todas mis imperfecciones. Prefiero permanecer soltera la vida entera antes que vivir una ficción.

Ni estar soltera es estar sola, ni no tener pareja es una señal de fracaso. Hay relaciones en que puedes sentirte sola y estar realmente muy sola. Sola en medio de un aborto. Sola en el velorio de tu abuela. Sola en tu cumpleaños. Sola en una enfermedad. Sola en la cola del agro. Y no se me ocurre peor manera de sentirse sola que sintiendo la ausencia de quien debió y pudo haber estado. Triunfar no es más que la libertad de ser una misma: puta o recatada, ama de casa o ingeniera, apasionada o arisca, elocuente o monosilábica. Mientras ejerzas ese derecho —y no hiervas conejos inocentes o irrespetes el derecho ajeno a lo mismo— no habrá nada mal en ti.  

3 Comentarios

  1. Acaso fue correcto tener sexo en la escalera de mi edificio? ¿O en el césped del Instituto Superior de Arte a medianoche? ¿Habré sido demasiado puta?

    Depende. Hay tios mojigatos. Si fuera yo, te pondria en un pedestal para adorarte.

    Saludos Monica.

  2. Es lo peor q he leído de Mónica, inconsistencias internas del escrito y de ella… Le pierde respeto si los ofende… Los ofende y sigue teniendo sexo con ellos… Una doctrina en que ella es la medida de todo… Y en qué es necesario medir, sopesar, calcular, no quedarse dado, cuya doctrina se intenta vender y comprar como non plus ultra de modernidad, adelanto y afirmación, y en qué la entrega no es hacia – para otro, sino para si misma, instrumentalizar a para el goce y encajar en la doctrina…. Y al final no sentirse bien.. todo eso rasca y rasca bien, pero donde no pica.. hay máximas viejas… En amor no hay temor….. O San Agustín con eso de que el amor es el peso de la vida, o Amiel con el amor es el olvido del yo… Para al final quedarse con singa singa que la vida es pinga.

    • Las inconsistencias no son de Monica. Eres tu quien no entiende las cosas como ella, el verdadero conflicto es con tus ideas preconcebidas. Mira que citar a San Agustin a estas alturas de la vida. Te falta una calle que no veas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.