Ellos necesitaban una victoria. Ansiaban una victoria. Las tropas se les habían desmoralizado tras la actuación de los Delta Force en Venezuela: se llevaron...
En 1956, los hombres que llegaron en el yate Granma también fueron descritos por el poder establecido como delincuentes armados. El desenlace de aquella historia transformó el calificativo y moldeó por décadas la memoria oficial del país. ¿Qué convierte a unos en libertadores y a otros en criminales? Hoy, en un contexto distinto, pero con el mismo mar de por medio: ¿qué determina el juicio histórico sobre quienes cruzan las aguas con un propósito político? ¿La legitimidad de su causa, la fuerza que los respalda?
Esta doctrina no carece de su propia lógica interna. Identifica correctamente los fracasos del cambio de régimen tradicional. Reconoce las restricciones políticas domésticas sobre los compromisos exteriores prolongados. Explota la asimetría de poder entre Estados Unidos y las pequeñas naciones caribeñas y latinoamericanas con eficiencia despiadada.
Hay pocas certezas sobre Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Se sabe, por supuesto, de su genealogía «real» y que por una malformación en un dedo de una mano le llaman «el Cangrejo», cosa que no le incomoda. Hasta ahora su vida pública ha consistido en aparecer detrás de su abuelo, Raúl Castro, cuidándole siempre las espaldas con una pose casi paródica de los agentes de seguridad en las películas de Hollywood.
Agotadas las vías para un cambio político pacífico, una gran cantidad y quizá la mayoría de venezolanos ha dado la bienvenida o festejado abiertamente la remoción de Maduro —aun cuando en estos momentos su gente siga en control del país.