Es difícil encontrar tres razones convincentes para negar el pronóstico, fácil de hacer, de que la crisis cubana no se resolverá sin violencia política, y en medio de una nueva, rotunda contracción económica, si no un total colapso. Lo contrario, una transición pacífica, justa, equilibrada, respetuosa, democrática, podría todavía ocurrir, pero quién se atrevería a predecir que los cubanos se van a volver checos o que entre ellos aparecerá un Mandela.
En el ensayo 'Viaje al corazón de Cuba', Carlos Alberto Montaner alega que no hubo en las últimas décadas mayor impulsor de la corriente anexionista que Fidel Castro.
La activista política cubana fue nombrada hace solo unos días Embajadora por la Libertad para las Américas de la organización Freedom House, basada en Washington, D.C., y deja esta advertencia para sus compatriotas dentro y fuera de la isla.
A menos de dos meses de las elecciones, la combinación de mayor entusiasmo y participación demócrata, buenos resultados en elecciones especiales, fortaleza en la recaudación y un número creciente de distritos republicanos competitivos hace plausible una ola azul en noviembre, aunque su magnitud sigue siendo incierta. Pero, de hecho, no es ni siquiera necesaria para un cambio de control en ambas cámaras del Congreso en Estados Unidos.