Apenas han pasado seis años desde que Airbnb aterrizó en Cuba con promesas de éxito para todos, pero ello ya no parece ser más que un viejo recuerdo para la mayoría de los arrendadores del país. Desde su vieja casa republicana ubicada en El Vedado, uno de los barrios más turísticos de La Habana, Luis ha visto cómo la pandemia ha enterrado en pocos meses lo que hace solo cuatro años era el mercado nacional de más rápido crecimiento para Airbnb.

—Acá se detectó el primer caso [de coronavirus] el 11 de marzo [de 2020] —recuerda Luis—. Yo tenía un cliente que llevaba unos meses en el apartamento, uno que conocí hace años a través de Airbnb y que desde entonces se volvió fijo de la casa. Él se fue el 16 [de marzo]. Desde entonces no volví a tener a nadie hasta el 12 de febrero [pasado]. Casi un año completo vacío.

Aunque solo tiene 33 años, Luis es una especie de veterano dentro del negocio de arrendamiento. Su familia se dedica a esto desde 1997, cuando el gobierno permitió a los cubanos alojar extranjeros en sus casas para sacar el máximo provecho del turismo internacional, esa industria largamente evitada por Fidel Castro sobre la cual acabaron depositadas todas las esperanzas del país tras la desintegración de la Unión Soviética.   

La primera en llevar las riendas del negocio fue su madre, que empezó rentando una de las dos habitaciones del apartamento donde vivía, el mismo que ahora renta él, normalmente a entre 35 y 50 dólares diarios por habitación. Sin ningún medio publicitario a su alcance, al principio debían correr la voz entre amigos y vecinos para mantenerla ocupada. Luego, durante algún tiempo, recibieron huéspedes a través de redes callejeras informales.

Así hasta que en 2017, dos años después de que Airbnb empezara a operar en Cuba, Luis decidiera anunciar su apartamento en la plataforma estadounidense. 

—Nosotros decidimos asociarnos luego de la visita de Obama, que fue cuando más se dio a conocer el tema en Cuba —dice—. Lo hicimos porque Airbnb nos permitía llegar a muchísimos más clientes de todo el mundo sin intermediarios, funcionando como nuestros propios anunciantes. En general la experiencia ha sido muy buena, aunque ahora mismo todo está bastante congelado.

En efecto: el inicio del cierre de fronteras en abril pasado marcó el comienzo de un largo período de inactividad para el grueso de los arrendadores, que ya venían arrastrando problemas debido al efecto de varias sanciones de la administración Trump y a la agudización de la crisis económica interna. Sin embargo, nada tan definitivo como el efecto de la pandemia.

Debido a esta, Cuba sufrió en 2020 una caída turística del 75 por ciento, la cuarta más grande de Latinoamérica según un informe conjunto de la Sociedad de las Américas y el Consejo de las Américas. Entre mayo y diciembre, por ejemplo, el país recibió apenas algo más de 102 mil visitantes, la mayoría de ellos cubanos residentes en el extranjero.

El saldo ha sido terrible para los arrendadores. Según AirDNA, una firma de análisis de datos de Airbnb asentada en Barcelona, entre abril de 2020 y marzo de 2021 —el primer año pandémico— la compañía de San Francisco generó en La Habana cerca de 13 millones de dólares en ganancias totales, casi siete veces menos que en igual período anterior.

Apartamento de Airbnb en La Habana / Foto: Natalia Favre

—Y menos mal que el Estado, al darse cuenta de que era una cosa de fuerza mayor, congeló el pago de impuestos —dice Luis—. Eso ayudó muchísimo, porque la economía se contrajo como no había pasado en años y eso también nos afectó a los pequeños empresarios.

Sin embargo, la pandemia no solo se ha traducido en pérdidas para los arrendadores y sus empleados, sino también en una contracción directa del mercado. A finales de marzo de 2020, antes de que el gobierno anunciara las facilidades fiscales que menciona Luis, más de cinco mil arrendadores de todo el país ya habían entregado sus licencias para evitar el pago de impuestos. Otros, más pesimistas, han puesto sus apartamentos en venta a lo largo de los últimos meses. Como resultado de ambos, en la actualidad, según AirDNA, La Habana tiene casi mil novecientas rentas menos en Airbnb que cuando comenzó la pandemia.

Que Luis haya conseguido un cliente por varios meses es una noticia excelente para su economía y la de sus tres empleados. Sin embargo, su caso está muy lejos de ser general. La mayoría de los arrendadores lleva meses en cero. Según AirDNA, de las nueve mil 885 rentas activas en Airbnb en La Habana el pasado mes de mayo, solo 944 (entre casas y habitaciones) recibieron clientes por al menos un día.

Con la situación epidemiológica en su peor momento, el turismo reducido a mínimos y el país en medio de una profunda crisis estructural, cada vez parece más distante el regreso a un escenario económico como el que esperanzó a buena parte de los emprendedores cubanos durante aquellos años del deshielo con Barack Obama.

Airbnb: un gigante estadounidense en Caribe socialista

«Hola, soy Brian Chesky, fundador y director ejecutivo de Airbnb. Somos una plataforma, obviamente. Tenemos dos millones de hogares alrededor del mundo y hace aproximadamente un año lanzamos aquí». Así se presentaba Brian Chesky la tarde del 21 de marzo de 2016 ante un reducido grupo de cubanos reunidos en La Cervecería del Puerto de La Habana. Era su turno de hablar en la Cumbre de Emprendimiento, un pequeño encuentro pactado entre varios emprendedores de la isla y el pequeño grupo de líderes empresariales estadounidenses que acompañó al presidente Barack Obama durante su visita a la mayor de las Antillas.

Entonces un joven neoyorquino de 35 años, porte atlético y quijada pronunciada, Chesky había sido nombrado el año anterior una de las cien personas más influyentes de la revista Time. De no tener dinero suficiente en 2008 para pagar la renta de su apartamento en San Francisco, había pasado a crear y codirigir la compañía de alquiler más grande del mundo. Ocho años después, al momento de su presentación en el Puerto de La Habana, Airbnb estaba valorada en más de 25 mil millones de dólares.

Como ya había adelantado, Chesky se encontraba en La Habana para celebrar su primer año de operaciones en Cuba, que en abril de 2015 se convirtió en el flamante destino 192 de Airbnb. La compañía fue una de las primeras de Estados Unidos en obtener licencia para hacer negocios en la isla tras el anuncio del 17 de diciembre de 2014 (17D), cuando Raúl Castro y Barack Obama reanudaron las relaciones entre ambos países después de más de medio siglo rotas.

Airbnb era una pieza importante en la estrategia de Obama hacia La Habana. Aunque inicialmente el Departamento del Tesoro solo autorizó a la compañía a prestar servicios en la isla a ciudadanos estadounidenses, las doce categorías de viajes impulsadas por la administración demócrata para vadear la prohibición de hacer turismo en Cuba garantizaban un buen torrente de visitantes. Con Airbnb en el juego, Obama se aseguraba que buena parte del dinero de sus coterráneos inyectara las cuentas del sector privado cubano, donde centraba sus apuestas de cambio de régimen, y también un trato más directo entre ambos pueblos, capaz de cambiar la percepción sobre los estadounidenses.

Uno de los carteles con los que Airbnb anunció su llegada a Cuba. Fuente Twitter Airbnb

Chesky entendía el rol de su compañía y lo jugaba perfectamente. «Creo que lo que representamos es la diplomacia de persona a persona», continuó diciendo aquel día en el puerto. «Uno de nuestros anfitriones dijo que [los cubanos] tienen conceptos erróneos sobre los estadounidenses, pero cuando viven contigo durante un año comienzan a pensar muy, muy diferente».  

Así fue. Durante su primer año en Cuba, la compañía logró hospedar a más de 13 mil estadounidenses en casas y habitaciones privadas, asegurando a sus anfitriones un promedio de 250 dólares por reservación, casi nueve veces el salario medio de la época. Los resultados eran tan notables que en apenas doce meses las mil rentas iniciales se cuadruplicaron. «Ahora tenemos cuatro mil hogares en Cuba y estimamos que entre el diez y el veinte por ciento de los estadounidenses que vienen se quedan con uno de nuestros anfitriones, así que creemos que ha sido un gran éxito para nosotros».

Claro que Airbnb no vino a crear nada nuevo. A inicios de 2015, cuando la compañía comenzó a operar en Cuba, los arrendadores de la isla ya alquilaban al menos 20 mil casas y habitaciones distribuidas por todo el país. Se trataba de una pequeña industria que, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), asumía entonces una de cada cuatro pernoctaciones de visitantes extranjeros.

Si, a pesar de todas las trabas burocráticas, los arrendadores lograron convertirse en un sector exitoso dentro de la tambaleante economía privada, fue gracias al trabajo de un grupo de emprendedores que durante años funcionaron como intermediarios entre ellos y los turistas. Se trataba de personas que conseguían clientes en la calle, a través de relaciones informales con agencias de viaje o utilizando la conexión a Internet de algún centro de trabajo para promocionar los alquileres de sus socios.

Airbnb en La Habana. Foto: Natalia Favre

—Son emprendedores que han creado redes de alquileres —dice Luis, quien ha utilizado sus servicios durante años—. Ellos crean un repositorio con toda la gente que renta en el área, en el municipio, en la provincia, y otro con clientes que vienen buscando renta. Entonces te dices: «tenemos esto para ti» y a cambio ellos se llevan una comisión.

Estos emprendedores fueron los responsables de garantizar a Airbnb sus más de mil rentas iniciales en Cuba, el cuarenta por ciento de ellas en La Habana. Durante algún tiempo, también, continuaron siendo imprescindibles para los arrendadores que no podían acceder a Internet. La imposibilidad de pagarles directamente a estos últimos por transacción bancaria debido a los obstáculos derivados del embargo estadounidense, fue solucionada por la compañía a través de una empresa remitente de dinero con base en la Florida.

Sin embargo, Chesky no había ido a La Habana únicamente para celebrar su primer año de operaciones en Cuba, sino para informar que había recibido luz verde para expandirse dentro de la isla. «Ahora, con el permiso del Departamento del Tesoro, permitiremos que huéspedes de todo el mundo puedan reservar [acá] con Airbnb», dijo. «Así que creo que, con suerte, este es solo el comienzo».

Los años dorados

—La entrada exitosa de Airbnb en distintos lugares del mundo usualmente responde a varias razones —dice Raúl Santiago-Bartolomei—. Entre ellas, la expansión de infraestructura de telecomunicaciones, una precarización laboral en sectores más «tradicionales» de la economía, un acervo de propiedades de bienes raíces subutilizada en términos de su potencial económico, y una alta demanda turística que no puede ser satisfecha a través de los servicios tradicionales de alojamiento. Creo que en Cuba, de una u otra forma, se manifestaron las cuatro.

Raúl Santiago-Bartolomei. Foto: Cortesía del entrevistado

Santiago-Bartolomei, de nacionalidad puertorriqueña, es un Especialista en Desarrollo y Planificación Urbana e Investigador Asociado del Centro para una Nueva Economía, con sede en San Juan, Puerto Rico, que estudió la presencia de Airbnb en La Habana entre 2015 y 2017.

En efecto: el crecimiento de Airbnb en Cuba se vio beneficiado por la presencia cada vez mayor de Internet en la isla, sobre todo a partir de 2018, cuando la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (Etecsa) lanzó el servicio de datos móviles para la población. Los despidos masivos ocurridos a inicios de la década del 2010 en el sector estatal, unido al permiso concedido en 2011 para comprar, vender y rentar inmuebles dentro del país, también pudieron influir en el incremento del número de rentas.   

Sin embargo, nada propició tanto el crecimiento de Airbnb en Cuba como el aumento vertiginoso que experimentó el turismo a raíz del 17D. Sobre todo el estadounidense, que creció exponencialmente de 2014, cuando registró algo más de 92 mil visitantes, a 2018, cuando superó los 638 mil. Airbnb fue clave para que una considerable parte de ese turismo, que desbordaba entonces la capacidad hotelera del país, se vinculara de manera más directa con el pujante sector privado.

—Para nosotros la experiencia fue muy gratificante, tanto monetaria como culturalmente —dice Gabriela.

Gabriela, de 26 años, fue la encargada hasta 2019 de gestionar la renta de un lujoso apartamento de tres habitaciones en Miramar, una de las zonas más exclusivas y con mayor cantidad de alquileres de La Habana. Este fue comprado por su padre, un empresario de nacionalidad extranjera, y puesto a su nombre en 2015. Sin embargo, no fue hasta mediados de 2016 que decidieron anunciarse en Airbnb.

No podían haber escogido mejor momento. Entre 2016 y 2017, disponible ya el servicio para visitantes de cualquier nacionalidad, Cuba se convirtió en el mercado de mayor crecimiento para la compañía. Durante todo este tiempo, La Habana ha sido el gran centro de interés de sus usuarios, con los municipios Plaza de la Revolución, Playa y La Habana Vieja como los de mayor crecimiento.

Según la investigación doctoral de Santiago-Bartolomei, el número de reservas mensuales de Aribnb aumentó más de 12 mil por ciento en la capital entre agosto de 2015 y 2017, sobre todo a partir de noviembre de 2016, cuando La Habana fue incluida entre las doce primeras ciudades del mundo con Experiencias Airbnb. De las cerca de ocho mil reservaciones registradas el mes previo en la capital, estas se dispararon a casi 35 mil en abril de 2017.  

Gabriela recuerda aquellos años como «el boom».

—La Habana estaba muy de moda —dice ella—. A veces nos llegaban clientes recomendados por otros arrendadores o huéspedes y no podíamos aceptarlos, porque Airbnb nos mantenía llenos un promedio de 27 días al mes. Todos decían que querían ver la ciudad antes de que se acabara el comunismo.

—Esa etapa final de Obama fue un no parar de turistas, sobre todo estadounidenses —coincide Luis—. Eran dos, tres, cuatro meses sin parar. Un grupo hacía el check-out y ese mismo día otro hacía el check-in

En azul, las habitaciones independientes rentadas a través de Airbnb. En morado, las casas o apartamentos. Captura de AirDNA

Esta profusión de turistas hizo que con el paso de los meses más y más arrendadores se animaran a anunciarse con Airbnb, que terminó anulando o sacando de competencia a otras plataformas que operaban en el país, como Vrbo. Según datos rescatados por Santiago-Bartolomei, los listados de Airbnb en La Habana pasaron de poco más de mil 800 a mediados de 2015 a más de 22 mil sobre igual fecha de 2017, cuando parecen haber llegado a su tope. La inyección de capital procedente de fuera, fundamentalmente de la diáspora, fue vital en este sentido. 

—La llegada de Airbnb, al menos durante el período de mi estudio, facilitó que miles de hogares tuvieran una mejora económica sustancial —dice Santiago-Bartolomei—. También tuvo efectos secundarios, especialmente en cuanto a las inversiones para mejorar la calidad de las viviendas y la creación de nuevas actividades económicas ligadas a los alquileres a corto plazo.

En efecto: entre finales de 2016 y marzo de 2020, los ingresos mensuales totales de Airbnb en La Habana oscilaron entre los cuatro y los diez millones de dólares. En época de alta demanda, por ejemplo, Gabriela llegó a rentar su apartamento en 200 CUC (pesos cubanos convertibles) por noche. En las de baja demanda, a 150 CUC.

—Ahí estaba incluido el pago de la muchacha que limpiaba dice Gabriela—. Luego había otras cosas que ellos pagaban por separado, como, por ejemplo, el desayuno, si querían que les cocinaran, el lavado y planchado de su ropa. Otras gestiones, como las excursiones y las visitas por la ciudad, se cobraban en función del cliente.

En un país como Cuba, donde el salario mínimo aumentó recientemente al equivalente de 87 dólares y más de la tercera parte de las viviendas están en condiciones regulares o malas, esto se ha traducido, también, en una profundización de las diferencias sociales.

—Por el lado negativo —añade Santiago-Bartolomei—, la presencia de Airbnb está asociada a aumentos en los precios de compraventa y alquiler de viviendas a largo plazo, particularmente en los lugares más atractivos de La Habana. El resultado de esto es que se encarece el costo de vida de muchos trabajadores en el área y se reduce la movilidad laboral de aquellos que están buscando mejores oportunidades económicas en la ciudad. 

Airbnb en La Habana / Foto: Natalia Favre

El factor Trump

En noviembre de 2020, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos le advirtió a Airbnb que podría enfrentar multas y demandas significativas por posibles incumplimientos de las sanciones contra Cuba, específicamente por realización de transacciones con nacionales especialmente designados.

Dos meses antes, en septiembre, el gobierno de Donald Trump había publicado su Lista de Alojamientos Prohibidos en Cuba como parte de un nuevo paquete de sanciones encaminadas a cortar el flujo de dólares a los servicios militares cubanos y a resquebrajar el apoyo de La Habana a Nicolás Maduro.

Además de medio centenar de «casas» controladas por el gobierno cubano, la lista incluye una lujosa mansión de Miramar rentada por Vilma Rodríguez Castro a través de Airbnb. Como nieta de Raúl Castro, Vilma es objeto de las sanciones que Estados Unidos impuso a su abuelo y familiares cercanos en 2019 por «participación en violaciones de los derechos humanos». Desde finales de 2020 lo es doblemente por ser hija de Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, también sancionado como cabeza del Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), el conglomerado militar que maneja más de la mitad de la economía cubana.

Aunque el incidente no pasó de cartas de advertencia, el llamado de atención de OFAC a Airbnb es representativo del cariz frontal que asumió la política estadounidense con respecto a Cuba durante los años de la administración Trump, cuando se produjo un giro de 180 grados en relación con el último mandato de Obama. Giro que terminó afectando, también, el flujo turístico hacia la isla.

—La mejor etapa de negocios con Airbnb fue entre los meses posteriores a la visita de Obama y el inicio del mandato de Trump, cuando todo se vino abajo de nuevo —dice Luis—. El turismo estadounidense entró en una especie de cuello de botella. Nosotros seguimos recibiendo turismo de Europa, Canadá y Suramérica, pero ese pedazo del pastel estadounidense se congeló.

La de Luis es una percepción que se repite una y otra vez entre varios arrendadores de La Habana. Es cierto que Trump empezó a obstaculizar desde 2017 los viajes «pueblo a pueblo», la más popular de las doce categorías de viajes a Cuba impulsadas por la administración Obama. Sin embargo, esto no se reflejó en un descenso de turistas estadounidenses hasta 2019, cuando impuso medidas mucho más severas. Por el contrario: en 2017 y 2018 el turismo estadounidense siguió creciendo de manera sostenida.

Entonces, ¿por qué los arrendadores aseguran que Trump los afectó desde el comienzo?

Algo que suele pasarse por alto es que, desde el inicio de su mandato, ya fuese por razones económicas o por efecto del temprano cambio de discurso respecto a Cuba, cada vez eran más los turistas estadounidenses que arribaban al país en crucero, una modalidad con nulo impacto sobre el negocio hotelero y de arrendamiento y que creció 4.7 veces entre 2016 y 2018.

En este último año, por ejemplo, de los más de 630 mil estadounidenses que viajaron a Cuba, al menos 341 mil lo hicieron en crucero. Ello quiere decir que aunque la cifra de viajeros de Estados Unidos seguía creciendo sostenidamente, tanto los hoteles como los arrendadores terminaron hospedando a menos de la mitad de los que viajaron ese año a Cuba.

La situación cambió un poco a partir de mediados de 2019, cuando Trump prohibió completamente los viajes educativos pueblo a pueblo, la entrada a la isla de cruceros, yates y vuelos privados/corporativos provenientes de Estados Unidos; así como la realización de transacciones financieras con una cantidad cada vez mayor de empresas, instituciones y hoteles cubanos.

Aunque estas medidas sí afectaron inmediatamente el número de visitantes, los arrendadores parecen haberse llevado el menor de los golpes. A fin de cuentas, los estadounidenses que siguieron llegando solo podían hospedarse en casas privadas, entre ellas las gestionadas por Airbnb. Entre junio y diciembre de 2019 arribaron al país más de 163 mil de ellos. Aunque hacia los meses finales la plataforma perdió varios miles de alquileres, ese año Airbnb generó más de 91 millones de dólares en La Habana, según AirDNA.

—Es cierto que cuando [Trump] arremetió contra los hoteles y demás sitios del Estado la cosa mejoró un poco [para nosotros los arrendadores], pero aun así nunca volvió a ser como al principio —señala Gabriela. 

Aun así no deja de resultar curioso que siete de las diez ciudades internacionales con mayor presencia en los Airbnb de Cuba durante 2019 hayan sido estadounidenses, con Nueva York y Miami a la cabeza. Además de una marcada dependencia de EE.UU., lo anterior parece revelar una conexión muy pobre con visitantes de otros mercados clásicos del turismo cubano como el canadiense, que antes de la pandemia enviaba más de un millón de visitantes anuales.

Ahora, con el crecimiento hotelero que viene experimentando el país, probablemente sea más difícil atraerlos.

Una interminable carrera de obstáculos

Independientemente del aumento de los cruceristas, las medidas de Trump y la llegada de la pandemia, los arrendadores cubanos —asociados o no a Airbnb— han debido lidiar con no pocos obstáculos internos durante los últimos años. Entre ellos, la necesidad de adquirir una licencia para poner sus propiedades en renta, algo poco usual en el resto del mundo y que puede traer aparejados no pocos inconvenientes burocráticos.

Ejemplo de ello fue lo ocurrido en agosto de 2017, cuando el gobierno detuvo la entrega de licencias de arrendamiento —y otras— por algo más de un año, algo que no solo frenó el crecimiento del sector, sino que también destruyó proyectos y alargó los períodos de recuperación de no pocas inversiones.

Por otra parte, los arrendadores deben pagar a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) un impuesto fijo que varía en dependencia del tipo de renta y la cantidad de habitaciones rentadas, así como otro del diez por ciento sobre las ganancias mensuales y la declaración jurada de fin de año. Lo anterior, unido a la obligación de informar los datos de todos sus clientes (incluyendo nombre, número de pasaporte, fecha de entrada y de salida) a la Dirección de Identificación, Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior, permite al Estado tener un monitoreo constante y un control casi absoluto sobre el negocio de las rentas.

Airbnb en La Habana / Foto: Evelyn Sosa

La ausencia de mercados mayoristas y la continua escasez de productos básicos parecen ser otros dos grandes problemas para los arrendadores, fundamentalmente desde septiembre de 2019, cuando empezaron a escasear el combustible y los alimentos de primera necesidad en el país debido a la caída de las exportaciones con Venezuela y al recrudecimiento de las sanciones económicas de Washington. Como resultado de todo esto, La Habana perdió casi cinco mil 700 rentas de Airbnb entre octubre de 2020 y marzo de 2021, antes de que se conociera el primer caso de COVID-19 en Cuba.

—Cuando no tenía carro era muy difícil conseguir los insumos —recuerda Gabriela, quien abandonó el país ese mismo año (2019)—. Tenía que ir a muchos lugares para encontrar cualquier cosa: cloro, jabón, detergente, huevos, pan, en fin, todo lo que llevaba una casa donde se lavaba cada tres días y desayunaba diariamente un promedio de seis personas.

Con una situación aún más agravada en 2021 debido a los golpes extras de la pandemia y a un pésimo manejo gubernamental de la economía, los arrendadores de Airbnb no pueden hacer mucho más que esperar por el mejoramiento de la situación epidemiológica y el regreso del turismo, fundamentalmente el estadounidense, algo que, al parecer, tomará todavía algún tiempo.

Según la ONEI, entre enero y abril de 2021 llegaron al país 64 mil 712 turistas, apenas el  seis por ciento de los que arribaron en igual período de 2020. De ellos, solo mil 79 fueron estadounidenses.

—Hay mucha incertidumbre —dice Santiago-Bartolomei—. Pero creo que a medida que vaya  avanzando el proceso de vacunación alrededor del mundo irá aumentando el turismo, llevando así a años de crecimiento de alquileres de Airbnb, aunque no a niveles prepandemia, dadas las dificultades económicas generalizadas como resultado de este evento. En el caso de Cuba, debe verse un repunte, aunque va a demorarse para llegar a niveles prepandemia, pues la isla está atravesando un período económico difícil que obstaculiza el acceso a materiales para la remodelación y el mantenimiento de la vivienda, además de que ha mermado la participación laboral en actividades económicas privadas ligadas al turismo. Por otro lado, aún está por verse cómo la administración Biden atenderá temas relacionados con Cuba en el futuro.

Aunque recientemente la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, reiteró que la nueva administración demócrata está revisando su política hacia Cuba, según la periodista cubana Mónica Fernández es poco probable que el guion actual cambie antes de las elecciones del Senado de 2022.

Si bien la situación dista de ser la ideal, Luis no pierde las esperanzas de cara al futuro. A esperas de que el negocio retome su ritmo con el paso de los meses, sigue haciendo planes para crecer como pequeño empresario. 

—Debido a los tiempos que corren he optado por clientela fija, que pueda pasarse de cinco a seis meses rentada, pero mi proyecto es ampliarme —dice—. Quiero vender el apartamento que rento e invertirlo en un lugar más grande, con más ofertas y experiencias para los clientes. En Cuba es complicado el tema de invertir, pero la idea es esa: ampliar el negocio.

Este artículo es parte de El último techo, un especial transnacional del Laboratorio de Periodismo Situado de Cronos Lab