Bocaditos de helado

    Las calles habaneras, como las de toda Cuba, tienen una larga tradición de pregones. El genio del comercio, o el más básico instinto de supervivencia, cruzándose en el aire, instantáneamente, con la agudeza silvestre y el desparpajo lingüístico y el ritmo innato del cubano.

    El pregón en Cuba es género musical: «Maní, maní…»; «Para pantalón y saco…»; «…Traigo yerba santa pa’ la garganta, traigo el limón pa’ la hinchazón…» Pero sobre todo ha sido banda sonora de lo cotidiano. Un guijarro siempre pulido en medio de la cacofonía urbana.

    Seguramente las últimas generaciones de cubanos no han conocido tantos y tan ingeniosos pregones como sus padres o sus abuelos, pero ahí están aún el afilador de tijeras, el manisero, el colchonero, el que cambia botellas, el que compra pedacitos de oro y plata, el que vende mantecados, o ambientadores y aromatizantes, o agujas de mano y de máquina, o escobas y haraganes…

    Y también está ese oxímoron en bicicleta que promete varios sabores y un alivio urgente bajo el sol tremendo con su monótono pregón: «El bocadito de helado…».   

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