El día que el cadáver de Mayara llegaba a Cuba, falló la electricidad en los equipos sensores de la aduana. El ataúd quedó del otro lado de la estera y los funcionarios no lo querían dejar pasar. Cándida empezó a darse cabezazos contra la pared.
Arrastraba una profunda depresión, nos dice la prensa oficial, en un país donde los medios nunca dicen nada y donde tampoco está permitido sentir otra cosa que no sea un furioso optimismo por el porvenir.