Corría el 2015 de parranda en parranda para mí. Fue el año de las fiestas públicas. Por diversas razones, jamás he visto un año así, ni antes ni después. En mi municipio, cada fin de semana, se ponían bafles inmensos con la música más pegada del momento. Viernes y sábado hasta la una de la mañana, domingo hasta las doce. Yo, que siempre he sido hijo de las festividades nocturnas y de la calle, no me perdí una sola de ellas. Éramos un piquete exótico. Yo y las pájaras más insignes de mi municipio. Invadíamos cada fiesta pública y delimitábamos nuestro espacio en ellas. Éramos alrededor de diez o 12, pero éramos las diez o 12 pájaras más valientes y desafiantes que he conocido. En su mayoría eran travestis o pájaras muy fuertes, estridentes. Éramos la definición del orgullo gay.

Todos los heteros, los «cheos», nos conocían, muchos hasta se sabían nuestros nombres y nuestros apodos. Rubén era una de las flacas más locas de nosotres. No creía en luces ni en amenazas. Se travistió desde muy temprana edad, aunque la recuerdo aún de machito, cuando era un trigueñito menudo con un rostro precioso. Rubén tomaba ron como toman los pájaros: sin temores. Le daba lo mismo usar peluca que no hacerlo, su confianza en sí misma era mayor que sus ganas de lucir totalmente como una mujer. Vivió enamorada de un pepillo de San José de Las Lajas, y su vida hasta esos años se enmarcó en «el bota y vuelve» de estos clásicos matrimonios tóxicos y entregados. La vimos explayarse en tantos espectáculos conflictivos como escenas impropias. Nunca nadie fue tan desafiante entre nosotras.

También estaba Loniel, nuestra chiquitica impetuosa, quien se tatuara una mariposa donde antes tuviera una cicatriz problemática. Mujer eterna de un presidiario viejo. Pasos cortos y veloces. Tres meses de hembra y luego se repugnaba y se pelaba al macho. De las arpías más sutiles que he conocido. Nunca decía nada sin una intención oculta. Siempre dispuesta a reírse y a aniquilar. La verdadera hija de la Caridad del Cobre. Loniel me sabe dos o tres cositas porque es la típica que sabe algún desliz a todas. Un amor de serpiente.

La Gía, Orlandito, o Alice, es una hermana que tiene principios morales que envidiarían algunos abakuás. No se automedica con hormonas femeninas porque es una pájara media activa, y las pastillas le tumban la pinga. Le gusta profanar a los bugarrones que tanto se presumen activos. Luchadora y negociante incansable. Maestra de las calles. Las puertas de su casa están abiertas para toda pájara que desee cambiarle un vestido por un pantalón apretado y brilloso. Si no se hubiese encaminado al travestismo, y se hubiese quedado como en 2012, hubiera sido un bugarrón cotizadísimo, pues centímetros y actitud no le faltaban.

En nuestra bandada había personajes célebres, instituciones LGBTI que se han hecho de un nombre por su proceder sin igual. Jorge es uno de ellos. Todos la conocemos por Jorgito Buenas Noches. Si alguien que la conoce personalmente se llega a su perfil en Facebook, queda frío ante su belleza de juventud. Pero de esos años solo le quedan sus memorias, las cuales narra histriónicamente. Habla todo el tiempo de Orianna, que es su hermana trans de toda la vida. Jorge adoptó el travestismo y el alcohol desde temprano, y pierde los estribos y la vergüenza donde sea que se le suba la bebida a la cabeza. «Rómpela que está pagá» es una de sus frases históricas, cuando alguien a su alrededor se compra un «rifle». Pero la cultura general de Jorge es envidiable. Es una versada crítica del espectáculo, conocedora de la historia del transformismo en Cuba y, por ende, domina cada pieza célebre del teatro y la musicología pajarística desde los noventa. Alternó sus años entre la mala calle y los grandes espectáculos, recopilando saberes que diserta con fluidez para el embelesamiento de los pájaros que le oímos. Es una lástima que en cada fiesta pública termine subiéndose el vestido, enseñando los huevos y bailando al compás del ron. Yo la nombraría Heroína de las Trans cubanas.

Con estos y más personajes poblábamos las fiestas públicas del municipio en aquel lejano 2015. Nos acomodábamos casi siempre en una de dos posiciones. O muy al centro, pegadísimas al bafle y a la tarima; o bordeando las plazas, en las inmediaciones de las oscuridades periféricas.

La primera de estas locaciones nos daba el placer del VIP: sabernos observadas por cada uno de los pepillos dizque heterosexuales que asistían en masa a las fiestas. No pasar desapercibidos es el primer paso para una conquista segura. Tras convertirnos en objetos de las miradas masculinas, lo próximo es abrir nuestro exótico plumaje, para que nuestras maneras inviten a los machos al apareamiento.

La segunda posición significaba una declaración rotunda de intenciones. Bordear una zona es asegurarse un escape silencioso, y a la hora del último tema musical, las señas entre pájaros y cheos indican qué camino se debe coger. A veces el pájaro persigue al león. A veces el león acecha al pájaro. Pero, casi siempre, cuando el león orina cerca del pájaro, y sacude incesantemente su miembro viril, termina dándoselo a probar. Aunque hay de todo en la viña del señor. Hay, por supuesto, leones que tienen más kilómetros de vuelo que cualquiera de nosotras.

La norma nunca fue que el pájaro terminara apuñalado o muerto. Una sabe a qué se enfrenta, y por lo general no somos kamikazes. Nadie se le lanza a un tipo del que no sospeche o tenga alguna «bola». Nadie tampoco persigue a quien no te dio alguna seña indicativa para el retozo. Por eso, que apuñalaran a Gía una noche fue una total sorpresa. Luego descubrimos dos cosas. El bugarroncito que la acuchilló, y del que por suerte Gía logró escapar, estaba del todo drogado. Pero la droga había sido simplemente el catalizador que necesitó para ajusticiar a los pájaros que pudieran revelar su pasado confuso, ya que se había propuesto entrar en el mundo abakuá. Yojanier no tuvo la misma suerte. En su propia casa, el mismo menor la silenció para siempre con cuatro perforaciones, sin permitir que dudáramos ni un segundo de sus intenciones de asesinarlo.

Yo tuve muchos amores durante mis fiestas públicas de ese año. Perseguidos y perseguidores. Delincuentes y universitarios. Uno los iba marcando. Ellos iban marcando a uno. Tuve un rubio de nariz prominente, del cual terminé incluso siendo amiguito. Después que nos revolcáramos en un monte cercano, en una de estas fiestas, decidimos que ya era hora de saludarnos cada vez que nos viéramos por ahí.

En uno de los eventos públicos también logré enrolarme hasta con un policía. Hubo muchos otros machos de los cuales recibí miradas muy curiosas, evidentemente sospechosas, pero que no logré que sucumbieran. No los tomo como fracasos. A los porteros no se les echa nunca la culpa: los delanteros son los que tienen la responsabilidad de meter o fallar.

Sin dudas las fiestas públicas eran unas de nuestras selvas preferidas, donde podía acampar mi bandada y esperar por la caza silente y morbosa. Los heterosensibles venían en piquetes y terminaban adaptándose al hecho de que nosotres les rodeáramos, y es que, en verdad, nuestro plumaje exuberante daba un matiz necesario al lugar.

Las novias de nuestros enemigos homofóbicos eran nuestras principales fanáticas, y con muchas de ellas compartimos cerveza y planchaos de la misma forma que compartimos sus novios o sus nuevas conquistas. Un cheo cae rapidísimo si el pájaro anda con una puta, que es como les llaman a las mujeres los pájaros, sin ningún matiz peyorativo. Con la justificación de que «al final va a singarse a una mujer», permite que el pájaro le meta mano. Esto lo sabe media comunidad gay.

La otra condición de oro para asegurarse la conquista de un heterocurioso es el alcohol, al que mis años me enseñaron a nominar como «el mejor amigo del pájaro». Entre la desinhibición que produce un Añejo Blanco (otrora tres noventa y cinco), y la singular mesura que tienen los pájaros de la calle para planear lugar y hora sin la mirada o sospecha de transeúntes, los bugarrones caen, y caen frecuentemente. Se vuelven «caedores» asiduos. Así, pasan años de su vida en estas caídas, que en verdad son parte inseparable de su sexualidad. Nunca han sido deslices fortuitos, tal como quieren autoimponerse.

Las fiestas públicas de mi municipio en 2015 me enseñaron muchas reglas y modos comunes, pero quiero resaltar tres principios que me acompañan como máximas del mundo homosexual. Maricón que se respete las conoce al menos de referencia.

Primero, el pájaro necesita la selva, el peligro de la selva, el lenguaje de la selva. Necesitamos estar ahí, donde las bestias heteroconfusas van de mano con sus hembras, pero fantasean, planean y ejecutan los más intensos morbos con nosotres.

Segundo, hay una vida que fluye silente y solícita por debajo de la vida heteronormada; vida que logra emitirse a frecuencias que solo quienes de alguna forma pertenecemos ahí podemos sintonizar y traducir.

Tercero, no hay para el pájaro un placer más grande, victoria más gloriosa y sublime, que la conquista de un macho heterosexual. Es la expresión máxima del poder del eros, donde sucumbe el deseo por el alma, la atracción por el goce, rompiendo la barrera de una piel o categoría. Cuando un pájaro convence a un hetero, se siente como un creyente que ha ganado un alma para Cristo.

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