Así había cantado antes en la Colina Universitaria (y el audio esta vez tampoco era el mejor, según contó luego gente del fondo), pero la clausura figurada y práctica de la función no deja de ser significativa en la Cuba post-11J.
Pero en Cuba la basura no es la esfera del otro rechazado, sino el espacio común donde todo se descompone. El sujeto, en la indolente degradación del entorno, no tiene tiempo de justificar su pérdida: el hambre, el familiar que emigró, la madre enferma sin medicinas, el hijo perseguido por gritar en la calle durante los apagones, y un largo etcétera.
Caminar —cámara al hombro— por una calle de Jesús María, con el atardecer a la espalda, y que en un mismo encuadre captures las frutas de un carretillero, un santero con sus collares y un almendrón de color chillón… Es una riqueza visual por la que muchos fotógrafos extranjeros cruzan océanos y continentes, y que pudiera ser mejor explotada por nosotros.
El apagón es síntoma de una crisis mayor, crónica, multidimensional que afecta cada faceta de la vida cotidiana en Cuba y que se manifiesta, aún más amargamente, como inflación y escasez de productos básicos, como improductividad y depauperación de servicios sociales (incluidos los sanitarios), como desigualdad y aumento de la violencia, como desconfianza en el futuro y fuga migratoria.
«Las malas fotos» son estas que hice con el único propósito de verlas brillar en la pantalla del teléfono o la computadora. Las tomé en la ciudad donde nací y donde aún vive mi madre.