Una decena de muertos y millares de damnificados (gente sin casa y sin sustento inmediato; familias trasladadas y albergadas en una cuarentena, presumiblemente, de muchos, muchos años…), una economía apaleada, todavía más, que pronto se internaría, de coyuntura en coyuntura, en la inopia más severa desde los noventa. Ese fue —dicho apresuradamente— el saldo de Irma, el huracán más costoso del Caribe, que golpeaba la isla de Cuba por estas fechas hace cuatro años. 

En el trópico, los desastres naturales no alcanzan, por alguna razón, las connotaciones épicas que una tormenta menor, cualquier ventisca sibilante, evoca en otras latitudes. Jamás ese halo romántico, ¡o gótico!, de las borrascas literarias que rompen, a lo sumo, un postigo y luego hacen batir, tétricamente, toda la noche, alguna ventana olvidada. 

En Cuba, la furia de los elementos se presenta como charanga maligna y como récord deportivo: ¿Irma le gana a Flora, al ciclón del 26, al del 44 (porque a Sandy, desde luego)?, hacen memoria los ancianos; ¿trajo más agua que Alberto en el 82?; ¿superó en inundaciones a Wilma?; ¿pasó por aquí más rápida o más lentamente que Lily o que Iván?; ¿quién registró la racha más fuerte, los vientos sostenidos más potentes, las marejadas más altas, la penetración marítima más profunda?; ¿le atinó a La Habana o se fue, como siempre, a Pinar del Río, es decir, a zona foul? ¿la Tormenta del Siglo fue este siglo o el anterior… (porque esto no tiene nombre)?; ¿cuántos derrumbes parciales y totales, cuántos postes caídos, cuántos árboles arrancados, cuántas hectáreas de caña arrasadas, cuántos evacuados, cuántos albergados, cuántos heridos, cuántos muertos (menos que en Haití o en Louisiana)?; ¿quién (se) pegó más: esta Irma o aquel dúo de Ike y Gustav en la temporada del 2008?

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

Visto a la distancia de un ciclo olímpico, Irma fue el prólogo, funesto y grandilocuente, de un cambio de era que, por supuesto, nunca sería tal cosa. Pocos meses después del ciclón, Miguel Díaz-Canel empezaría formalmente a administrar el infortunio nacional, que actualmente atraviesa una terribilísima fase pandémica.

Estas imágenes del Vedado habanero —captadas por la fotógrafa Evelyn Sosa— nos recuerdan el paso de Irma por Cuba.

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

***

«Las rachas del domingo 10 de septiembre registraron cerca de 125 km/h, según el Instituto de Meteorología de Casa Blanca, La Habana. Los vientos sostenidos del anillo de tormenta tropical, que fue el que impactó la capital, fluctuaron ente los 70 y los 80 km/h», narraba en septiembre de 2017 nuestro reportero Maykel González. «El huracán Irma, de 315 kilómetros de anchura, también levantó olas furiosas en la costa norte occidental, de unos nueve metros en La Habana».

«La señora vive sola. Su hijo la visita, pero tiene que atender sus problemas personales. La señora dice que no come nada, que su apetito se limita apenas a tomar el caldo que su hermano preocupado le envía, y solo lo hace por consideración a sus esfuerzos», se lee al final de la crónica «Una familia se va a ahogar», antes que alguien comente: «Hoy salí a buscar comida y lo único que encontré fueron galletas de soda, es como si hubiera habido una guerra».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

***

Tras el desastre algunos intentaban sacar provecho de la penuria ajena: «En las zonas donde no hay energía eléctrica, las escasas instalaciones privadas que ofertan suministros básicos han subido sus precios. Aprovechan la circunstancia para ganar más dinero. Los pocos taxis que circulan han aumentado cuatros veces la tarifa normal».

Escribía también el periodista Abraham Jiménez Enoa: «Afuera del Hotel Habana Libre, en pleno corazón de La Habana, varias personas se han apoderado de manera ilícita de los tomas de corriente que dan a la calle. A través de extensiones, alquilan el nuevo servicio a aquellos que residen en zonas sin electricidad y necesitan cargar sus backups, celulares y laptops».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

Algunas semanas después, Carlos Melián ensayaba: «Se vuelven célebres los bidones de agua del DF, la solidaridad de los que no fueron siniestrados [en el sismo del 19 de septiembre del 2017] con los que sí, y los “fuera perro” de algunas instituciones cubanas. Si en una vidriera del DF aparece, por ejemplo, un cartel invitando a cargar celulares gratis, en otra de La Habana aparece otro, de un organismo estatal, advirtiendo que no molesten. Se habla de unos pícaros en la Habana, que extrajeron un cable de una institución y vendieron las recargas de baterías. Y que en México —lo repetía una y otra vez TeleSur con cierto morbo político— no son precisamente las instituciones gubernamentales ni las corporaciones privadas las que toman la iniciativa humanitaria, sino las personas, los individuos, los vecinos, que en Cuba, si cabe el ejemplo, son los que lucran con la desgracia ajena. Me pregunto acaso para variar —que es un buen “acaso”– si todo esto no es más que una excesiva dramatización y una sarta de clichés. Y digo “me pregunto” para disfrazar lo que en verdad siento: que son una sarta de clichés».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

«[…] ¿Qué hace que de uno u otro lado la historia pueda ser diferente? Debe haber algo más allá del dramatismo de las imágenes que usan los narradores y comentadores pudorosos de Facebook, y del engaño de la cubanidad o la mexicanidad. Debe existir una razón sólida, observable, un gatillo social pongamos que inmediato, que explique el gesto extremadamente odioso o extremadamente bondadoso de cada parte en ese momento».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

Y la respuesta: «Así que, para tranquilidad nuestra, o mía porque hablo por mí, me anima saber que el cubano no es a priori menos noble que un mexicano, su falta de solidaridad en este caso que nos ocupa, en caso de que en verdad la hubiese, está primeramente colocada en un entorno que impide compararla con los patrones de comportamiento que desencadena un terremoto. Un huracán no pone necesariamente a nadie, ni por asomo, en la situación ontológica que genera un terremoto».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

***

Un huracán, en cualquier caso, es la húmeda desazón de estas fotografías y, sobre todo, miles y miles de historias como esta a lo largo y a lo ancho de todo un país: «A una mujer, a una mulata de cincuenta años, se le cayó la casa».

Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.

«Ay mija, no tengo ni alma, no sé, no tengo vida. No como, no duermo, si acaso una hora y ya. Ni vivo ni nada. No tengo ánimos de nada. Estoy trancada, he soltado lágrimas, pero no como yo quiero. Imagínate tú, tengo que luchar por los dos niños, y me tengo miedo yo misma, es que no sé por lo que me dé, mija, siento mucho dolor. Tú entiendes lo que te estoy hablando», decía esa mujer ante «La pregunta más obvia de la vida».

  • Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.
    Evelyn Sosa. Huracán Irma. La Habana, septiembre de 2017.