Breves titulares para una novela decimonónica

    El gen del castrochavismo no lo inoculé yo en la familia, como arguyen insolentemente mis tíos. Comenzó un par de generaciones atrás, en la calle sexta de la ciudad de Pereira, Colombia, cuando las ideas de la revolución vinieron adornadas con besos y chocolates, buscando a una joven que varias décadas después se convertiría en mi abuela.

    Uno de los fundadores de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), Fabio Vásquez Castaño, creyó primero en el amor antes que en el sacrificio que supone la lucha armada, sin saber que la primera sería una empresa muchísimo más difícil de concluir que la segunda. 

    Judith siempre ha sido una mujer práctica y algo arisca. Es la menor de una familia de mujeres donde los hombres solo han significado problemas. Su fortaleza se construyó evitando las malas miradas y comentarios de todos aquellos que conocían su condición de hija por fuera del matrimonio. Tenía 18 años y ganas de ser monja; misión de vida frustrada por su origen «impuro».

    «Me decían que yo era natural, como si todos no lo fuésemos, como si a esos los hubiese parido la tierra», me cuenta con una risa que aún esconde la rabia almacenada con los años.

    No comía cuento ni frases rebuscadas de galanes de pueblo que la creían demasiado incauta. Cuando se sentía caer en tentación tenía su propio mantra: no confiar en promesas de hombres ni en cojeras de perros; frase que su madre, con conocimiento de causa, repetía como letanía. Era coqueta, disfrutaba la atención, le parecía más interesante la dilación que las resoluciones; por eso, ante las múltiples propuestas del futuro guerrillero, siempre respondía con su cantadito de bolero: «quizá, quizá, quizá…».

    Esperar cansa y el amor no pesó más que la lucha en el corazón del hombre. Fabio decidió seguir los nuevos aires del cambio revolucionario y embarcarse hacia Cuba, dejando a mi abuela con sus ilusiones de matrimonio y la reafirmación de que son más reales las cojeras de los perros.

    Estos fragmentos que intento reconstruir me llevan a pensar que, en algún espacio de los multiversos que habito, en la infinidad de mundos posibles, mi historia pudo haberse escrito en la gran isla del Caribe. Pero el destino es caprichoso y decidió que yo naciera rodeada de montañas y lejísimos del mar, que no fuese esta una historia de marineros y puertos, sino de arrieros en medio de cafetales y que, como mi abuela no creía en promesas, hiciese del amor un juramento que aún afirma todas las mañanas.

    Judith / Foto: Cortesía de la familia Peña Beltrán.

    ***

    Es un domingo cualquiera de 1956; al menos eso creía ella mientras organizaba sus cosas para ir a la iglesia. No adivinaba que su rutina —y su vida— serían alteradas cuando, perdida entre los cantos finales, con camándula aún en mano, y el padrenuestro repicando en los oídos, un viejo amigo le presentaría a un sujeto larguirucho proveniente de las altas montañas antioqueñas, aquel hombre que le haría entender la nostalgia que llevó a la mujer de Lot (Génesis 19) a mirar por última vez lo amado, aunque implicara el castigo de la sal.  Lo primero que notó fue sus pantalones holgados. «No me cayó bien, parecía muy montañero”, cuenta mientras sus ojos buscan en las formas del techo las pistas que permitan reconstruir un recuerdo que ya parece demasiado difuso. Pero, como dicen que el amor primero entra por el estómago, mi abuelo no faltó a estos honores y la invitó, como lo haría cualquier montañero, a comer buñuelo. La masa frita y caliente hizo algo al incrédulo corazón femenino, pues sería un ritual que realizarían también la mañana de su boda, ese día en que decidió que, tal vez, podría creer que los hombres no cumplen las promesas, pero pueden esforzarse en hacerlas.

    ***

    Mi abuela tiene alzhéimer. Comenzó con unos pequeños olvidos: «Hija, ¿sabés dónde dejé el celular?»; «Mijo, la basura no pasa los miércoles… Ah, ¿es martes?». De un momento a otro, las cosas comenzaron a cambiar de lugar, los días se perdieron en medio del calendario, las personas tenían un nombre y luego resultaba ser otro. Un médico nos confirmó que la memoria es engañosa y poco fiable, pero la de mi abuela, en particular, tenía su propio agujero negro que podría borrarnos a todos de su vida, devorarnos como si nunca hubiésemos existido. Ante la amenaza del olvido, mi abuela se aferra con fuerza a las pocas coordenadas de su identidad que aún permanecen más o menos fiables; entre esas cosas, el recuerdo del amor por mi abuelo. Cuando, en medio de las tinieblas del tiempo, olvide pronunciar los nombres, incluyendo el propio, buscará aquella mano que la ha sostenido por décadas, porque la memoria es engañosa, pero no se olvida una piel que se ha amado. 

    ***

    Mi abuelo, Arcesio, ha sido, sobre todo, un hombre de paciencia. El paso lento pero seguro, dice él, lo aprendió viendo las mulas cargadas de papas hacer equilibro entre los peñascos de las montañas de San Pedro-Antioquia, el pueblo donde nació. «El abismo solo asusta cuando lo miras», me dijo un día que trató de enseñarme a atravesar un pasamanos; una metáfora para que aprendiera la resistencia que requiere la llegada a la meta. Su lección me enseñó a cruzar las barras del parque, pero no a evitar mirar el abismo.

    En la Colombia de los años sesenta no había muchas oportunidades para un joven campesino: te enlistabas en el ejército, te ibas al seminario o esperabas las próximas elecciones para ver si era un conservador o un liberal el que te iba a matar —de cualquier manera, después de 70 años las condiciones no son muy distintas—. La violencia ya lo había hecho correr de San Pedro hacia Belalcázar, Caldas. Allí las buenas referencias y la ayuda de un tío poderoso lo ingresaron en el Seminario Menor del pueblo.

    En la flor de su juventud, un espíritu poco belicoso y su virginidad intacta, Arcesio eligió buscar la divinidad entre pasajes de la Biblia y largas horas de oración. Lo complejo del asunto es que solo entendió la frase «todo lo que hace Dios es perfecto» el día que vio la foto de una mujer desnuda en las páginas de unas revistas para adultos que logró contrabandear. Los senos firmes de la rubia de la página 78 fueron la revelación que necesitaba para abandonar el camino de la santidad y perfilarse, como le diría más adelante su superior, hacia la caída libre en el infierno.

    Arcesio / Foto: Cortesía de la familia Peña Beltrán.

    Después de tener claro que lo suyo no era la abstinencia, no se esforzó mucho en buscar un buen escondite para su concupiscencia; dejaba las revistas bajo la almohada, potenciando en el reino onírico lo que no podía hacer en el terrenal. Fue cuestión de días, y un puño en el ojo de un compañero en una pelea de cafetería, para que el sacerdote Morales se cuestionara la cantidad de testosterona corriendo por sus venas y el compromiso del joven seminarista con alcanzar la rectitud. La sucesión de los eventos siguientes es corta: una inspección a su cuarto, los ojos desorbitados del superior y una carta firmada por el director del seminario que finalizaba con la frase: «Tiene la orden de abandonar inmediatamente el seminario».

    Ahora que era un pecador por orden máxima decidió que seguiría facilitando su descenso a los infiernos, camino que parecía más entretenido que el ascenso a los cielos. Se mudó a la ciudad de Pereira. Las largas jornadas de recoger café bajo el sol y el agua, más las horas de recogimiento y cantaleta del seminario, forjaron en su carácter una resistencia férrea. Gracias a esto pudo soportar los múltiples rechazos de la morenita que conoció a la salida de una iglesia y que, obstinadamente, se resistía a sus coqueteos. Las revistas que leyó de adolescente le enseñaron la contemplación del cuerpo femenino, pero no le enseñaron qué hacer cuando se pasa de mirar a tener que interactuar y, menos aún, a enamorar.

    «Desde que la vi, sabía que quería despertar a su lado todas las mañanas», me cuenta con ese tono sentimental que me recuerda mi propia forma de idealizar —con resultados menos perdurables— a mis propios amores. Como dicen popularmente: «lo que se hereda no se hurta». Con la paciencia de las mulas y sin miedo al abismo, Arcesio le insistió por semanas enteras y, como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo soporte, la voluntad de Judith cedió con una serie inestimable de buñuelos dominicales.

    Después de cinco años de noviazgo y múltiples intentos de faltar a la moral de la época y saltar de la sala a la cama, ella se cansó de la insistencia del exseminarista, que hablaba mucho pero que no manifestaba intención alguna de conducirla por un pasillo diferente al que llevaba a su habitación.

    En un viaje vacacional en que Arcesio regresó a su pueblo, ella aprovechó para realizar la movida de toda mujer que desea evitar el tener que lidiar con el drama que conlleva la ruptura —de esta práctica soy la más joven salvaguarda—. Le escribió un telegrama que se demoraría días en llegar, y aún más días para recibir de regreso una respuesta desesperada de aquel hombre que juraba amarla más que a la vida. Corto intercambio al que seguiría un silencio sepulcral por parte de ella.

    Estudios realizados en alguna universidad gringa, que no recuerdo, dicen que cuando sufres una decepción amorosa tu cuerpo manifiesta síntomas físicos que pueden ser tratados con analgésicos. A algunas personas puede darles dolores de cabeza e incluso una molestia fuerte en el pecho que parece comprobar que eso de «corazón roto» es menos metafórico de lo que creemos. Mi abuelo lo supo por primera vez a sus 22 años, cuando al telegrama final siguió un insomnio de varias semanas.

    Nunca me ha contado si lloró en esas noches en vela. Siempre con su ceño serio, como de hombre que ha descifrado todas las verdades ocultas de la vida, narra sus recuerdos sin mirar muy detenidamente las viejas heridas. He llegado a creer que es un dolor tan profundo que hasta las palabras le resultan evasivas. Lo único que sí me contó es que, gracias a ello, pudo desbocarse finalmente por las riendas del vicio y la bohemia que tanto había anhelado en el seminario y, no queriendo ahogar sus penas en alcohol, porque era caro y no había bolsillo que aguantara la cantidad de aguardiente que ameritaba, abrió un bar para, con el dinero de otros, poder llorar por las frustraciones propias.

    ***

    El glaucoma es un grupo de afecciones oculares que dañan el nervio óptico. La oftalmóloga de mi abuelo nos intenta explicar con malas metáforas la amenaza de la pérdida de su visión. Dice que su retina parece haberse cansado de esforzarse para enfocar el mundo. El sistema de drenaje de sus ojos no funciona bien y el líquido se concentra en la parte trasera de sus globos oculares haciendo que la presión aumente. Mientras la memoria de Judith se saturó de recuerdos y ha decidido comenzar a borrarlos, los ojos de Arcesio se cansaron de tanto anhelar las imágenes que nunca vio. Las sombras, de parte y parte, amenazan con cubrirlo todo.

    Mi abuela, a quien le gusta sacarse algunas espinas del pasado, le dice que es consecuencia de sus noches de juerga: «Es que, claro, cómo no, tanto aguardiente no solo nubla el juicio sino también la vista». Él solo se ríe, sabe que sus reclamos tienen algo de cierto. La nostalgia se dibuja más en el rostro de él que en el de ella. De alguna forma el hombre no fue bendecido con el bálsamo del olvido. Desde que le dieron su diagnóstico se ha empecinado en retratar todos los ángulos de la realidad. Su cámara se volvió una prótesis del cuerpo, la resistencia de la mirada que se ha vuelto esquiva. Quiere ver todo la mayor cantidad de veces posible, por si llega el día en que solo pueda percibir luces sin forma. Es un hombre sabio, habla pausado y piensa mucho antes de pronunciar algo. Hay muchas cosas que quedan sin decir en los archivos negros familiares, cosas que pesan en la memoria de quien sabe que ha herido al ser que más ama. Sucesos a los que quizá yo nunca pueda acceder, que intuyo solo por los reclamos soslayados de mi mamá o mi tía en alguna discusión en que quieren pasarle factura por el abandono, por el pasado. Una sucesión de imágenes que agotan la mirada de cualquier ser humano.

    Cada ida al médico parece confirmar que en cualquier momento su retina estará exhausta de los colores. Por eso ha hecho de sus mañanas un ritual para memorizar el rostro de la abuela. Mi momento favorito: ella bebiendo café a su lado. Creo que, si en algún momento la luz deja de filtrarse al abrir sus párpados, podrá aún reconstruir cada una de las arrugas, cada una de las sonrisas, cada una de las lágrimas durante 55 años. El recuerdo es más que simple evocación; es reconstrucción de lo vivido, un homenaje a lo amado.

    ***

    Judith y Arcesio / Foto: Cortesía de la familia Peña Beltrán.

    El sueño de la bohemia no le duró mucho a mi abuelo. La violencia le ha perseguido como una amenaza constante. Primero esa Violencia que se escribe con mayúscula y determina un episodio negro en la memoria nacional, luego sucesivos episodios que parecen ir en minúscula, pero en los que la sangre mancha de la misma manera. Después de que mataran a un joven parecido a él, y que a los oídos de su madre llegara el chisme de que la víctima había sido su hijo, la mujer se cansó de rezar padrenuestros para mantenerlo alejado de los bares y las riñas y, hecha un ovillo de nervios, lo obligó a marcharse a Medellín.

    Arcesio sabía mucho del campo y algo de la Biblia, pero apenas si podía leer y escribir. Necesitaba empleo y no podía terminar su bachillerato de manera regular. La dedicación ha sido su cualidad más resaltable. Entonces se encierra noches enteras para aprender los currículos escolares a los que nunca pudo acceder por no haber nacido con el privilegio de tener asegurado el techo y la comida. Decide ponerse a prueba presentando los ICFES (exámenes estatales de ingreso a la educación superior). Saca un puntaje elevado y, movido por los ánimos juveniles y la creencia de que el mundo puede cambiar con la educación, junto a algunos contactos de su tiempo de estudiante en Pereira, logra fundar el Instituto Jesús de la Buena Esperanza, donde trabaja como profesor de Sociales, mientras estudia Sociología en la Universidad Latinoamericana.

    Con su corazón hizo lo que cualquier joven haría: conseguirse otra novia para comprobar si era cierto eso de que un clavo saca otro clavo, o al menos pretender que no hieren las astillas. Judith, por el contrario, intentaba no pensar mucho en eso del amor que ya le había significado una serie de dolores de cabeza. Tuvo que soportar las largas retahílas de su mamá por haber dejado marchar a ese hombre antioqueño: «Con él nunca te hubiese faltado mercado; debiste de haberte casado». Ahora tenía que afrontar un despecho y las manecillas del reloj «biológico».

    Las mujeres siempre hemos tenido que cargar con la idea de que llegamos a una fecha de caducidad. La sociedad pretende que seamos jóvenes, rozagantes, bonitas e inmaculadas todo el tiempo. Nuestro cuerpo, según cierta visión masculina, es una prisión en la que el espíritu se corrompe y fruto de eso es que surge la grasa, las arrugas, las canas y hasta los olores. Se pretende que seamos como poodle de exposición: siéntate bien, come despacio y poco, no hables de sexo, ni de religión, ni de política, ni de absolutamente nada que sugiera que puedes pensar por ti misma, sonríe más y, si no te sale natural, finge, después de que tengas un anillo en tu dedo di siempre que sí, antes di siempre que no, aunque lo quieras y hazte desear. Si cumples con todo esto ganas el premio de «buena chica», si te sales de allí, estás condenada al ostracismo, a vestir santos. 

    Pero a mi abuela le gustaban las figuras de yeso; ese futuro, comparado con la lista de desilusiones acumuladas hasta el momento, le resultaba más tentador. Iba llegando a sus 24 —la edad en que yo escribo esta historia—, estaba soltera y soportaba con estoicismo todos los comentarios sobre su reciente ruptura. Ahora no solo se empecinaban en recordarle su origen, sino su porvenir: sería esa hija natural que se quedó solterona.

    Creo que he visto muchas películas románticas hollywoodenses, o tal vez he leído muchas novelas y me empecino en creer que cosas como el destino existen. Dicen que todos los ríos corren rumbo al mar y yo creo que a nosotros no nos queda más que asistir a nuestro propio baile. Nuestros protagonistas, Judith y Arcesio, sostuvieron una relación durante cinco años y se separaron. Dos años después, él andaba perdido entre los pliegues de la falda de alguien más, mientras ella, en otra ciudad, seguía cantando boleros. Él sintió una necesidad que no se explica; tenía vacaciones y como impulsado por una fuerza centrípeta, que busca su propio eje, decidió ir a Pereira.

    Ahora se ríe y me dice que no recuerda por qué tuvo ese impulso: no tenía familiares ni buenos amigos para visitar. Creo que presume que me convence de su rol de hombre al que nada le importa, pero sé que él iba a buscar a la mujer aquella que le había trastocado el pensamiento. Si algo he aprendido es que el amor no se deposita en un recipiente, sino que más bien resulta una fuerza que ordena todo lo que toca y que disuelve lo que debe ser disuelto. Es algo que escapa a nuestro control y eso, precisamente, es lo que nos duele, lo que nos coarta, lo que nos limita, lo que nos asfixia. Por eso a veces intentamos evitarle, sin saber, como Edipo, que nos apresuramos a cumplir lo que está escrito.

    Amparo, su nueva novia, era maestra de escuela. Una mujer atractiva e inteligente. No necesitó cortejarla tanto; ella sabía que él le gustaba y, a diferencia de mi abuela, no disfrutaba mucho eso de darle vueltas a los asuntos. Arcesio sentía que era quien podía ponerle el piso a su vida; ese que se le había caído con aquella carta que recibió en Belalcázar. Era un hombre de su época e intentó solucionar su dolor como le habían enseñado: casándose. Si no podías deshacerte de los sufrimientos de tu vida, te conseguías alguien con quien compartirlos, o quien los acrecentara y pudieses usar como justificación para ser alcohólico sin remordimiento. Antes de marcharse le pidió matrimonio a Amparo. Ella sospecharía la necesidad en sus ojos, y le pidió mesura. Él, persistente como mula, intentó otras tres veces: en la terminal, a mitad del viaje Medellín-Pereira y al llegar a Risaralda. Cambió el medio, pero no la respuesta: «Es demasiado pronto». 

    ***

    El alzhéimer y el glaucoma son condiciones hereditarias, igual que la melancolía. Mis abuelos llevan 58 años de matrimonio y son mi mayor referente sobre lo que significa el verbo «amar». Han sobrellevado múltiples infidelidades por parte de él, cuatro hijos, los besos en las noches frías, los reclamos en los días calientes, dos nietos, cinco perros —todos muertos—, cinco gatos de los cuales solo dos pueden mover aún la cola, el alcoholismo que resultó también hereditario y persistió en la parte masculina de la familia, la violencia de los años noventa en Medellín que más de una vez amenazó con tocar la puerta, los problemas de faldas de los hijos, los problemas de corazón de las hijas, las misas dominicales, las frituras que ahora se enfrían en la mesa porque no pueden comerlas por el mal colesterol en su sangre, y, sobre todo, la amenaza del olvido y la muerte.

    No sé si vaya a heredar la posibilidad de quedarme ciega o de que el pasado se convierta en un significante sin significado. Sé que no heredé la paciencia de él ni la tesura de ella. También sé que no tendré una historia cargada de giros que hagan interesantes las idas a comer buñuelo. Lo único que sí heredé es la creencia en que el amor es la materia prima de nuestra existencia.

    Cuando era pequeña mis oídos se convirtieron en la prueba fehaciente de que tener un cuerpo implica experimentar el dolor. Mis primeros años de infancia estuvieron marcados por las idas recurrentes a Urgencias, largos desvelos, y mis ojos buscando consuelo. Los abuelos solían cantarme en aquellos días, contarme historias para dormir que, decían, evitaban pesadillas. Si bien fue una serie de cirugías las que me brindaron un alivio más definitivo, fueron ellos quienes me enseñaron a encontrar la cura en las palabras. Por eso me siento y escribo estas líneas.  Creo en el amor porque lo aprendí de mis abuelos.

    Judith y Arcesio / Foto: Cortesía de la familia Peña Beltrán.

    ***

    En 1951 Pereira contaba con 115 mil 342 habitantes. Para 1962 ese número se había incrementado considerablemente debido al aumento de la natalidad. Las posibilidades de encontrarse a una persona en particular, sin acuerdos previos, en las calles de una ciudad de 702 kilómetros cuadrados era, básicamente, nula. Arcesio no sabía entonces si aparecerse a las afueras de la fábrica donde ella trabajaba y decir que había sido cuestión del azar o si tocar a su puerta y… ¿qué iba a decir? Cualquier cosa; quizá contarle de las noches sin sueño o que en serio intentó amar a alguien más de, inútilmente. Quizá reclamarle por nunca haber respondido el último telegrama, o pedirle consejos para evaporar, como ella, todo ese amor que juraba tenerle. Arcesio miraba por la ventana; cavilaba qué debería hacer. «¿Y si está con alguien más?», pensó de repente, idea intrusiva que terminó por mandarle al carajo el ánimo ese día. Él tenía un futuro matrimonio en la cabeza, y sería una cuestión más que natural que ella también.

    Las nubes se dibujaban en el horizonte, quizá lloviera pronto. Quiso salir a pasear. Tal vez el agua lo ayudaría a despejar el corazón, o una neumonía lo mataría; cualquier opción resultaba interesante. Si no tomaba una decisión para esa tarde, se devolvería esa misma noche a Medellín y esperaría que Amparo resolviera decirle que sí. Era diciembre y las luces permanecían más brillante de lo normal. Las tragedias humanas son pequeñas manchas en las paredes de la normalidad. Tanta festividad contrastaba con su ánimo, que en ese momento solo toleraba escuchar en repetición infinita el mismo tango: «Pero estoy lejos de ti / sin saber cómo estarás / si estarás pensando en mí / o no me recordarás…».

    Estaba de mal humor. Se había hospedado en la carrera octava, en pleno centro, retirado un par de cuadras de donde vivía Judith. Un milagro es definido por la RAE como: «Suceso extraordinario y maravilloso que no puede explicarse por las leyes regulares de la naturaleza». Para mí la definición de milagro es lo que hace que esta historia tenga su desenlace. Mientras él buscaba el camino de regreso a su hotel, ella había sentido el impulso de caminar sin rumbo fijo. Sentía que necesitaba encontrar algo, aunque no sabía muy bien qué; pensó que podría ser hambre. Evitó los caminos recurrentes, se desvió una cuadra antes del centro, y justo en la esquina lo vio.

    No hablaron durante un par de minutos; se miraban intentando entender qué acababa de suceder. Ella rompió el silencio y le preguntó por su vida: sus proyectos, dónde vivía, sus padres, pero no quiso saber qué estaba haciendo en la ciudad. Ella lo imaginaba a kilómetros de allí. Él se atragantó los reclamos, contestó las preguntas, formuló otras, quiso saber sobre su trabajo en la fábrica, sus hermanas, si Dora ya se había casado, cómo estaba Graciela; evadía el tema de si amaba a alguien más. Arcesio miraba aquellos ojos y pensaba que no soportaría regresar a Medellín; no verlos nunca más. Ella le contó que casi había muerto, que había soportado su separación para que luego se le viniera el mundo encima de una manera más literal cuando un temblor de 6.8 sacudió todo el eje cafetero y desplomó el edificio donde trabajaba. Dijo que estuvo sepultada bajo los escombros por varias horas, que se convenció de que no iba a sobrevivir, que no supo si fue la proximidad de la muerte o el exceso de dióxido de carbono, pero que pensó en él, con fuerza, como si pudiese transmitir telepáticamente que aún lo quería.

    A este encuentro sucedieron otros y, sin dilatar mucho el asunto, el 6 de enero de 1963 a las nueve de la mañana estaban a las afueras de la catedral de Pereira, comiendo buñuelos como cuando se conocieron, pero ahora casados. La vida es misteriosa en sus caminos y a veces tiene un humor que resulta hasta macabro. El superior que en el seminario había dicho a mi abuelo que estaba pavimentando su descenso al infierno, fue quien ofició la boda. Al ver a mi abuela ingresar en la nave principal, sintió ganas también de tomar un atajo hacia la morada de Satanás. Luego, Arcesio se quiso sacar la espinita y, después de darle las gracias por la ceremonia, dijo: «Si así están los demonios, ni pa´ qué quiero ir al cielo».

    ***

    Escribir sobre los dolores ajenos es también escribir sobre los nuestros. La melancolía inició este texto: una respuesta ante el miedo de que el viento haga lo suyo, y cuando ellos se vayan nadie más sepa de esta historia que le ha hecho zancadillas al tiempo. O por si llega el momento en que sea yo quien deba recordarles su amor porque se acaban las fuerzas para seguir hilando.

    De mis abuelos aprendí la eternidad de un sentimiento que se trabaja a diario: la constancia, la paciencia. Sin embargo, mis propias historias se han caracterizado por su brevedad y desenfreno. Es como si ellos escribieran una gran novela decimonónica, mientras yo me dedico a crear breves titulares. Imaginarios todos, por supuesto.

    *Una versión de este texto fue publicada antes en la revista Late.

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    4 COMENTARIOS

    1. Un precioso relato, aunque breve, y sólo comparable con la vida misma. Casi como un cuento de Gabo, de olvidos, reencuentros, cegueras, dolores y todo el amor. Excelente.

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