Estas son las fotos de Raquel, una española de bisabuela cubana que viajó a La Habana por primera vez en marzo pasado. Caminó las calles y fotografió a la gente. Su guía turístico fue un joven de veinticinco años graduado de ingeniería.
La de Cuba es una juventud descabezada, y diezmada, agujereada por las ausencias de las decenas de miles de muchachos que se marchan del país cada año, el único acto de tácita rebeldía que muchos son capaces de hacer.
Hay un momento, tanto para Cuba como para Charles, donde la revolución parece írseles de las manos. Hay un quiebre en la vida de Charles, ridículo y descabellado, tenebroso también, inexplicable, donde la secuencia de hechos se desconecta y enchufa en otra realidad: la realidad más o menos normal de un cubano.
Cuba parece más estadounidense cuando Major Lazer y DJ Diplo aterrizan en La Habana y levantan los ánimos de esta ciudad sin ofertas económicas, capital estacionaria.
La joven influencer cubana y su madre fueron condenadas a dos años de limitación de libertad por grabar y publicar la visita de un agente del Ministerio del Interior a su vivienda en marzo pasado.