Llegamos a Kazajistán después de tres días de caminata.
Kazajistán era el nombre de la taberna que estábamos buscando.
Tana Oshima

Cosas que escribí en un rollo de papel higiénico.

–Hazme un tatuaje contra el coronavirus.

–¿Qué quieres hacerte?

–El Pez en la cama, de Tana Oshima; o el Perro Frente al Sol, de Joan Miró; o el Hombre-Caca, de Rafael Alejandro. Cualquier cosa, lo que sea para sentirme viva y alegre y poderosa.

Porque los tatuajes, como los poemas y los libros, tienen título. Pero a la mayoría de los tatuadores no les interesa el título del tatuaje que van a hacer. O por qué la persona que tienen delante se quiere hacer este tatuaje y no otro.

A mí me interesa conocer al tatuador. Saberme, al menos, su nombre. Me interesa su mirada, su pulso, cómo tiene las manos. A menudo me obsesiono con los tatuadores. Se trata de una persona dibujando algo en mi piel, que se va a quedar ahí para siempre. Algo que se va a morir conmigo cuando yo me muera. Tengo que obsesionarme con él.

–¿Podemos conversar mientras lo haces?

–Claro que sí, lo que quieras.

Porque un tatuador debe ser amable. Los tatuajes cuestan caro, carísimo. En Cuba, cuando me hice la mayoría de los tatuajes que tengo, hacerse un tatuaje era una ganga. Pero aquí en Miami tienen precio, como cualquier servicio. Un precio que hay que pagar. Yo tengo suerte con los tatuadores. Me encuentro con hombres que, en primer lugar, son bellos, después inteligentes y luego, como si eso no fuera suficiente, hacen tatuajes:

Foto: Cortesía de la autora

–¿Hacías tatuajes en Cuba?

–El mundo del tatuaje para mí era prácticamente nulo mientras vivía en Cuba. Estudiaba en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro. Idolatraba a los clásicos maestros de la pintura, respecto al arte nada me parecía tan atractivo como el olor a óleo y todo lo que emanaba de aquellas aulas. El tema del tattoo nunca estuvo ajeno a mí porque mis amigos (una pila de frikis) dedicaban noches enteras a diseñarse el cuerpo utópicamente y a pronosticar dónde sería su próximo pinchazo. Pero aún estando vinculado de esta manera tan indirecta nunca lo visualicé como parte primordial de mi vida. Quizás porque nunca tuve una referencia lo suficientemente convincente que me hiciera darle una posición al tattoo. Tenía 18 años.

–¿Cuándo empezaste a tatuar? ¿Cómo aprendiste?

–Aproximadamente hace dos años. Los comienzos fueron frustrantes. Con un kit de mala muerte comprado en Amazon y cero conocimiento comencé a experimentar en cáscaras de naranjas. Mi educador: cualquier video en YouTube que me pareciera confiable. Después, aún sin referencias, practicaba en piel de cerdo, que simula la piel humana. El olor era repugnante pero mi conciencia no me permitía experimentar en la piel de nadie.

Recordé la primera vez que me hice un tatuaje en Camagüey. Una espiral pequeñita que luego se convirtió en caracol. La versión espiral me la hizo un muchacho del que no recuerdo el nombre, en la sala de su casa, con tinta china, sin guantes, con una máquina inventada. Le pagué en moneda nacional. Cuando mi papá vio el tatuaje me dijo que había matado más de un millón de células y que esas células no volverían a reproducirse. Era el año 2001. El mismo año en que publiqué mi primer librito. Un libro de cartas, qué vergüenza.

El tatuador más famoso de Camagüey se llamaba El Hurón. Para ser un «chico duro» o una «chica dura» había que hacerse un tatuaje con El Hurón. Pero yo nunca me hice nada con El Hurón. Una vez acompañé a una amiga a hacerse un tatuaje con El Hurón y de paso pude verle la cara al tipo. Era un rockero viejo de pelo largo y manos temblorosas de tanto tomar alcohol. También tatuaba en la sala de su casa. Me pregunto si todavía existe, El Hurón.

–¿Haces tatuajes en tu casa o trabajas desde un estudio? Qué diferencias hay entre un estudio cubano de tatuajes y un estudio de tatuajes aquí en Miami?

–Al inicio trabajaba en casa de un buen amigo que depositó mucha confianza en mí. Tenía mejores condiciones que yo y nunca vaciló en ofrecerme su espacio, incluso cuando venían personas que él no conocía. Hacíamos que la sala pareciera un estudio de tatuajes. El también es artista y los cuadros que colgaban de sus paredes inspiraban confianza a los clientes. Luego me hice de condiciones básicas para tatuar en mi casa. Trabajaba con personas allegadas a mí, porque no me gustaba mostrar mi espacio personal a extraños. Pero es inevitable y muy positivo que otras personas menos allegadas quieran que los tatúe.

Luego tuve la oportunidad de trabajar en MB Body Art Gallery, una tienda de tatuajes de la cual Barba es el dueño y donde actualmente sigo. Las diferencias entre un estudio de tattoo en Cuba y uno en Estados Unidos son estéticas. Conozco amigos en Cuba que siguen todo el protocolo de higiene que se requiere y el resultado llega a ser tan bueno como el que se obtiene aquí. También mencionaría como diferencia la individualidad de los estudios de tatuajes. Aquí generalmente trabajan varios artistas en un mismo lugar con leyes y reglas que exigen las tiendas. En Cuba, por ser medio clandestina esta práctica, los tatuadores se hacen de su propio estudio ocupando sus propias casas.

Foto: Cortesía de la autora

La espiral que se convirtió en caracol pasó por las manos de un muchacho que estudiaba arquitectura. Después de muchos años de haberse ido de Cuba, mi prima Li Misol volvió a Camagüey de visita y se enamoró de uno que había sido su amigo cuando eran niños. Leonardo Sánchez, no se me olvida. Leonardo estudiaba arquitectura y de pronto estábamos mi prima y yo metidas en uno de los albergues de la Universidad de Camagüey, oyendo heavy metal con Leonardo y sus amigos de clases, unos pelilargos que se creían rockeros y hacían tatuajes.

Hablaban de arquitectura, eran flacos y tenían máquinas inventadas con agujas de acupuntura: la perfección. Además de convertir la espiral en caracol, mi arquitecto llamado Yam me llevó al baño y me dio una ducha de besos, saliva y agua fría. Así que mi prima y yo fuimos un par de rockeras con sus dos novios peludos. Un tiempo después Yam me mandó a decir que me hiciera la prueba del SIDA, que se había contagiado y no sabía desde cuándo. A ese primer tatuaje romántico le siguieron cuarenta.

–¿Qué sientes cuando haces un tatuaje?

–El sentimiento de responsabilidad se siente desde que comienzas a diseñar una pieza. Siento también esa confianza ciega que deposita en mí cada cliente, lo que hace ese momento tan gratificante. Se parece a la consulta del doctor, al cual dejamos hacer su voluntad como profesional. Me siento orgulloso, poderoso, posesivo, pero no dejo que la humildad suelte riendas. Muchas veces, por las largas horas de sesión, los clientes, a modo de confesión, te cuentan secretos íntimos. Confesión no, a modo de terapia. También me desahogo de vez en cuando con alguno de ellos. Como el bartender y ese cliente amigo después de un arduo día de trabajo.

–¿Dónde compras las tintas, las máquinas de hacer tatuajes y todo el instrumental?

–Me gusta trabajar con materiales de la mejor calidad por la comodidad que propician y la visualización profesional que proyectan. Una marca en específico con la que me gusta trabajar es la KFIRON, de aquí de Miami. Comencé a usarla cuando decidí tomar el tattoo como profesión. Pero también adquiero materiales de utilización cotidiana como caps, agujas, bálsamos, en tiendas online dedicadas a la venta de estos materiales.

–¿Qué necesita un tatuaje, a nivel de instrumentación?

–La instrumentación no es muy excesiva, a decir verdad. Cada persona tiene su manera de tatuar y he tenido el privilegio de ver cómo lo hacen artistas de diferentes países e intercambiar experiencias y conocimientos en cuanto a proceso de trabajo. A mí en lo personal me gusta trabajar con la máquina Pen Xion Expectra de la KFIRON y tintas de la Fusion. En resumen bastaría con una máquina, ya sea de bobina o rotativa, un power supply para regular el voltaje de la máquina, agujas en cartuchos o tradicionales, tinta, caps, papel calco, alcohol para desinfectar, papel servilleta y bálsamo para hidratar la piel.

Foto: Cortesía de la autora

–¿Que necesita un tatuaje, a nivel técnico?

–Cada estilo exige diferentes habilidades técnicas pero las líneas uniformes son imprescindibles, como base primaria. Cada estilo tiene su particularidad pero es esencial la organización en cuanto al diseño que se esté realizando. Diría que conocimientos de sombras y de body flow, porque el principio básico del tattoo es decorativo. Diría que hay que tener una resistencia física, porque pasamos horas en la misma posición, pero esto se va adquiriendo con la práctica.

En el 2016 me hice dos o tres tatuajes en un estudio enorme del Southwest llamado Incaholik Tatoos Kendall. Es un espacio lleno de mesas de tatuaje trabajando al mismo tiempo, música alta, luces, espejos, una infinita fila de clientes y ofertas de descuento para ponerse piercings o hacerse tatuajes pequeños, del tamaño del centro de la palma de una mano.

Conocí a Dasiel Fernández gracias a Maikel Domínguez y a Lisyanet Rodríguez, dos artistas cubanos residentes en Miami que pusieron sus cuerpos bajo la maquinita afilada de Dasiel Fernández antes que yo, que probaron su pulso y su equilibrio antes que yo, recomendándomelo como un fuera de liga. Los tatuajes de Maikel Domínguez y de Lisyanet Rodríguez son de revista y de portada de revista. Dasiel Fernández tal vez sea, sin saberlo, el tatuador más importante de mi vida, por haberme tatuado el nombre de mi hijo en los dedos de la mano derecha.

–¿Tienes tatuajes hechos, quiero decir, en ti mismo?

–No tengo ningún tattoo y me ha creado polémica. Vendo un producto que no promociono. Así de simple. Tal vez lo que me frena es el síndrome del primerizo o la falta de confianza. Muchas personas cometen el error de pensar que por ser tatuador uno es capaz de hacer lo que el cliente proponga, y no es así. El consejo que doy es que primero se debe estudiar al artista.

–¿Te harías un tatuaje a ti mismo?

–Sí. Me haría un tatuaje a mí mismo tal vez para entender el dolor que inflijo a mis clientes y saber hasta qué punto debo dejar refrescar la piel. Pero solo me lo haría en términos de experimentación. Desear una pieza sería complicado, por la concepción, porque tendría total control sobre mi sufrimiento y creo que el resultado no sería el esperado. Este ha sido el consejo de los amigos que han tenido prácticas de auto-tatuaje.

–¿Cuáles son los diferentes estilos de tatuajes y cuál es el que te gusta hacer a ti?

–Existe una gran diversidad de estilos de tattoos inspirados en culturas de todo el mundo, que se han hecho famosos. Desde los pioneros Maoríes de Nueva Zelanda hasta los tradicionales Old School Americanos o los muy distintivos Hand Poking de los yakusas en Japón. A modo general, los estilos son los Tradicionales Japoneses, American Old School, Maoríes, Neotraditionals, New School, Mandalas, Realism, Trash Polka, entre otros. En lo personal me gusta trabajar con el realismo, esto a causa de la fuerte formación académica que tuve durante cuatro años en San Alejandro y mi fascinación por la tridimensionalidad que el realismo simula en la piel.

–¿Prefieres tatuar a hombres o a mujeres?

–En cuanto a género es un hecho que las mujeres son más tolerantes al dolor que los hombres y puede ser mejor trabajar con ellas. Pero eso no aplica a todas.

–¿Haz hecho tatuajes a niños o a ancianos?

–He realizado tatuajes a ancianos. A niños no. La persona de más edad que he tatuado tendría unos 70 años y fue una experiencia muy placentera. Se le podía notar en la cara cómo se despojaba de todo prejuicio social y cómo yo acababa de llenar ese check list que le martilla la conciencia a los que se les acorta el calendario. Por el contrario, a los niños nunca me atrevería a tatuarlos. No solo por el hecho de que es ilegal, sino porque jamás sería cómplice de algo tan incorrecto. Aquí cuando un cliente viene a tatuarse, debe llenar una hoja con sus datos. Uno de esos datos es la edad. El cliente debe ser mayor de edad. Es obligatorio.

Foto: Cortesía de la autora

Oigo hablar a Dasiel Fernández sobre ética y corrección, sobre dolor. Me asombro. La sociedad ha construido una idea del tatuaje y de las personas que hacen tatuajes ligada a lo inescrupuloso, a lo enfermo, a lo mentalmente trastornado. La madre de uno de mis mejores amigos nos decía medio en broma que nosotros, al tatuarnos, solo estábamos llenando el vacío interior.

Las caras de mis parejas cuando me veían desnuda llena de tatuajes se iluminaban en la oscuridad del éxtasis, como si yo fuera, en efecto, una pequeña galería cinética. En ese sentido, ¿un tatuaje apuntala aquella zona de uno que está a punto del derrumbe? No. Nada más lejano. Un tatuaje es un decorado. La historia de las hormonas y la adicción al dolor es solo una fórmula química demostrable y cierta. A ese decorado imperfecto y simple, porque la piel no es una página plana, uno le da los significados más maravillosos.

–¿Cuál es tu tatuador preferido?

–Puesto que prefiero el realismo, tengo a Nikko Hurtado como uno de los artistas que me interesa estudiar.

–¿Tienes alguna imagen que no tatuarías nunca?

–Cada persona tiene diferentes gustos y nunca he perdido tiempo en juzgar lo que cada cliente quiera tatuarse. Aprendo de cada uno de ellos. No creo que alguna imagen vaya en contra de mi ética al punto de no tatuarla.

–Cuéntame una anécdota graciosa que te haya pasado tatuando.

–Fue con un amigo mío. Mi amigo me había pedido con anterioridad que le tatuara un Frankenstein en la pierna. Pensé que sería esa clásica imagen del rostro del personaje. El día de la cita llegó, agarró una hoja en blanco y con un bolígrafo hizo un dibujo en diez segundos. Debo mencionar que mi amigo no tenía muchas habilidades, era un dibujo de una gráfica muy básica que él solía dibujar en grafitis. Luego me dijo que quería exactamente eso. Tardé en hacerlo menos de tres minutos.

Otra experiencia simpática fue la de una señora (de 50 años aproximadamente) que quería un tattoo en la muñeca pero a modo de consejo me pidió que le recomendara un diseño para hacerse debajo de los senos. Se desvistió por completo, enseñándome la zona de los senos donde quería el tattoo, pero al final no hizo caso a lo que le recomendé. Ella solo quería quitarse la ropa.

–¿Te has enamorado de alguien a quien hayas tatuado?

–Sí. Me enamoré de una persona con la cual sigo teniendo contacto, fuera de las tintas, por interés mutuo.

Dasiel Fernández me miró directamente a los ojos, como si supiera que aquella conversación iba a pasar al olvido, sobre todo ahora, en medio de la pandemia y del pánico. Como si supiera que el amor ya no es importante. Pero el amor sí es importante y a mí no se me olvida nada que tenga que ver con tatuajes. Mucho menos si el tatuador es, sobre todo, un artista. Sucede poco.

Mientras Dasiel Fernández tatuaba la cola del pez imaginariamente, entró un mensaje de Tana Oshima a mi buzón de yahoo:

«Legna querida, ¿cómo estás? Yo estoy del Coronavirus hasta la coronilla. Llevo siguiendo la crisis del maldito virus desde antes del Año Nuevo Chino, que fue como a principios de febrero, porque mis padres estaban viviendo y trabajando en China. Cuando salió a la luz la epidemia, porque el Gobierno chino no lo podía seguir ocultando, mis padres volvieron a Japón corriendo, y allí siguen, tranquilitos. Los chinos fueron los primeros en darse cuenta de que este virus es muy contagioso (ahora saben que es diez veces más contagioso que la gripe) y que ataca sobre todo a gente mayor o enfermos crónicos, sobre todo gente con enfermedades del corazón, de los pulmones, cáncer, etc. También fueron los primeros en darse cuenta de que los hospitales no tenían capacidad para atender a tantos enfermos de golpe. Como es una dictadura, no tuvieron problemas en adoptar medidas férreas (aberrantes) para contener la epidemia. Dos meses después, declararon la epidemia «superada», lo que quiere decir que sigue habiendo casos, pero hay más altas que bajas. El virus llegó a Japón y obligó a cerrar los colegios como medida de prevención. Eso fue a mediados de febrero. En Japón no aumentan los casos, pero esa es otra historia que te contaré en otro momento si tienes interés.

El virus se siguió propagando por el mundo, pero no genera ninguna crisis nueva hasta que llega a Irán. De Irán sé poco, pero sé que tiene muchos casos. Y luego aterriza en Italia, y no se dan cuenta de lo grave que es hasta que empiezan a tener más de mil casos nuevos cada día, y los hospitales se desbordan. Llega un momento en que no pueden atender ni una apendicitis porque todas las camas hospitalarias están ocupadas, y no les quedan respiradores, ni les queda sangre en los bancos de sangre. Entonces, o dejan morir a los más mayores y liberan camas, o dejan morir al que tiene apendicitis. No conozco en detalle las decisiones que toman, pero yo me imagino que están dejando morir a los más ancianos para liberar camas. Para entonces Italia ya había declarado el estado de emergencia y puesto a la gente en cuarentena y con restricciones de movilidad. Aun así, ahora es cuando más muertos están teniendo. (Gente mayor sobre todo). El Gobierno italiano está considerando ponerse a construir hospitales a toda prisa.

Luego le pasó lo mismo a España. Tardaron en tomar medidas porque el golpe económico de la cuarentena es muy fuerte, y porque nadie se lo toma en serio al principio; parecen exageraciones. Pero empezó a pasar lo mismo en los hospitales. Desbordados, sin suficientes camas ni equipos ni médicos ni enfermeros. Miles de casos nuevos cada día. Entonces imponen la cuarentena e intentan contener la epidemia. Y así están ahora, sin poder salir de casa, con policías en las calles. Mi hermana me dice que ahora mismo no puedes ir al médico en Madrid salvo que te estés muriendo, porque no tienen capacidad para atenderte. Y eso era precisamente lo que querían evitar, el colapso del sistema sanitario.

Estados Unidos tiene muchas menos camas hospitalarias per cápita que Europa o Japón, porque los hospitales son carísimos y están acostumbrados a servir sólo a una parte de la población. Al mismo tiempo hay muchos millones de personas sin seguro médico (como tú) que no irán nunca al médico y serán casos de coronavirus que no se contabilicen, así que no me extrañaría que el número oficial de casos aquí vaya a ser relativamente pequeño, simplemente porque no se testan. Lo que no sé es qué pasará con tanto enfermo y tan pocas camas. Eso queda por ver.

En Nueva York han tardado mucho en cerrar los colegios. Pasa una cosa con los colegios, y es que son uno de los principales focos de infección porque los niños casi no tienen síntomas, y si cogen el Coronavirus, no nos damos cuenta y no tomamos medidas, pero ellos siguen contagiando.

Por otra parte, también hay mucho pánico, que se extiende más rápido que el virus. Pero en una situación así, te recomiendo que te abastezcas de comida, del famoso papel higiénico y de lo que te haga falta, porque en los primeros días de cuarentena los supermercados pueden quedarse medio vacíos, como aquí. Luego, me dicen en España, empieza a haber más cosas en las tiendas.

Pero no te alarmes. El virus no es peligroso para nosotras o para Cemí; es más una crisis del sistema, del sistema sanitario en particular pero también del sistema social. Lo que están intentando evitar es el desbordamiento de los hospitales para que la gente no se acabe muriendo de una simple apendicitis sólo porque no había suficientes camas en el hospital, o goteros, o médicos, o que tengan que dejar morir a un enfermo para darle la cama a otro. Para eso necesitan contener la epidemia como sea.

Es todo bastante increíble, pero pasará. En unos meses lo recordaremos incrédulas. Cuídate mucho y mantén la calma, vamos a estar bien (de salud. Económicamente… no sé. Yo ya me he quedado sin fuentes de ingresos, como tanta gente). Puede que sea el momento de hacer y decir tonterías.

PD: Espérate un poquito para el tatuaje. Mientras tanto te lo dibujas con tinta de calamar».

Pero el tatuaje, cuando mis ojos leyeron su mensaje, ya estaba terminado, imaginariamente. En tiempos de Coronavirus, hacerse un tatuaje debe ser imaginario. Que sea imaginario lo convierte en deseo, capricho, obsesión, orgasmo. No se debe salir de casa durante la cuarentena. Debería prohibirse salir de casa.