Agua y memoria

Quiero comenzar con un relato que plasmó Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, porque me pasó lo que a Diego cuando vio la mar:

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur. 

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. 

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. 

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

—¡Ayúdame a mirar!

Yo también dije «¡ayúdame a mirar!» cuando vi la ciénaga de Zapayán. Pero no a mi padre. Se lo dije al Magdalena.

Desde muy temprano las mujeres de Bomba, corregimiento del municipio colombiano Pedraza (Magdalena), se van a lavar a la ciénaga de Zapayán. Llevan una ponchera de ropa sobre la cabeza y la sostienen con magistral equilibrio.

Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.
Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.

Cuando llegan a la orilla no comprueban si el agua está fría: se quitan las chancletas, sumergen los pies sin pensarlo dos veces, se dirigen hasta unas piedras planas sostenidas por horquetas, y ahí descargan las poncheras. Cada mujer tiene la obligación de cuidar la piedra que le corresponde y de ceder espacio a las que van llegando.

Antes de mojar la ropa, presionan con los manducos las barras de jabón Oro hasta convertirlas en capas delgadas y conformar una bola para enjabonarla como se debe.

«A mí me gusta que el jabón ruede por los trapos, eso sí es lavar con sabrosura», dice Iris Fontalvo, una lavandera robusta y carismática.

Para iniciar la charla, como es costumbre, hay una lavandera que pregunta si ya tomaron café. Algunas lo toman antes de lavar y otras prefieren hacerlo al terminar la jornada, pero no falla. Lo consideran un líquido sagrado:

—Mujeres, ¿ya tomaron café? 

—Todavía no hemos visto a Dios —responden en coro las que no han consumido.

Confluyen el cantar de los gallos y el sonido de los manducazos; se encuentra el sol con el olor a jabón. Las historias de las entrañas del hogar pasan a ser jocosas y alentadoras charlas que, con el tiempo, van de boca en boca:

—Volveré a ponerme ropa de color. Dejaré el luto —dice una lavandera.

—Ya está bueno, hace rato que no goza —responde una lavandera al tiempo que enjuaga una blusa de rayas. 

—Esa ropa yo no me la estrené en las fiestas de diciembre ni en las fiestas patronales. Para qué estrenar si tenía el corazón triste. Los pies no me daban ni pa’ bailar. Pero ahora sí.—Goce la vida que no se sabe cuándo nos llame el cementerio.

Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.
Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.

Son como el periódico del pueblo, siempre le conceden un lugar al mañana: 

—Ayer se casó Juana.

—¿Cómo va a ser?

—Sí. Juana fue con sus amigas al baile. Yo las vi pasar en la noche: eran cuatro las que iban, pero en la madrugada pasaron tres. Las cuentas estaban malas. Faltaba Juana.

—¿Se casó con un forastero o con uno del pueblo?

—Por ahí se dice que fue con uno del pueblo. 

—Mañana ya sabremos.

Hay momentos en que las anécdotas reposan y un mutismo invade a las lavanderas. Darle manducazos a la ropa resulta para ellas una especie de terapia si recuerdan una voz, un pensamiento o una canción que las atormenta o incomoda. Cada prenda de vestir que manduquean simboliza lo que se olvida por un rato o lo que se quiere dejar atrás. El manduco (pieza de madera), además de ser clave para despercudir los trapos, viene siendo como un mantra. 

Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.
Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.

«Cuando me quedo en silencio es porque se me viene a la mente hacerles el desayuno a los niños que se van para el colegio y dejar la casa ordenada para irme luego al colegio a vender dulces», comenta Iris. 

«Pienso en conseguir el pescado y el arroz», dice Melva Medina, quien tiene los brazos tonificados de tanto usar el manduco.

Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.
Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.

Al divisar que los pescadores se acercan a la orilla, las lavanderas detienen la faena por un rato para saber si la pesca estuvo buena o mala, y comprar pescado. Rodean a un pescador veterano a quien llaman «Juve» y lanzan la pregunta: 

—Ajá, ¿cómo le fue hoy?

—Vine contento.

Cuando la jornada estuvo pésima los pescadores responden a dicha pregunta con dos palabras: 

—Trajimos cansancio.

La ciénaga de Zapayán es un punto de encuentro; un escenario para mirar y narrar el diario vivir donde confluyen todos en paz: los que van a buscar agua para llevarla a casa, los niños que juegan, las garzas vigilantes que se posan en la punta de las canoas, los valerosos pescadores, y estas lavanderas pujantes.

Contemplan sus reflejos en la ciénaga, y el reflejo no miente. Es una voz que dice la realidad: no hay agua potable. El reflejo también les permite reconocerse como un pueblo que lucha para no olvidarse. Por eso conversan sobre lo que son, sobre lo cotidiano. 

Día tras día las lavanderas hacen de este arduo oficio una tradición de más de cien años que se alimenta de las historias paridas por la cotidianidad. 

Mientras se acomoda su ponchera llena de ropa limpia sobre la cabeza, ya lista para irse a casa, Iris Fontalvo, abrazada por la costumbre, suelta una frase a todo pulmón:

—Ni si me regalan una lavadora dejaré de venir a la ciénaga.

No es lavar por lavar, es también contarse historias en el agua. Historias que no se borran del cuerpo ni de la memoria.

  • Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.
    Linda Esperanza Aragón. Agua y memoria.

(Fotografías autorizadas por Linda Esperanza Aragón).

Newsletter

Recibe en tu correo nuestro boletín quincenal.

Te puede interesar

Cuba, la antesala de un cambio

El aire está muy cargado en las calles de...

Cuba: La democracia improbable y el juego de la historia

Resulta difícil contribuir con alguna novedad y sensatez al...

Ada Ferrer: «La Patria debe ayudar a dar vida»

Ada Ferrer, historiadora cubanoamericana ganadora del Pulitzer, publica ahora Keeper...

Cuba no es La Habana Vieja

Existen muchas formas de ser cubano y la mayoría no encajan en los estereotipos que abunda en los medios y las redes sociales. 

¿A quién le interesa la reconstrucción de Cuba?

No conviene reconstruir Cuba. No porque sea costosa, dígase...

Apoya nuestro trabajo

El Estornudo es una revista digital independiente realizada desde Cuba y desde fuera de Cuba. Y es, además, una asociación civil no lucrativa cuyo fin es narrar y pensar —desde los más altos estándares profesionales y una completa independencia intelectual— la realidad de la isla y el hemisferio. Nuestro staff está empeñado en entregar cada día las mejores piezas textuales, fotográficas y audiovisuales, y en establecer un diálogo amplio y complejo con el acontecer. El acceso a todos nuestros contenidos es abierto y gratuito. Agradecemos cualquier forma de apoyo desinteresado a nuestro crecimiento presente y futuro.
Puedes contribuir a la revista aquí.
Si tienes críticas y/o sugerencias, escríbenos al correo: revistaelestornudo@gmail.com

Linda Esperanza Aragón
Linda Esperanza Aragón
Comunicadora social-Periodista, fotógrafa documental y especialista en Gerencia de la Comunicación para el Desarrollo Social, con residencia en el Caribe colombiano. Desde la escritura y la fotografía cuenta historias sobre la vida cotidiana y la cultura popular de los lugares que visita. Ha expuesto en varios países de Latinoamérica y publicado en GatopardoHayo MagazineEl EspectadorEl TiempoSemana RuralCartel Urbano, entre otros. Ganadora del segundo lugar en la categoría Turismo del Xilópalo, Premio Nacional de Periodismo Digital (2023), con la crónica «Palenque late en los cinco sentidos», publicada en El Estornudo.

Artículos relacionados

Una Alternativa nicaragüense al imperialismo y la dictadura 

«El proyecto surge como necesidad frente a años de ausencia dentro de la juventud de alguna organización política enfocada en la construcción de un partido de oposición revolucionaria».

Edenis Sánchez: un alelí que florece en Chile 

Su llegada a Chile fue fruto de un intercambio cultural. El estallido social, la maternidad y luego la pandemia marcaron un giro inesperado: no pudo regresar con su hijo a Cuba. «No decidí emigrar, fueron cuestiones extras a mi voluntad», confiesa. 

Flagelantes de Santo Tomás: «Aquí está tu hijo»

En Santo Tomás, Atlántico, municipio ubicado en el Caribe colombiano, las personas se flagelan por la salud propia o de sus familiares. Le llaman «pagar una manda». Se trata de una promesa que hacen directamente a Jesús de Nazaret. 

El Torito Ribeño: una danza casi eterna

Los colores vivos, y cada elemento que lucen, son toda una experiencia visual. La gente que los observa bailar puede verse también reflejada en los espejos que cada uno porta en el disfraz. Es un gran jolgorio, un disfrute colectivo: yo soy tú, tú eres yo. 

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí