Días de coronavirus (XXII)

    La pandemia quiere transparencia, pero yo la vivo sentado a la mesa con la censura a Vasili Grossman, el gran periodista soviético, sobre uno de cuyos manuscritos trabajo.

    Y así la observo, amante de la verdad, de los gráficos y los números que son su retrato. Y me conduelo un poco con la ponzoña. Será eso que llaman síndrome de Estocolmo, que está todavía más fuera de lugar cuando allá en Estocolmo. para estupor de sus vecinos del norte, llevan la peste con márgenes de libertad que persiguen un contagio amable. Free country, verdaderamente, esa Suecia que repudia tanto la existencia de presos políticos como la de su variante masiva actual. Nosotros. Los presos sanitarios. Este presidio global con el panóptico en clave de App: el Appnóptico. Bentham, Foucault… Los echo de menos. Esta metástasis autoritaria que se expande por el mapa del mundo como un rizoma merece y requiere filósofos mejores que los que se prodigan hoy con sus vocecitas siempre atentas a escuchar lo que gusta leer el vulgo en las páginas de opinión de los periódicos.

    Cuando desperté hoy, el cielo de Barcelona era el de Berlín o el de Moscú. Plomizo y bajo, casi lo podías tocar con las manos, acariciarle la barriga con los guantes de látex.

    Sigo como alelado el buen oficio de los censores sobre el manuscrito de Grossman. El horror que les provocaban cucarachas, chinches y cobardes. Hoy tropiezo con un fragmento extraordinario que tacharon de un plumazo. ¡Tenía que ser muy duro ocupar plaza de censor con Stalin aún vivo! Con Stalin agitando sus bigotes de cucaracha, precisamente, que escribió Mandelstam antes de que se le llenara la boca de soviéticas hormigas en formación.

    Fíjate este ejemplo, antes de que volvamos a la pandemia, los periódicos de hoy y los ojos de mosca de los micrófonos a los que se acercan los políticos con cautela. Un colega de Shtrum viaja a Alemania en pleno auge del nazismo, vuelve a la URSS y relata a sus colegas lo visto en la patria fascista. Allá se reunió con un viejo amigo alemán y así relata ese encuentro:

    «Dirige toda una facultad, pero se comporta como un vulgar delincuente y teme que la policía lo pueda detener en cualquier momento. Me rogó que no le hiciera ninguna pregunta porque le horrorizaba pensar que yo pudiera citar en algún momento sus palabras y que de ellas, aun sin mencionar su apellido, la Gestapo infiriera de quién se trataba, la ciudad donde vivía y la universidad en que trabajaba. “No me preguntes nada”, me imploró, “porque no solo le temo a mis colegas: ¡le temo a mi propia voz, a mis ideas!” Cuando hablas con las criadas o los porteros, los chóferes o los transeúntes, entiendes mejor la situación. Porque al saberse anónimos, hablan con más libertad con los extranjeros. Pero los científicos y los intelectuales han perdido toda capacidad de pensar. De hecho, han perdido el derecho a llamarse seres humanos.»

    ¡Es una descripción magnífica del horror bajo el fascismo alemán de los primeros años 30! ¡A primera vista, una delicia para ser aprovechada por los soviéticos! Pero el censor no es bobo, sabe que tampoco lo es Grossman, y que lo que acaba de leer es una descripción perfecta del régimen soviético. De modo que esgrime las tijeras con afán y recorta casi todo el capítulo donde se habla del viaje soviético a la Alemania de Hitler.

    El relato de la pandemia también es mutilado por la censura. Con la excusa de las llamadas fake news, esas letras mal juntadas. En Turquía y Tailandia se ha censurado a periodistas. En China se silenció a médicos que daban la voz de alarma y hasta daban voces, y en la Rusia de Putin un sindicato que pidió ayuda para comprar material médico vio a sus portavoces llamados a contar. A contarles cosas bonitas a los policías para evitar contar años de cárcel.

    Con todo, y esto es lo que más me tienta, la relación de la pandemia y la censura es extraordinariamente plástica, visual, icónica, porque la peste requiere de la mascarilla, el nasobuco, el bozal. Tapar la boca, evitar la diseminación, guardarse el mal para sí, callárselo.

    La gestión de la pandemia quiere que se hable, se dé testimonio, se entregue prueba para registro. Pero a la vez el Estado autoritario quiere que nos callemos. Pide glasnost, pero nos tapa la boca. Quiere ser el único que cuente los enfermos y los muertos. La pandemia desborda al Estado, pero el Estado le pide que se entiendan.

    A media tarde, Anna, la periodista de Nueva York que vivía frente a Joseph Brodsky y va siendo lo mejor que me ha regalado la pandemia, me avisó de que Amir Valle tenía libro sobre la censura en Cuba. Escribí a Amir, a quien no había tratado antes, y me remitió enseguida el libro aún inédito, donde atisbo un relato de interés. Es asunto goloso este de rastrear la manera en que opera la censura. ¡Y no es que no se haya hecho ya, naturalmente! Pero los presos tenemos mucho tiempo para fijar la atención. También los presos sanitarios de este mundo en el que tatuarse a Keynes y su mostacho en una nalga será el QR code que nos abra la puerta del porvenir.

    M. ve a Bruno flojito, se preocupa, lo anima. Yo sé que su desconsuelo carece de fundamento. Ese perro lo que está es harto de tenernos metidos en casa todo el día. Quiere intimidad, sosiego, que no le contemos las horas y los gramos de pienso que se come.

    A las ocho mis vecinos aplaudieron otra vez. Me he tomado ese ritual ciudadano como la sirena que me saca de la fábrica.

    Y a esa hora me aparto cada día de Grossman y sus censores.

    Y me aparto un poco de mí mismo, de mis cuitas, para salir a la calle con Bruno en recorridos que a expensas de mis carceleros suman cada vez más metros con la boca bien cerrada.

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