Aquí el que perdona es Dios

—Pingaaaa. Pingaaaaa. Te lo dijeee.

Minutos antes estuvo agachado a una orilla del vallín, con las manos entrecruzadas bajo el rostro y las cejas menos distantes que de costumbre. A la mirada nunca se le escapó un espuelazo. 

Después de dos saltos de medio metro de altura, tiene más de cien mil pesos en las manos y una nube de polvo merodeándole los zapatos. 

Hay vicios que no lo parecen tanto…

***

Ha llegado un señor con el gallo metido en la mochila para que no se vea. Hay dos policías a medio kilómetro de aquí. 

—A partir de ahora, el que coja a alguien sacando teléfono cáigale a macana que yo le voy a caer a macana también. Si es para hablar, que se vea clarito que están en una llamada, y el que yo vea grabando ya sabe lo que hay. Autorizado a sacar el teléfono este que está aquí— y se da en el pecho. 

Ese hombre me recuerda a la mano derecha de un capo de la droga. Viste de negro desde los zapatos hasta el sombrero cowboy y tiene el machete en una funda de cuero, colgado a la derecha del cinto. Su voz es grave, prepotente. 

El hermano —aunque también va de negro— poco se le asemeja. Corpulento, en extremo serio, intimidante. Ambos son hijos de un señor canoso, que se ha sentado justo en frente nuestro, al otro lado del terreno.

Ellos son los dueños de la valla, los que se encargan de reconstruirla cuando la policía la destruye, los que —siendo febrero del año 2025— cobran ciento cincuenta pesos por la entrada y cincuenta por un asiento, los que cuidan de que no haya peleas entre humanos, los que hacen cumplir leyes que no están escritas, los árbitros, los contadores del tiempo, los jefes. 

Gallo fino / Foto: Katherine Perzant
Gallo fino / Foto: Katherine Perzant

***

Estoy bajo las sombras superpuestas de un montón de árboles, a pocos metros del río que hubo que cruzar dos veces para llegar hasta aquí. Se escucha la corriente y junto a ella el canto consecutivo de unos veinte gallos de pelea. A la derecha, limita un cafetal cuya cerca utilizan para amarrar a las bestias: alrededor de diez caballos, cuatro yeguas y dos o tres mulos.

—Esto siempre empieza después del mediodía —dice el viejo Antonio, y va a ser verdad, porque ese viejo frecuenta las peleas desde los catorce años y ahora tiene más de setenta. Es de los pocos barberos que aún pelan a tijera y en el barrio del que viene se le conoce tanto por el trabajo como por el vicio. No por gusto me recomendaron venir con él. 

—Antes eran los domingos. La valla estaba cercada de tela metálica y yo venía con un amigo mío. Él la levantaba y yo me arrastraba y me colaba y cuando estaba adentro levantaba y él se colaba también, pero al poquito rato ya venía la autoridad y nos sacaba. Igual, nos volvíamos a colar.

Esta valla queda en Buey Arriba, en la provincia Granma. Es rectangular, de unos siete metros de largo por cinco de ancho, con una capa de cáscara de café en el vallín y asientos de madera sacada de árboles cercanos. La circunda una cerca rústica: mera basura aislante compuesta por palos clavados en la tierra y un alambre que los conecta y sirve de tendedera a gajos y bejucos como malla improvisada.

Todo aquí es burdo, imperfecto.

Para echarlos a fajar, los gallos deben tener el mismo peso. La balanza no es más que una tabla delgada con un gancho para colgarla en cualquier sitio y otros dos en los que se colocan los gallos. Los galleros toman un cordón, con las puntas amarradas y lo cruzan por la mitad como formando un par de triángulos; luego introducen las patas del gallo, una en cada agujero, y lo agarran cual bolso por las asas hasta colgarlo. Si la tabla no queda recta, inamovible, no hay pelea.

Nos sentamos justo a un metro de ese invento, encima de un banco hecho a base de dos piedras y un tablón en el que se lee a crayola roja «No a los incendios forestales», junto a la firma «EAG» (Empresa Agroforestal de Granma). Detrás, cerca de la entrada, hay siete mesas de dados que permanecerán llenas a partir del mediodía, a excepción de los momentos en que haya lidia de gallos.

El viejo Antonio anda por ahí, deduciendo cuáles son las mejores crías, y David —su nieto, el chofer— está tomándose una cerveza junto a otro de los hombres que montó en el carro, uno que apostará en tres peleas seguidas y solo ganará en la última. 

David no tiene gallos y solo apuesta a los que apueste su abuelo. Puede ser que lo suyo sea fetiche por el azar o quién sabe… A lo mejor nada más lo hace para no desentonar en este cuadro sórdido y heredado de generaciones. Si así fuera, no ha fallado en su lógica. Hoy viste igual que la inmensa mayoría: gorra, camisa de mangas largas, pantalón de mezclilla y botas de goma. Sin muchas complicaciones.

Esta no es la primera valla a la que viene. Sabe bien cómo funcionan. Fue él quien me explicó lo de las apuestas. Dijo que se hace una entre los dueños de los animales y, en este lugar, la cifra no puede ser inferior a los veinte mil pesos. Luego están las que se acuerdan «por fuera», entre el resto de la gente. Ahí la cantidad puede ser cualquiera, pero lo normal es que sobrepase los doscientos pesos.

—La bolaaa, la bolaaa— grita un señor con una agenda en la mano.

Y confluyen, armadas con palos de los alrededores, cuatro mesas en las que venden comida y algo de beber. 

Extinguiéndose la una de la tarde, va a comenzar la primera pelea del día. Se ha formado una masa bullosa en la que alcanzo a contar más de doscientos hombres y menos de veinte mujeres. 

Cada gallo permanece en manos de su dueño, clavando en el otro la mirada como bailarina de flamenco. Una que otra vez los hacen chocar, les crean riña, desconfianza. Los ponen a correr por el terreno para que sientan las cáscaras, para que se adapten. 

Desde el tumulto, gritan pregones que son la pura esencia de este espectáculo.

—Voy a la blanca, a la blanca voy, a la blanca voy— dicen unos.

—¡Voy mil a siete, mil a siete a la blanca! ¿A cuál tú le va´?

—Le voy ocho a la blanca, a la blanca voy…

—¿A cuál tú le va´? Yo le voy al canelo.

—Yo a la blanca. ¿Van mil?

—¡Van!

Los hombres de negro mandan a salir a quienes se encuentran en el interior del vallín. Solo pueden quedarse los dueños de los que pelearán a muerte y los que pelearán a muerte: un gallo blanquecino, altanero, al que llaman «La Blanca», y otro de plumaje marrón, con ínfimas manchas renegridas, tildado de «Canelo». 

Arrancan…

Y el escándalo, lejos de desaparecer, se multiplica. 

Los gallos se engrifan, chocan, se picotean, tiran patadas queriendo encajarle al otro la espuela. Luchan. Sobreviven.

—Dale, cojone, ¡clávasela!

—Vengaaa.

Los ojos de la gente parecen sacados de órbita. 

De la espuela derecha caen gotas de sangre: espesa, pura. La Blanca tiene ahora el pecho húmedo y rojizo. El suelo parece —y es—un campo de batalla.

—Dale, que aquí el que perdona es Dios. ¡Coño!

Canelo también está herido, pero todos creen que ganará y en la cara de los que apostaron en su contra empieza a percibirse muestras de ansiedad y disgusto. Hasta de tristeza.

—Mil a cien…

—Mil a dos, mil a dos. 

Es otra forma de apostar. Dos personas llegan a un acuerdo de total espontaneidad. Una pone doscientos al gallo que está ganando y la otra mil al que va perdiendo. Si este último logra ganar la pelea quien apostó a su favor ganará mil pesos. De lo contrario, deberá darle al otro la pequeña cantidad acordada. Dicen que es una forma fácil de ganar dinero, pues el desconcierto, las lesiones y la dificultad respiratoria de La Blanca son síntomas de un fracaso inminente.

Falta poco más de un minuto para que acabe la pelea, porque a los veinte se hace tabla el juego.

La Blanca ha caído. 

Uno de los hombres de negro —el más robusto, el árbitro del pleito— levanta, como por séptima vez, un reloj de arena similar a un tubo de ensayo de seis centímetros de altura. El último grano anunciará el transcurso de un minuto y ese minuto la derrota definitiva de uno de los gallos —y de su dueño. 

Pero La Blanca parece escuchar a su criador, parece entender lo que dicen aquellos que apostaron a que ganaría y valerse de los chiflidos y ruidos extraños que hacen algunos con la boca. Y antes de que caigan los últimos granos de arena se levanta.

—Tabla— dice el del reloj.

—Tablaaaa— gritan unos cuantos, convencidos de que no haber ganado es mejor que haber perdido. Hay mucho dinero por medio. Nuevamente los asientos quedan vacíos. 

En eso llega un señor vendiendo racimos de coco.

—¿Mijo y tú vendiendo coco ahora? —le dice un conocido.

—Oye, aquí hay que vender de to´ que la cosa está mala.

Ya poco se piensa en los policías. Todo el mundo dice que ellos saben de sobra dónde queda esto, pero no es común que vengan con el espectáculo andando. Casi siempre se parquean un tramo antes, multan a quien pueden multar y ya. Pero cuando montan los «operativos» acaban con la valla y hasta que los dueños no la vuelven a armar no se hacen más peleas. Es por eso que todo se construye a base de madera, alambre y cartón, y muchos de los vendedores dejan enterrados o escondidos los palos con que armaron las mesas.

En Cuba —según el Decreto-Ley 31 de Bienestar Animal— solo están permitidas las lidias en «los clubes gallísticos, pertenecientes al Grupo Empresarial de Flora y Fauna», dirigido por el Comandante Guillermo García Frías. Solo hay unos dieciocho en el país, dispuestos en casi todas las provincias, generalmente en sus cabeceras.

Fuera de esos espacios, en los que supuestamente no ha de existir ninguna de las mañas asociadas a la tradición, quien participe en este tipo de actividad puede ser «sancionado con privación de libertad de uno a tres años o multa de trescientas a mil cuotas, o ambas», por haber utilizado «animales en la ejecución del juego ilícito» y haberlos sometido «a maltratos físicos y mentales». Si se les «ocasionan lesiones o la muerte», los números van en aumento. Así lo enuncia el Código Penal.

***

A ambos lados de la valla, alistan gallos para las peleas próximas. De eso rara vez se encargan los dueños. Lo hace alguien que vino con ellos —porque nunca vienen solos— o que cobra por hacerlo.

Liman la espuela o el trozo, semejante a un muñón, que queda de ellas. Limpian la pata y vendan con un pedazo fino de esparadrapo. Con la fosforera calientan cualquier pedazo de silicona y, tras colocar un poco en la espuela vendada, pegan otra artificial: engendro del fragmento curvo —terminal— de un espejuelo. Luego, con hilo de coser enrollan esa parte de la pata y la intersección entre ambas espuelas —natural y plástica— hasta volverlas una sola, y aplican más silicona para fijar el implante. A la hora de la pelea, las espuelas de cada gallo deben tener la misma longitud. 

Alrededor muchos observan. Buscan cualquier presagio que los lleve a ganar dinero. Unos se fijan en la anatomía de los animales, en el filo de las espuelas, en el pico. Otros solo apuestan al azar y «que sea lo que Dios quiera», como si Dios —que repudia los vicios y su teatro colateral— estuviera presente, incluso a favor. 

La pelea no duró ni dos minutos. Había un señor muy raro, con unas bolas rojas y pequeñas en las manos. Tomó cáscaras del suelo…

—Gallooo —gritó.

Y la espuela de un animal atravesó el cuello del otro, que cayó muerto, como caerán otros dos en las lidias siguientes, aunque con más tiempo de diferencia.

Poco se escucha el río a estas horas de la tarde. El alcohol ha engullido la lucidez de muchos y nada hay más lejos de la sobriedad que ese señor que ha venido de Bayamo —Granma— sosteniendo una jaula hecha a hilos, con par de gallos bordados y fibras doradas colgando. Suya es la última pelea, suya y de un hombre de Buey Arriba.

—Oye, hay que apostar al de Bayamo que esa gente no vino aquí a perder —dice el viejo Antonio.

Y va a ser verdad. 

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