Los días rojos de agosto

    Victoria trabajaba en las cercanías de la zona industrial a fines de la década de los ochenta cuando fue construido, con la ayuda de la Unión Soviética, el muelle de la Bahía de Matanzas. También presenció, hace diez años, la inauguración de ocho tanques de acero y aluminio de 12 metros de altura y una capacidad de 52 mil metros cúbicos cada uno, ahora con la asistencia de la República Bolivariana de Venezuela. 

    A las seis de la tarde Victoria observa el cielo gris de aguacero desde su jardín meticulosamente atendido. «Hoy no tendré que regarlo», piensa. Minutos después, gotas tímidas empiezan a caer en el barrio Versalles. Las nubes se cierran sobre el paisaje y la lluvia fina da paso a un torrente. Frente al portal de su casa, donde vive con su esposo, hijo y madre, queda una esquina del malecón de la zona. A sus espaldas, el cuartel convertido en escuela Mártires del Goicuría.

    Después de los primeros relámpagos, Victoria recuerda que las descargas eléctricas son más habituales hacia el este, y no en esa zona de la ciudad. Decide entrar a la casa, donde un trueno la ensordece. No hay dios que la convenza de que el rayo no ha caído a escasos metros suyos. Luego un segundo y un tercero. Una hora y media después, ya sin lluvia, se asoma al portal y ve que la gente se mueve en dirección al malecón. Todos señalan un punto, anonadados. Una columna de humo mediana se levanta ante los ojos de los curiosos. A las ocho de la noche del viernes 5 de agosto, la televisión nacional informa a Cuba entera que una descarga eléctrica ha impactado uno de los tanques de la Base de Supertanqueros de Matanzas.

    Incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas / Foto: Cortesía del autor

    ***

    A sus 60 años, Victoria cuestiona todo con una libertad genuina. Reconoce que no es entendida en política, pero sí en ética popular y lo que llama buenas costumbres. «Mi vecina, que vivía detrás de mi casa, tuvo un problema conmigo hace muchísimos años», dice. «Jamás nos volvimos a dirigir la palabra, pero un día la muchacha cogió una bacteria malísima que se le fue para el cerebro y se murió. Una muchacha llena de vida, con treinta y pico de años y dos niñas chiquitas. Yo, por supuesto, fui a ver a la madre, que era también vecina mía pared con pared, y le di mi pésame y le dije que cualquier cosa que necesitara podía contar conmigo. En ese momento todas olvidamos las riñas del pasado, porque había una causa mayor y más importante. Más o menos lo mismo pasa ahora. Que si Cuba no le pide la ayuda a Estados Unidos, que si Estados Unidos quiere que Cuba la pida para mandársela… Esto no es momento de esas riñas, es momento de unirnos por las vidas humanas que están en peligro. ¡Vaya! Qué ahora se den la mano y si quieren después sigan fajados».

    La noche del viernes transcurre para Victoria y su anciana madre en una vigilante incertidumbre. Mientras, 26 mil metros cúbicos de crudo arden en la base a temperaturas insondables. El sueño ha huido de casa. María Elena, su madre, jamás ha visto un fenómeno tan grotesco en toda su vida, y aún no imagina que lo peor falta por llegar. Se acuesta en su cama y a las cinco de la madrugada un estruendo apabullante estremece el centro de la ciudad. Se levantan ella, Victoria, el nieto Fran y su yerno. La noche de Matanzas ya no es negra. Va a ser roja por los próximos tres días.

    Madre e hija difieren sobre el triunfalismo con que los medios de prensa oficiales cubren el incendio. «Todo no puede estar bien cuando yo veo que la candela no para», sugiere María Elena. Victoria, por su parte, no entiende qué han estado haciendo los mexicanos y venezolanos que vinieron a ofrecer ayuda. «La técnica venezolana y la cubana no ligan. Aquí nadie estaba preparado para eso. Lo que hace falta es la técnica de un país desarrollado», reflexiona. «Para ni hablarte de los bomberos porque, para empezar, esos niños nunca debieron estar ahí. Pasaban el servicio militar, y no es para nada como dijeron en el televisor, que eran bomberos profesionales y bien preparados. De hecho, en Cuba ningún bombero está preparado para enfrentarse a esto». Victoria mira al cielo, como pidiendo perdón por adelantado si fuese a incurrir en difamación con su última sentencia: «Lo que hicieron con esos niños fue un asesinato». 

    Incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas / Foto: David López

    ***

    A las ocho de la mañana del sábado 6 las autoridades provinciales evacúan la zona industrial. Al menos 800 personas del barrio de Dubrocq, el más cercano a la Base, son transportadas hacia la Universidad de Matanzas «Camilo Cienfuegos» y la Escuela Formadora de Maestros. Ya han desaparecido 17 bomberos —una cifra que más tarde se rectificará a 14— y las esperanzas de que sus cuerpos sean encontrados son cada vez más escasas. Los medios oficiales informan que en el Hospital Faustino Pérez han sido atendidos otros 67 lesionados, seis de ellos en estado de gravedad.

    Al Comando 3 de Bomberos, perteneciente al Aeropuerto Internacional «Juan Gualberto Gómez», le orientaron movilizarse a la zona del desastre desde los primeros compases. Ninguno cuestionó la orden y arribaron paulatinamente a la Base de Supertanqueros desde la noche del viernes hasta entrada la madrugada del sábado. Se encontraban en primera línea cuando sucedió la segunda de las megaexplosiones.

    Un dependiente que trabaja en una de las cafeterías de la zona céntrica de la ciudad coincide con Victoria: «A esos muchachos prácticamente los asesinaron». Cree que la preparación del comando en general es precaria y revela ciertos detalles fundamentales. «Los mismos jefes de los bomberos establecen un perímetro en la zona que los subordinados no deben traspasar por el peligro que supone. Desde el perímetro deben actuar. Mi primo era amigo de uno de los bomberos y me dijo que el jefe mismo burló el perímetro y que mandó a dos de los muchachos a ir con él. Eso fue en el momento de la explosión del sábado. Uno de los bomberos, que está grave ahora, se quedó detrás del carro. Al menos pudo sobrevivir. Pero los dos muchachitos y el mismo jefe se calcinaron. Los dan por desaparecidos, porque esos cuerpos ni siquiera los van a encontrar».

    El Comando 3, exceptuando al menos tres oficiales, lo componían dos subgrupos de jóvenes que cumplían su Servicio Militar Activo. El primero reunía muchachos que habían obtenido una plaza para cursar estudios universitarios, entre los que se encontraba Leo, quien a sus 19 años ingresó de manera obligatoria por un año a las filas de las Fuerzas Armadas, tal como estipula el Decreto Ley 224. Egresado del IPVCE Carlos Marx, había obtenido la carrera de Medicina.

    Su tía Yunia Doval anunció desde su perfil la desaparición y, posteriormente, a pesar de que las autoridades gubernamentales solo han confirmado un deceso, la muerte de su sobrino: «Yo no te quiero héroe, mi niño, te prefiero cobarde», escribió el martes 8. Para algunos, Leo Alejandro Doval Pérez de Prado es un mártir. Para otros, una víctima del sistema dictatorial cubano. Diosdel Nazco, Michel y Fabián son otros nombres que han trascendido hasta el momento entre los jóvenes incinerados por las llamas del incendio.

    Leo Alejandro Doval Pérez de Prado / Foto: Facebook

    ***

    Para el domingo 7 de agosto varios medios de prensa internacionales como BBC, Telesur y EFE cubren los acontecimientos en la medida de lo posible. Las fotos de la inmensa columna de humo negro se diseminan por todas partes y se discuten de manera incesante las causas, vías de solución y consecuencias del conflicto, teorías de la conspiración incluidas. Un buzo de la ciudad no duda de que haya sido un rayo el culpable del incendio. Se apoya en el criterio de otro colega suyo, quien le contó su experiencia mientras merodeaba la Base de Supertanqueros el pasado viernes. Este blanco corpulento de alrededor de cincuenta años trasmite lo oído con precaución. La jaula de Faraday, dispositivo que protege de descargas eléctricas, tenía una rotura desde hacía un tiempo considerable. Por lo tanto, no cree en la declaración del director de la División Territorial de Comercialización de Combustibles de Matanzas, Rigel Rodríguez, quien dijo que «al parecer la descarga fue más alta que lo que pudo proteger este (pararrayos)».

    El domingo en la tarde el malecón de la Bahía de Matanzas espera a sus visitantes habituales, quienes se han multiplicado, toman fotos de la humareda y brindan entre ellos, entre la histeria de algunos y la prudencia de otros. Pasadas las siete de la noche, el lugar se abarrota. Hay quien viene con sus mascotas y niños pequeños. Félix y su familia han salido de su culto metodista y, cerca de las once, reciben la brisa marítima, a la misma hora en que Yanet sale del baño y se asoma a una de sus ventanas en el piso cinco de uno de los edificios doce plantas del reparto Bahía, a unos tres kilómetros del Viaducto.

    Al otro lado de la ciudad, Virgen es evacuada en la universidad con su esposo e hijos, junto a más familias de los barrios de Ganadera, Versalles y Dubrocq, el poblado más cercano a la zona de la Base de los Supertanqueros, al que pertenece Virgen. Para ella y su familia no ha habido susto mayor que el que padecieron el sábado en la madrugada. Aquí, en el centro de evacuación, la han estado alimentando bien, con tres comidas al día, y también se muestra agradecida por la disposición en los servicios médicos.

    Ahora, junto a más de treinta personas del bloque B, mira en la televisión un capítulo del policíaco «Tras la huella». Otros beben agua fría en las neveras situadas al final del pasillo a mano derecha. Una pareja protesta porque se ha quedado sin comer. «Imagínate», dice un superior encargado del orden interno, «si se fueron para su casa nosotros los tachamos de la lista».

    Una nueva explosión remueve la ciudad. Los evacuados salen a la calle. Virgen grita incosolable ante un cielo rojo, apocalíptico. Visiblemente emocionada, piensa entonces qué habría pasado si no hubiese accedido a venir al albergue.

    Yanet, por su parte, baja corriendo las escaleras y desde una glorieta frente a su edificio graba con el celular y agradece encontrarse lo suficientemente lejos del siniestro. Admira la escalofriante belleza de la catástrofe. No tiene que planear ninguna huida ni lamentar muerto alguno.

    Félix ruega a Dios mientras abraza a su esposa, quien se muestra confiada, a pesar de todo. El adolescente Frank, presa del miedo, no encuentra aún palabras para describir el momento.

    La noche del domingo 7 de agosto adquiere una claridad diurna, un tipo de día único en la historia de Cuba. De forma sorprendente, el resplandor hace que todo el occidente de la isla se entere en el momento de que ha ocurrido una nueva explosión, sin necesidad de acudir a las noticias. La llamarada alcanza más de seis kilómetros de alturas y su reflejo llega al malecón habanero, a zonas de la provincia de Villa Clara e incluso a algunos puntos del estado de La Florida. El cielo se ha teñido de naranja, rojo y amarillo, incandescente como un flashazo obturado por Dios. 

    Incendio en la Base de Supertanqueros de Matanzas / Foto: David López

    ***

    El Hotel Velazco, justo al lado de la sede del Gobierno Municipal, hospeda desde el sábado a los familiares de los bomberos desaparecidos. Allí reciben reportes periódicos, asistencia psicológica y, de vez en cuando, la visita de los funcionarios del Partido e incluso del presidente del país, Miguel Díaz-Canel. No hay café para los transeúntes y, según el propio portero, no se sabe cuándo vuelva a haber.

    Más de la mitad de la población sale a la calle con mascarillas y los opinadores del momento convierten cualquier esquina en su ágora. Los mototaxistas ganan sus dos y tres mil pesos diarios y transportan ciudadanos hasta el Hospital Faustino Pérez, en la cima de una zona elevada. Allí, la amable directora Taimy Martínez guía a los que llegan hasta la entrada lateral, donde varios oficiales del Ministerio del Interior llevan una lista actualizada con los pacientes tratados y el estado de salud de los mismos. 

    El parte del Ministerio de Salud del 10 de agosto de 2022 afirma que, en varios hospitales, principalmente de Matanzas y La Habana, han sido atendidas 130 personas, de ellas 23 aún hospitalizadas. Hasta el momento las autoridades solo han reportado la defunción del bombero Juan Carlos Santana Garrido, pero la información de diversos usuarios de Facebook nombra también entre los fallecidos a Luis Raúl Aguilar Zamora y a Michel Rodríguez Román. De los 16 bomberos desaparecidos, dos fueron encontrados en hospitales.

    La Central Termoeléctrica Antonio Guiteras, cercana a la Base de Supertanqueros, echa a andar de nuevo en la tarde del martes, solo para funcionar durante 17 minutos. Yacen, en cenizas humeantes, cuatro tanques de la base, y se han perdido ya casi 50 millones de litros de combustible.

    ***

    El lunes al mediodía Victoria y María siguen casi sin dormir. Explota el último de los cuatro tanques en peligro y ellas, desde el malecón, ven pasar ambulancias y carros de bomberos a toda velocidad. Un paramédico saca la mitad de su cuerpo por fuera de una ventanilla de las ambulancias y grita frenéticamente: «¡Salgan de Versalles! ¡Tienen que irse de Versalles!». La columna de humo negro ha alcanzado su mayor longitud y desde zonas cercanas a Puerto Escondido se puede divisar su silueta altanera y tenebrosa.

    Madre e hija huyen como pueden. Los hombres han decidido quedarse en la casa, para tristeza de Victoria. El estrépito es doloroso. Versalles debe abandonar Versalles, debe irse a un lugar cualquiera, y si pasara lo peor, a un lugar donde Versalles solo existirá en la memoria. Por suerte, sobre las cuatro de la tarde, un altavoz formal sustituye al paramédico e informa que el peligro ha cesado. Los vecinos pueden volver a sus hogares.

    El malecón es el sito más visitado en este instante en el centro norte de Matanzas. La Base de Supertanqueros, la atracción principal. El lunes 8, justo un día después de la penúltima explosión, y al menos 12 horas más tarde de la última gran alarma, Félix se encuentra sentado en el mismo lugar con su esposa y su hijo Frank, agradeciéndole a Dios por la salvación de sus almas y pidiendo consuelo para las familias de los desaparecidos y fallecidos. 

    La gente viene de todas partes a presenciar el cielo ennegrecido. Una pequeña llama se alza a lo lejos, pero se oculta tímidamente. Hay chicos con binoculares, parejas de adolescentes discutiendo su noviazgo en crisis y, por haber, hay hasta un pajuzo sorprendido en su faena.

    El malecón de la Bahía de Matanzas, normalmente frecuentado en esta fecha, dispone por lo pronto de una nueva normalidad. El morbo del peligro distante, de un desastre que ni te besa ni te abraza, que solo te saluda respetuosamente a la distancia de varios kilómetros. El asombro une a los matanceros en una ronda expectante. Aunque no quieren que suceda otra trágica explosión, esperan igual, no sea que ocurra. Sus ojos y celulares presentes en la primera línea del fin del mundo, testigos frágiles de los días rojos de agosto.

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