Días de coronavirus (XX)

Después de tantos días acosados por la peste, el miedo se va transformando en un sentimiento distinto. En puro asco, tal vez, y en apatía y una cierta languidez que va engordando tanto como yo. A ningún personaje literario me voy pareciendo más que a Oblomov, la criatura creada por Iván Goncharov a partir del tedio de la Rusia de provincias, que despachaba los asuntos de su hacienda entre almohadones y rendido a un fatalismo a prueba de Steven Pinker y toda su legión de optimistas panglosianos.

Lucho, no obstante, contra esa tentación de los días malos: la de multiplicar el encierro encerrándome aún más en el estudio y el dormitorio, regalando el resto del apartamento a las fuerzas de un mal invisible, como los hermanos de «La casa tomada», el cuento de Julio Cortázar.

Pero juego con trampa a dejarme llevar, porque no lo haría. No podría hacerlo. M. es la razón y a la vez la herramienta que impide que me abandone.

Esta mañana subí a la bicicleta estática en ayunas. Se anunciaba la fragancia de lo que me tocaría comer. Recordé, pedaleando y aspirando el perfume, aquella certeza de Chateaubriand que antecedió a la frontera porosa y el ir y venir de las mulas: “la isla de Cuba se anuncia por el olor de las vainillas en la costa de la Florida”. Ya M., que tiene más trabajo y preocupaciones que yo, ¡muchas más, porque de ella dependen personas y salarios!, había dado a la olla de presión orden de bufar.

Ajeno al perfume ambiente, Vasili Grossman se llevó el resto de mi mañana contando otra batalla, la de Stalingrado.

«¿Comemos?», me mandó M. a desplazarme de la mesa de trabajo a la de comer sobre las dos de la tarde, como quien invita.

Sirvió frijoles negros y arroz blanco. Este díptico ha de ser descrito siempre en ese orden. Porque solo ese orden preciso sustenta el universo, mi universo. Ese por el que se pasean simultáneamente mi niñez y la vejez que alcanzaré a mediados de este siglo si escapo a la pandemia y la depresión que la seguirá. Ese futuro donde me veré obligado a batir el analítico dúo y convertirlo en sintético puré.

Sinceramente, no sé cómo habría podido vivir este encierro sin M. Sin su firmeza y su sazón. También sin sus pesares, sus congojas íntimas o compartidas, que me obligan a mantener el tipo.

Después de comer y antes de volver al trabajo echamos una partida de dominó. M. ganó más. Los tiempos de pandemia no abolen la injusta tiranía de las chiripas.

Hace muchos años, unos meses antes de que echaran abajo el Muro de Berlín, M. y yo emprendimos un viaje por Europa oriental que nos metió en otro confinamiento. Fue en un hotelito que se levantaba junto al monasterio de Rila, a 150 kilómetros al sur de Sofía, Bulgaria. Pensábamos pernoctar en un camping del que nos habían dado las señas, pero lo encontramos cerrado. El escaso dinero que llevábamos alcanzó apenas para pagar las dos habitaciones de hotel que nos obligaron a tomar, porque no estábamos casados, y comprar vino y patatas asadas. Pasamos 48 horas en una de las dos habitaciones, bebiendo, comiendo patatas y conociéndonos, porque nos habían presentado poco antes.

Recordé aquel encierro más o menos voluntario en Rila, mientras me deshacía de los dobles y las gordas en la partida de esta tarde. M., entretanto, disfrutando con sonrisa de suficiencia la paliza que me estaba dando y la sorda furia con que yo me la tomaba.

“Ya está”, protesté al poco rato humillado y comencé a recoger las fichas como el proverbial niño que se lleva el guante y la pelota: “Me voy con Grossman”, me despedí y me alejé cuatro pasos, los que separan las dos mesas.

Y ella, mientras respondía al teléfono para resolver qué sé yo qué, se dirigió a la cocina para poner la tetera al fuego para aliviarme el rato.

¡Ah, el fuego! Vivir la pandemia, soportarla, requiere de llama y de fuego. ¿No ardían fogatas y antorchas en Venecia en el paisaje de la peste que dibujó Visconti?

Algún día M. y yo recordaremos este encierro juntos como un episodio más del carnaval que es la vida.

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Campa & Campa

Leandro Eduardo Campa fue (o es) un escritor nacido en La Habana, Cuba, en 1953. Llegó a los Estados Unidos con el éxodo del Mariel. Medio vagabundo, elegante y mitómano (según dicen), vendía prendas falsas en las calles de South Beach o de la Pequeña Habana.

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