Ninguna evidencia demostró que Pete Rose apostó en contra de su equipo mientras dirigía los Rojos de Cincinnati, pero ningún comisionado ha aceptado hasta el presente su regreso al béisbol. El viejo Pete Rose firma autógrafos por 40 o 50 dólares y en algunos escribe: “Yo aposté”.
Algunos de sus villanos se han basado en gente que le cae mal, es una manera de librarse de sus rencores. En su casa verde recibe a desconocidos que se dicen fans de su obra. Y no se jubila, no para de trabajar, dibujando o escribiendo.
Desde la postura de quien fue pobre alguna vez y afroamericano siempre, cantó los tiempos del odio y el sinsentido y le alcanzó la visión para profetizar la esperanza que tanto esperan los negros en Estados Unidos.
–Me fui por ambición deportiva. Quería probarme en el mejor béisbol, hacer carrera, intentarlo. Tiene su precio, claro, pero yo quería probarme –sentencia Contreras.
No hay un personaje del imaginario afrocubano que no haya encarnado hasta el límite. Fue el velador delicado, el calesero fiel, el sujeto zalamero y barrial, un poco chismoso y preguntón, el rumbero molesto y vengativo. “Cuando la canción que yo canto me gusta más en otra voz, la saco de mi repertorio”, dijo.
Era mujeriego, fiestero, tomador, también era desprendido. Dado a conversar con quien se lo pidiese, no importaba si conocido o no. Un tipo de pueblo, el típico bonachón.
Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago.