Garatti en ruinas

    Llovía. Él me preguntó si no había ido a las ruinas y le respondí que no. Le mentí, claro está. Él me preguntó por qué no había ido y le respondí que no lo había hecho por falta de tiempo. Él supo que le mentía, por supuesto, y sonrió. En los diez segundos que duró la sonrisa en sus labios, como un funambulista que se aferra para no caer —me refiero a la sonrisa—, me agarró del brazo y me llevó hasta la ventana. 

    Era de noche y el cielo, más que negro, era de un rojo aguado. 

    Era una acuarela.

    Era de noche y el cielo, más que negro, era un deslave de cenizas. 

    Era un alud.

    Era de noche y el cielo, más que negro, era un manto, era un velo, era la túnica del duelo.

    Era una fantasmagoría.

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Detrás de las ventanas de aluminio señaló, allá, entre las palmas, una serpiente tan grande que daba la vuelta al bosque. Quise verla comiéndose a sí misma, mordiéndose la cola. Pero él puso mis ojos sobre sus manos y los llevó hacia un grupo de arañas gigantes que, más allá, tenían formas abovedadas y cuatro patas muy finas, a punto de quebrarse. 

    Cupulinas macabras.

    Estábamos en mi cuarto de la Universidad de las Artes de Cuba. Yo estudiaba una Maestría en Danza y no tenía otro lugar para vivir. No tenía nada. Realmente no tenía nada. Pero todos los días me recordaba que estaba estudiando, y eso hacía más llevadera mi precariedad. Tenía un gran privilegio: un cuarto para mí solo. También tenía hambre.

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    En el comedor conocí a Sandra, una mujer de 54 años que vivía cerca, en una de las mansiones del antiguo Country Club Park. Una mansión laberíntica dividida en 32 casas. Ella repartía la comida y se convirtió en mi amiga. Sandra vivía en uno de los garajes de la casona. Vivía sola. Un año antes estaba con sus dos hijos.

    Pero ahora ellos están presos. 

    Pero ahora ellos la llaman y le dicen que quieren morirse.

    Pero ahora ella lleva a cada uno un saco de comida cada tres semanas.

    Pero ahora ella me dice que solo vive por ellos.

    Todas las noches, después de la comida, me quedaba en el comedor con ella. Llegué a conocer toda su vida. Ella llegó a conocerme tanto que un día, al no verme, fue hasta mi cuarto y me encontró llorando. Al abrirle me miró a los ojos quebrados y me dijo con una tranquilidad de témpano: «No llores por amor». 

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    En una mano llevaba tres panes con carne de cerdo y en la otra una jarra con leche caliente. Puso todo eso sobre la mesa en la que escribía, y se acostó a mi lado. Antes se quitó la bata de médico que usaba para trabajar, manchada siempre de grasa y con un olor a comida recién hecha que ya había traspasado las telas hasta llegar a su piel, hasta ser su piel, hasta ser ella misma.

    Esa noche me contó que su hijo, el más pequeño, era mudo y que no pudo defenderse en el juicio. Lo acusaban de asesinato.  

    —En el garaje vivíamos los tres felices. Con mil necesidades, pero felices. Imagínate, en este país ya nadie es tan feliz. ¿Cómo se puede ser feliz en este país? Donde nada funciona, donde nada es como debe ser, donde nada es lo que aparenta ser, donde nada sirve. Donde se llega a abandonar a la persona que más uno ama por irse a limpiar culos a los Estados Unidos. Como me pasó a mí. Mi esposo me amaba por encima de todo. Y yo a él. De qué vale. De qué vale que hayamos sido novios desde los 17 años. De qué vale que le haya dejado de hablar a su madre porque ella no me quería. Nadie, nunca, quiere la pobreza. Y menos una madre para su hijo. Para su único hijo. Para ella yo representaba la pobreza. Razones tenía. Yo no estudié. Mis padres no me llevaron a la escuela. En este país se dice que no existen personas analfabetas desde no sé qué año. Eso es mentira. Te lo digo yo. Y te lo digo por mí. No sé ni leer ni escribir. Por eso quiero pedirte un favor. 

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Como sabía que me dedicaba a escribir me pidió que hiciéramos juntos una carta dirigida a Miguel Díaz-Canel

    —Quiero decirle, por si no lo sabe, que en este país se cometen injusticias. Con mi hijo, el más pequeño, se cometió una injusticia. El otro sí tiene que cumplir, y lo asumo. Él sabe lo que hizo. Pero mi niño no. Mi niño es bueno, yo lo sé. En la cárcel lo castigan y le dan golpes porque no quiere comunicarse con la traductora. Cuando voy a visitarlo me llevan a un cuarto para verlo. A mí sí me entiende. Yo no sé hablar por señas. Yo le hablo normal y me entiende. Como yo lo entiendo a él. El domingo pasado me dijo, a su manera, que él no lo mató. Todo por una paloma. Mi niño criaba palomas y se juntaba con gente de ese mundo. Mira que le dije que saliera de ahí, que eso no trae nada bueno. Estaba obsesionado. Se pasaba todo el día en el palomar, arriba del garaje. Yo le llevaba chícharos que me robaba de aquí. Con eso las alimentaba. Con eso las alimentaba a ellas y nos alimentábamos nosotros. Por suerte siempre he trabajado en cocinas. La comida siempre la he luchado. Esa noche tocaron la puerta con tres golpes. Tum, tum, tum. 

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Esa noche, minutos antes, El Niño había llegado corriendo a la casa. Se acostó, sin decirle nada. Llegó con la camisa empapada. Ella pensó que era sudor. Le dijo algo y El Niño no respondió. Se metió en su camita, al lado de la cama grande donde ella antes dormía con su otro hijo y donde, ahora, duerme sola. 

    El Niño no se quitó la camisa, no se quitó el pantalón, no se quitó el calzoncillo —siempre dormía desnudo—; no se quitó ni las medias ni los zapatos. Solo se acostó e hizo con la sábana una cueva. Mi amiga no le dijo nada más. Mi amiga sabía que El Niño, a veces, podía ser muy violento.

    A medianoche tres golpes. Tum, tum, tum. A medianoche una llamada. Tum, tum, tum. A medianoche una sirena. Tum, tum, tum. A medianoche un temblor. Tum, tum, tum. A medianoche El Niño aún no se había dormido, y ella tampoco. Tum, tum, tum. A medianoche dos policías estaban frente al garaje y preguntaban por él. Por su niño. Ella pidió explicaciones y gritó como solo una madre puede gritar. 

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Los dos policías como dos bestias la tiraron al piso, y lo sacaron él, su niño, por el aire. Bajo la luz del farol vio que la mancha no era de sudor, sino de sangre. Y vio que uno de los policías, como un bestia, la apuntaba con un puñal.

    —¿Lo conoces?

    —No. Nunca lo había visto.

    —Tu hijo no es un santo. Tu hijo es un asesino. Esta es el arma homicida. La hemos encontrado en uno de sus bolsillos. 

    —Mi hijo es un niño bueno, y ni tú ni nadie me puede decir lo que yo sé. Mi hijo es inocente.

    —Ya lo veremos. 

    —Él no mató a nadie. Seguro fue uno que andaba con él. 

    —El muerto muerto está. Lo mataron por una paloma que se había ido con su bandada. 

    Esa noche Sandra se quedó en mi cuarto, y a la mañana siguiente, a las seis, se fue a repartir el desayuno. Me despertó y me dijo: «Olvídate de la carta al presidente. Ese tipo es un descara’o».

    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Ballet (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Ya no pude dormir más y salí a correr por entre las mansiones del barrio más lujoso de La Habana. En esa zona hay lugares bloqueados con cercas de tres metros de altura. Uno de ellos es El Laguito. En los años cincuenta aquí vivía la gente no solo más poderosa de Cuba, sino del mundo. Aquí vivía la gente que gobernaba el mundo. Ahora vive el grupito militar que manda, a bolina, un país. 

    Una de esas mañanas en que salía a correr encontré una mansión abandonada. Como siempre he tenido filia por las ruinas crucé la cerca y entré por una puerta abierta al fondo. Era la puerta de la cocina. Entré y lo primero que vi fue una fotografía enmarcada de Camilo Cienfuegos: «EL SEÑOR DE LA VANGUARDIA».

    En lo que antes fue el salón principal vi cientos y cientos de cascos de hierro, militares, verdes. En un cuarto había, cubierta por telarañas, una central de comunicación. Cientos y cientos de cascos. Cientos y cientos de cables. Escombros.

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Otro día dos tipos barrigones con pulóveres a rayas me bloquearon el paso. 

    —Por aquí no puedes pasar.

    —¿Por qué?

    —Porque no.

    —¿Dónde lo dice?

    —No lo tiene que decir en ningún lugar.

    —Ah, ¿no?

    —No. Lo decimos nosotros.

    —¿Y quiénes son ustedes?

    —Dos revolucionarios. Es más, da media vuelta y piérdete. Por aquí no puede pasar nadie. Es zona militar. Si tienes dudas nos avisas, tenemos allí la patrulla.

    Sandra me dijo que en esa cuadra vive Miguel Díaz-Canel con su familia. Antes ella cogía por ahí para ir a su casa porque le hacía camino. Desde que el «descara’o», se mudó para ahí, ella tiene que desviarse y caminar veinte minutos más. También me dijo que esa casa tiene piscina, y que antes su esposo trabajó ahí como electricista.

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Acabo de leer que murió en Milán, a los 95 años, el arquitecto Vittorio Garatti, y recuerdo que Sandra y yo íbamos a comer mangos de una mata que está en las ruinas de la Escuela de Ballet, eso que un día también iba a ser parte de las Escuelas Nacionales de Arte de Cubanacán. A veces Sandra terminaba su turno a eso de las tres de la tarde y yo la acompañaba hasta la cerca de lo que hoy es la Universidad de las Artes de Cuba. Ella, siempre con su bata de médico grasienta, se metía por un hueco porque por ahí llegaba más rápido a la casa y no se tenía que desviar. Es decir, no tenía que enfrentarse a los dos tipos barrigones que protegían el otoño del patriarca. 

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Antes de despedirnos tirábamos piedras a los mangos y caían y caían y caían. A pesar de nuestras tristezas reíamos como dos niños. Mi amiga me ayudaba a recoger algunos en un bolso para que comiera algo el fin de semana. 

    Luego me quedaba entre esas ruinas. Entre esas ruinas leí un único libro: El tambor de hojalata, de Günter Grass. Nunca me he sentido más solo. Nunca me he sentido más triste.

    Esas ruinas iban a ser los edificios más bellos construidos en Cuba. Lo son, de alguna manera. El arquitecto Garatti construyó sus escuelas de ballet y de música como dos labios que tienen en el centro un río. El río Quibú. Pasé horas en medio del eco de esos pasillos. Pasé horas metido dentro de «el gusano», como le llaman a lo que se pudo construir de la Escuela de Música. Me metí en lugares insospechados. Imaginé todo aquello terminado. Imaginé violinistas dentro de aquellos cubículos, rasgueando las cuerdas.

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Pasé tantas horas dentro de esas ruinas, solo, que llegué a creer en la mutabilidad de los cuerpos, de mi cuerpo, convertido en un hongo saprófito que se alimenta de la materia en descomposición, es decir, que se alimenta de las ruinas.

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel

    Sí vi, en medio de las ruinas de Garatti, violinistas. Sí vi flautistas. Sí vi trompetistas. Sí vi guitarristas. Sí vi bailarines improvisando sobre la yerba, sobre las cúpulas, en los pasillos, en los cubículos. Sí vi actores recitando a Strindberg. Sí vi, sí los vi, a todos ellos, besándose, escondidos, del horror.

    Los vi a todos y ninguno me vio a mí.

    Garatti nunca imaginó que sus proyectos (cercenados por Fidel Castro) iban a ser proyectos del arte y la vida disidente, esa que se juega en los márgenes, con el nervio de la guerra en el corazón.

    Esa noche llovía, y él me llevó a conocer eso que yo no conocía. Los dos sabíamos que mentía, pero no importa. Esa noche llovía y entramos en ese gusano que desde la ventana parecía una serpiente tan grande que lo envolvía todo. Cruzamos el Quibú y saltamos sobre el agua que se acumulaba en una de las fuentes diseñadas por Garatti. Corrimos por un túnel lleno de tragaluces convertidos, a estas horas, en cascadas circulares. Debajo de una de las cúpulas gritamos la palabra amor tan fuerte que permaneció durante minutos, incontables, sostenida por el eco. 

    Esa noche llovió tan fuerte que el Quibú subió y subió y llegó hasta nosotros. Lo inundó todo. Nos inundó. Ahogó el eco.

    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
    Escuela de Música (Escuelas de Arte de Cubanacán, La Habana), diseñada por Vittorio Garatti (Milán, Italia, 1927-2023). / Foto: Edgar Ariel
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    1 COMENTARIO

    1. Muy hermoso este escrito.

      Fascinante lugar del que no tengo la dicha de haber visitado, pero leido lo que Antonio José Ponte ha escrito, y vi «Espacios Inacabados (Unfinished Spaces)» de Alysa Nahmias y Ben Murray. Una de las pocas obras arquitectónicas de valor desarrolladas después de la Revolución, escamoteada por el vil sectarismo de Fidel y el Che. Saludos.

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